La PAH o el sueño de Gramsci

Los principios y las causas, a menos que se aliaran con intereses reales que provocaran la acción, eran otras tantas frases vacías; conducir a los hombres en su nombre equivalía a alimentarlos con aire, reducirlos a un estado en que, al no ser capaces de aprehender su verdadera situación, se verían sumidos en el caos y la destrucción” I. Berlin.

A estas alturas, la interminable espera que durante décadas viene sosteniendo la Izquierda (la que aún aspira a superar al capitalismo) empieza a parecerse más a una sobremesa apacible con la familia que a la tensa anticipación que se supone debe preceder al estallido y alzamiento de las (aún ausentes) clases populares como conductoras de la revolución socialista. A menudo nos hallamos predicando una doctrina difícilmente comprensible al tiempo que esperamos que la realidad tome nota, recoja el testigo y se amolde a nuestros deseos y predicciones. Resulta una triste paradoja que los excesos economicistas de una visión mecánica de la actividad política acaben resultando en la práctica una triste imitación del idealismo filosófico que Marx se propuso destruir a mediados del S.XIX., una ilusión que espera de los trabajadores explotados que busquen la solución a sus necesidades inmediatas siguiendo un brillante camino de ideas.

“El movimiento se demuestra andando” es uno de esos lugares comunes de la sabiduría popular que no por cien veces repetidos dejan de albergar un cierta verdad elemental. Uno puede demostrar científicamente la necesidad médica de andar a menudo, su posibilidad técnica y práctica, puede también adquirir la ropa más cómoda, un excelente calzado deportivo y estudiar atentamente decenas de rutas trazadas por reputados expertos en senderismo; en efecto, puede uno convertirse en una autoridad en el arte de andar sin haber dado un paso en la vida, pero no puede esperar encontrar en ese camino a muchos caminantes reales. La política socialista se halla en una posición similar a la del senderista teórico y debe afrontar la necesidad urgente, inmediata, de emprender proyectos que en otro momento habrían sido desechados sin pestañear al ser considerados parciales, reformistas o incluso asistencialistas.

El socorrido recurso al que se suele acudir para justificar el ánimo contemplativo y la falta de incidencia real en el mundo es el concepto gramsciano de hegemonía, la idea según la cual la visión del mundo (a grandes rasgos, la super-estructura ideológica) asumida como propia por el conjunto de la sociedad se corresponde esencialmente con los valores, costumbres e intereses de la clase dominante, que es capaz de imponer su particular concepción de la realidad sin necesidad de incurrir de forma generalizada en el uso de mecanismos de dominación (es decir, a la imposición abiertamente violenta) sobre la clase explotada. Teóricamente, el debate académico y a la producción cultural autónoma (o independiente) habrían de ejercer como contra-poderes culturales capaces de contrarrestar el efecto generador de ideología (es decir, de interpretaciones falseadas de la realidad puestas al servicio de los intereses de la clase dominante y en contra de las clases populares) que el capitalismo y sus múltiples herramientas llevan a cabo de forma ininterrumpida.

