¿La PAH, es de derechas o de izquierdas? ¿Importa?

Últimamente parece que se hace necesario contestar una pregunta que hace treinta o cuarenta años habría sido desechada no sin cierta irritación: ¿Existen la derecha y la izquierda? Y de existir, es esta una distinción operativa o relevante? Lo que se trata de ofrecer aquí no es tanto una definición exhaustiva del término (si es que semejante tarea es posible -o incluso deseable-) sino una defensa de la importancia capital que tiene el mantenimiento de la distinción entre ambas, tanto para la teoría como para la práctica política de aquellos que pretendemos superar el sistema capitalista, y en especial para aquellos de nosotros que lo hacemos desde los movimientos sociales como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. En primer lugar se tratan de establecer los conceptos básicos para a continuación vincularlos con el discurso y la práctica de la PAH.

Dicho esto, para abordar esta cuestión lo primero que debemos entender es que los conceptos de izquierda y derecha, más allá de su origen histórico como simplificación práctica de las posturas de los distintos grupos políticos surgidos durante la Revolución Francesa, son conceptos político-lingüísticos, es decir, palabras que, en función de su (nuestro) contexto, nos remiten a una serie de ideas hasta cierto punto vinculadas entre sí en forma de construcciones culturales cambiantes pero entre las cuales es posible discernir una cierta continuidad histórica.

Desde este punto de vista, si los conceptos de izquierda y derecha han existido a lo largo de los dos últimos siglos y medio de forma diferenciada y han permanecido como una parte operativa y relevante (y precisamente por ello no poco discutida) de nuestro lenguaje es precisamente porque hasta el momento han cumplido una función necesaria en el mismo. De la misma forma que otros conceptos y palabras caen en desuso o mudan por completo su significado a causa o bien de su irremediable pérdida de vigencia o bien de cambios fundamentales en las estructuras socio-políticas que los sustentaban, la distinción izquierda-derecha sigue siendo útil y necesaria hoy en día precisamente porque, a diferencia de las metafísicas supuestamente universalistas que tan rápidamente quedan obsoletas, es histórica y se nutre de la realidad material de su momento y evoluciona junto a ella.

Ahora bien, cual es la función que cumple esta distinción? Una respuesta breve podría ser algo tan sencillo como que la diferenciación entre izquierda y derecha es un requisito imprescindible para la existencia de la política moderna (o incluso de la Política), y que esta es el único escenario en que es posible la emancipación de las clases populares. Una respuesta larga requerirá que previamente realicemos algunas definiciones.

Para empezar, si consideramos que la política no es otra cosa que la gestión de los conflictos -con sus consecuencias y ramificaciones, que dan a su vez lugar a más conflictos- generados en el espacio público (entendido este de forma amplia como todos aquellos espacios de interacción humana), lo lógicamente consecuente es asumir que esos conflictos se generan ante la imposibilidad de alcanzar una única solución que satisfaga a todas las partes en disputa. Dicho de otra forma, ante un mismo problema es tan perfectamente posible que no exista respuesta válida alguna como que no exista una única respuesta válida; podemos hallarnos (y de hecho lo hacemos a menudo) ante conflictos políticos irreductibles en los que la elección entre distintos valores defendibles independientemente pero incompatibles entre sí sea inevitable (lo contrario, la creencia en una una única solución posible y cognoscible para cualquier problema es quizá el mayor de los mitos del racionalismo ilustrado). Ante la imposibilidad de acceder a una Verdad Moral con mayúscula, se hace imperativa la necesidad de una verdad con minúscula vinculada a nuestra particular concepción de la justicia, es decir, de una dirección política que tan solo podemos hallar al apelar a una instancia ética.

De esta forma, el eje ideológico izquierda-derecha, por el reconocimiento implícito que hace de la irreductibilidad de los conflictos y de la multiplicidad de respuestas posibles ante ellos al presentarlos como polos opuestos de un mismo plano, se convierte en el único cortafuegos capaz de detener el avance de la justificación pos-moderna del dominio único de la técnica sobre la política (que no es otra cosa que el dominio de los exegetas de la “ciencia económica” sobre el conjunto de la población). En otras palabras, si asumimos que ante determinadas disputas o se es de izquierdas o se es de derechas (y, en efecto, la herramienta de cuantificación más habitualmente usada sobre el posicionamiento político de la ciudadanía es una gradación del cero al diez, donde el cinco corresponde significativamente a aquellos sin una preferencia definida), estamos dándole al debate unos fundamentos éticos ante los cuales es responsable y debe responder la actividad técnica. Esta es hasta cierto punto la misma idea que impulsaría a los hipotéticos pasajeros de un barco al dirigirse a la tripulación sobre el destino de la embarcación: “queremos ir allí, ahora pensad cómo”, lo contrario sería dejar que el cómo decidiera sobre el dónde.