Lo que esta visión parece ignorar es la forma en que efectivamente se crea y establece la hegemonía. Más allá de los aparatos estatal y para-estatal (instituciones de enseñanza, familia, medios de comunicación, industria cultural, etcétera), dónde efectivamente se moldea en buena medida la percepción de la realidad de los individuos, es necesario prestar especial atención al papel que juega la estructura económica como condicionante -hasta cierto punto- de las formas en que el consenso ideológico aparece. Esto es así en tanto que es esta estructura económica la que, sacralizada y convertida artificialmente en ley natural (fetichizada, según Marx), domina e informa las concepciones elementales sobre las que se erige el discurso del capital. Así pues, no parece una estrategia muy recomendable presentar batalla por la hegemonía precisamente allí donde ésta ya se ha generado y dónde ya es una fuerza dominante, es decir, en el campo puramente ideológico. En realidad, para un observador que realice un análisis mínimamente realista de la correlación de fuerzas en el ámbito de la comunicación de masas (que es al fin y al cabo la principal generadora de discurso público) saltan a la vista dos cuestiones: a) la absoluta minoría -en no pocos casos la insignificancia- en que se encuentran todas las formas de expresión popular contra-hegemónica en relación a las formas dominantes, y b) la imposibilidad de alterar significativamente esa correlación (¿Qué volumen de capital y trabajo es necesario para crear un medio de comunicación de masas? ¿De cuántos disponen las clases dominantes?¿Cuantos proyectos autonomistas han triunfado más allá de su ámbito de influencia tradicional en los últimos cincuenta años?). Dicho de otra forma, mientras los procesos económicos capitalistas sigan llevándose a cabo diariamente de forma mecánica bajo el paraguas de la normalidad, de aquello que se concibe como natural -y por lo tanto tan inalterable como las fases de la luna o las mareas oceánicas-, éstos seguirán funcionando como una fábrica incansable de falsedades al servicio del poder económico. En esencia, la lucha por la hegemonía no hace otra cosa que reproducir el conflicto fundamental de toda iniciativa socialista, es decir, la recuperación del control humano sobre la economía, sobre las cosas, por parte de una población sometida a las mismas.

¿Dónde podemos encontrar entonces la capacidad de incidencia y las herramientas necesarias para crear una hegemonía cultural popular? Desde luego no allí donde la ideología del poder alcanza su plenitud y se vuelve prácticamente inexpugnable (los medios de comunicación de masas y todo el entramado propio del espectáculo), sino precisamente allí dónde ésta nace y es más vulnerable: en los procesos de producción e intercambio. Si es posible -y creo firmemente que la realidad así lo viene demostrando- que la voluntad popular articulada a través de la desobediencia civil coordinada y sistemática pueda alterar, modificar e incluso someter estos procesos al control de las clases populares, ésta desobediencia tiene que ser entendida inmediatamente como la herramienta más poderosa de que disponemos en el contexto actual contra el sistema capitalista. Si podemos demostrar de forma práctica y tangible que es posible controlar el funcionamiento de parte del sistema de crédito, de una de las paredes de carga del capitalismo contemporáneo, entonces podemos empezar a demostrar que las leyes inmutables de la economía no son tales y que la narrativa oficial es precisamente eso, un cuento del poder, una ficción conveniente que puede ser desenmascarada y en consecuencia destruida. Evidentemente, para capitalizar a nivel político -a nivel de movimiento- esta incidencia material es necesario desarrollar al mismo tiempo estrategias comunicativas que proyecten sobre la esfera pública la contra-narrativa popular que estamos creando, pero en ningún caso podemos pretender que ésas actuaciones comunicativas sean los cimientos sobre los que construir un proyecto que aspire a transformar -aún parcialmente- la estructura económica e institucional del Estado. Mientras estos dos procesos se retro-alimenten y crezcan paralelamente, será posible ejercer una influencia real sobre la “corteza” ideológica de la sociedad, pero en el momento en que se empiece a producir un alejamiento, una disociación entre las “raíces” materiales y las “flores” culturales, éstas últimas se marchitarán sin remedio.

La lucha de la PAH es, en esencia, una lucha por la recuperación del control social sobre una parte del sistema económico, llevada a cabo a través de la creación de espacios de decisión propios dónde poder ejercer la soberanía popular de forma directa. No obstante, desde la Plataforma no se plantea (ni se pretende) un asalto a la totalidad del sistema capitalista. Este hecho, que desde un punto de vista ortodoxo (y en mi opinión rígido y obsoleto) podría ser visto como una concesión a la concepción fragmentada y aislada de la realidad que impone el capitalismo, toma en este caso la forma de un cambio deliberado de estrategia que trata de contrapesar el énfasis puesto tradicionalmente en los fines con un nuevo interés por lo medios. En otras palabras, allí donde la izquierda histórica ha fracasado usando medios reformistas para tratar de conseguir fines revolucionarios, el modelo de la PAH tiene éxito planteando fines reformistas para usar medios revolucionarios.

La formación de una conciencia de clase incipiente es esencial en tanto que, para plantear una alternativa superadora del conjunto del sistema capitalista, para relacionar todos aquellos aspectos que interesadamente se nos presentan de forma aislada y que nos permitan comprender el dibujo de las relaciones económicas y políticas, así como sus implicaciones en términos de dominio, ejercicio del poder y explotación de las clases populares, antes debemos disponer de un sujeto político capaz de realizar esa tarea, de comprender siquiera que existe como tal sujeto político y que no sólo puede llevar a cabo ese proceso de superación del capitalismo, sino que forma parte intrínseca de su existencia y de su propio interés el hacerlo. Sin la presencia de un movimiento popular capaz, movilizado y organizado alrededor de ese sujeto, todo el edificio teórico de análisis y explicación se vuelve inútil, estéril, y se convierte en un mero ejercicio académico. En este sentido, históricamente se ha dado por sentada la presencia del proletariado industrial -si no en cuerpo, sí al menos en espíritu- y su papel fundamental como fuerza revolucionaria, pero es evidente que las condiciones materiales actuales no permiten (si es que alguna vez lo hicieron) realizar durante más tiempo este préstamo de legitimidad a crédito según el cual el proletariado no está, pero se le espera. A este efecto, la creación de estructuras y espacios que fomenten la transformación de individuos aislados en una clase en sí y posteriormente en una clase para sí debe convertirse en el objetivo estratégico prioritario por encima de cualquier otro. Los movimientos populares como la PAH constituyen ahora mismo la mejor herramienta para llevar a cabo esta tarea.

Uno de los principales efectos que la estrategia organizativa y el funcionamiento de la PAH tiene en aquellos que nos integramos en el colectivo (especialmente en aquellos sin un historial de militancia política previa, es decir la inmensa mayoría) es el progresivo cambio en la representación personal que uno hace de sí mismo. Durante la primera toma de contacto, la identificación predominante suele ser la de “afectado”, una pieza social inoperante que es violentamente zarandeada por fuerzas más allá de la comprensión individual (fuerzas que únicamente cobrarán sentido cuando sean analizadas desde una óptica colectiva y compartida) sólo para ser finalmente desechada por mal funcionamiento y arrojada lejos de la maquinaria socio-económica; en otras palabras, en un primer momento actuamos como individuos atomizados, aislados y completamente a merced de un proceso político que nos es ajeno. En un periodo de tiempo relativamente breve se produce un cambio significativo mediante el cual en la auto-identificación mayoritaria conviven los términos “compañero”, “militante” o “activista” con el ya mencionado “afectado” (en ocasiones incluso sustituyendo a este último por completo). A través de la participación activa en procesos colectivos y democráticos de decisión que proporcionan resultados materiales directos e inmediatos en la realidad cotidiana de los miembros de la PAH, se produce un cambio de enfoque sobre el proceso político, pasando éste de ser considerado como una realidad ajena e inalterable a ser entendido como un conjunto de acciones y reacciones sobre las que es perfectamente posible ejercer una influencia decisiva. La identificación diaria de condiciones e intereses económicos compartidos a través de los procesos de asesoramiento colectivo (que funcionan como un banco de experiencia grupal en el que la comparación y el contraste de situaciones individuales se produce de formacontínua) posibilita la creación inductiva de una incipiente conciencia de clase.

En esta línea, el propio acto de resistir -aunque sea de forma parcial y sectorizada- representa en sí mismo una victoria en tanto que arroja luz sobre un sinfín de mecanismos de dominación que hasta el momento habían permanecido ensombrecidos por el discurso oficial hegemónico. Los trabajadores, al verse por primera vez enfrentados de forma clara y diáfana a las contradicciones abiertas entre sus intereses materiales inmediatos y el que hasta el momento era su marco de referencia para interpretar la realidad, reaccionan de la única manera lógicamente posible: desechando un consenso artificial y falseado en favor de un interés común, tangible, y uniéndose en la persecución de ese recién descubierto interés colectivo. Cuando un activista de la Plataforma, tras cuatro días de ocupación continua de una oficina bancaria en defensa de un compañero, es desalojado a golpes por la policía que él suponía destinada a protegerle, la falta de correspondencia entre el discurso del poder y el propio se hace dolorosamente evidente. La resistencia colectiva es una fábrica de conciencia de clase que, entendida como tal, abre la puerta a lo que debe ser una búsqueda incesante de espacios de lucha.

Es bajo ésta perspectiva organizativa desde donde debemos entender la incidencia política sobre la estructura económica y los efectos de ésta sobre su correlato cultural e ideológico. Si no existe una resistencia material que permita la visibilización real e inmediata de las contradicciones del capital a nivel colectivo y que a su vez faculte para establecer un vínculo con el discurso de la izquierda, todo intento por construir contra-hegemonía -por exitoso que pudiera parecer en un primer momento en su objetivo de infiltrar los medios de comunicación de masas- será inevitablemente diluido, controlado y recuperado por las propias fuerzas del mercado con la ayuda de la maquinaria ideológica demoliberal.

Hasta este punto sería posible señalar algunas coincidencias estratégicas entre las organizaciones sindicalistas históricas (el estado de la mayor parte del sindicalismo actual no deja margen más que para el desconsuelo) y el modelo de la Plataforma, pero creo que incurriríamos en un error al no tener en cuenta los siguientes aspectos. En primer lugar, las exigencias formuladas por la PAH no se superponen estrictamente con las de ningún sector específico de la clase trabajadora (evitando así entrar en conflictos dentro de la propia clase -por edades, sectores productivos, condiciones de empleo, etc.-) y, a diferencia de las demandas sindicales, no se centran exclusivamente en los sectores productivos de la población, sino que plantean un cambio estructural para todas las clases populares (trabajadores fijos, sí, pero también temporales, precarios, desempleados, jubilados, estudiantes, etc.), consiguiendo solventar así una contradicción potencialmente muy dañina y representando a una misma vez un interés específico y general. En segundo lugar, las victorias sindicales, articuladas a través de los mecanismos previstos por el capitalismo para tratar de domar sus contradicciones internas -aún en los casos “conflictivos”, mediante huelgas legales- y reforzar una apariencia falseada de pluralidad ideológica, apuntalan en última instancia el discurso y la narrativa demoliberales del Estado. Ante esto, las victorias de la PAH, conseguidas siempre al margen del entramado institucional, hacen bascular al peso de la legitimidad desde la estructura estatal desplazándolo hacia la auto-organización popular, hacia los no integrados.

Por otro lado, una de las razones del triunfo del capitalismo contemporáneo, desde la década de 1970 aproximadamente, ha sido la destrucción y la des-articulación sistemática de de las comunidades humanas formadas alrededor de núcleos laborales estables. El énfasis en la flexibilidad del nuevo capitalismo ha resultado en la debilidad de los vínculos tradicionales desarrollados a través de la clase social, el lugar de residencia y, en general, de las diversas comunidades más o menos estables y permanentes de las que uno se sentía miembro y que proveían de identidad y valores a sus integrantes. Esta situación dificulta y, en ocasiones, hace imposible la lectura de las estructuras sociales ocultas o latentes, poniendo a todos los individuos en un mismo plano aparente que en realidad no comparten y cuyos códigos de ruptura o de-codificación no poseen. A raíz de estos desarrollos, el lugar de trabajo y el ámbito laboral han perdido peso específico como espacios centrales para la organización de las clases populares y, en consecuencia, deberíamos plantearnos si la actividad sindical debe seguir siendo considerada por más tiempo como el eje principal sobre el que desarrollar las políticas de la izquierda.

De ahí que las estrategias que sigan este modelo de praxis revolucionaria, del que la Plataforma es hoy por hoy la mejor representante, deban convertirse en la norma de la izquierda contemporánea, si es que ésta se plantea seriamente alimentarnos a base de algo más que aire y discursos.

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    […] Jiménez A. La PAH o el sueño de Gramsci. 2013; Available at: http://rotekeil.com/2013/04/12/la-pah-o-el-sueno-de-gramsci/. Accessed 7-13, […]

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    […] Jiménez A. La PAH o el sueño de Gramsci. 2013; Available at: http://rotekeil.com/2013/04/12/la-pah-o-el-sueno-de-gramsci/. Accessed 7-13, […]

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