La distinción izquierda-derecha es pues la que vertebra un eje axiológico que nos remite entre otras cosas a los valores e intenciones en los que se sostienen las diversas actuaciones políticas. Este eje es completamente imprescindible si pretendemos ser capaces de distinguir políticas aparentemente similares pero en realidad basadas en fundamentos contradictorios. Un buen ejemplo de la utilidad de esta distinción nos lo ofrece el -radicalmente distinto- sometimiento de la economía al Estado que, a grandes rasgos, han propuesto históricamente tanto el Fascismo como el Socialismo y que tanto gusta a los teóricos liberales que tratan de igualar superficialmente a través de la forma. La diferencia entre ambas aproximaciones sólo se entiende verdaderamente desde las implicaciones políticas que la distinción ideológica tiene sobre -simplificando- la voluntad de control total como parte del proyecto fascista por un lado y, por otro, la puesta bajo control popular de una economía al servicio sólo de sí misma como elemento central de las propuestas socialistas. Así pues, bajo un mismo paraguas se hallan aparentemente tanto el ansia fascista de dominación a través del poder bruto como la voluntad de democratización de la economía, y necesitamos una herramienta que nos permita distinguir claramente entre ambas.

Decíamos antes que la emancipación (política y económica) de las clases populares sólo puede darse en un contexto dónde la distinción ideológica sea todavía un factor relevante. Esto es así en tanto que en su ausencia, los intereses que compartimos como clase social y sobre los que fundamos nuestras aspiraciones colectivas (incluso el propio concepto de clase como sujeto político autónomo) quedan oscurecidos por un discurso técnico que tiende a concebir la sociedad como una máquina compleja para cuyo buen funcionamiento todas las partes que la componen deben actuar en colaboración con el resto, reduciendo cualquier conflicto (por legítimo y/o irreductible que sea) a algún tipo de avería que debe ser reparada por los técnicos del sistema. En otras palabras, el derretimiento de los polos ideológicos

Lo que esta demonización del enfrentamiento pretende es esconder las contradicciones inherentes al capitalismo, haciéndolas pasar por relaciones orgánicas entre piezas que cumplen distintas funciones necesarias para el bien común (producción, gestión, dirección, etc.), cuando en realidad lo que se ha establecido son relaciones de dominación y explotación sobre las clases populares por parte de una emergente unión entre las clases dominantes tradicionales y las (no tan) nuevas clases gerenciales. Es dolorosamente irónico que aquellos que acusan a la izquierda de querer sacrificar las libertades personales en el altar de la voluntad colectiva se dediquen a la demolición sistemática de las aspiraciones de la mayoría social en aras de una economía puesta al servicio de entre el diez y el quince por ciento de la población.

Llegados a este punto no es de extrañar -aunque pueda parecer contra-intuitivo- que uno acabe dando la bienvenida a la presencia de un discurso político abiertamente conservador y derechista, en tanto que este conlleva una concepción de la actividad política en términos éticos y no rehuye la existencia misma del conflicto como motor social. Dicho de otra forma: dado que el conflicto y el enfrentamiento político son las principales herramientas de las clases populares tanto para la obtención de sus objetivos como para la formulación teórica y práctica de los mismos, y dado que la negación del eje izquierda-derecha implica la negación del conflicto político, abandonar esta distinción conlleva necesariamente privar a la mayoría social de los medios para emanciparse plenamente.

Por otro lado, es la propia condición histórica de los conceptos mencionada anteriormente la que mantiene abierta la posibilidad de que, efectivamente, el sustrato social del que se nutren las idea de izquierda y derecha haya cambiado significativamente y sea necesario re-examinar los significados reales que les corresponden actualmente. Es posible que la idea de la izquierda esté a día de hoy agotada o políticamente viciada? Es necesario adoptar denominaciones nuevas? Podría ser, pero antes de lanzarnos de lleno a una búsqueda de terminología novedosa debemos tener en cuenta una serie de cuestiones.

En primer lugar, el descrédito del término “izquierda” es tan producto del sistema capitalista como lo es, por ejemplo, el odio ciego “anti-político” del que suele nutrir la extrema derecha, es la consecuencia de las dinámicas parlamentarias demo-liberales que, en natural colaboración con las élites económicas, han dado como resultado los ridículos partidos “socialistas” actuales. Todo el andamiaje cultural (medios de comunicación, sistema educativo, etc.) contribuye a reforzar esta representación y a perpetuar la identificación de la izquierda con una de las dos caras de la moneda (de las dos “alternativas”) del sistema de alternancia pacífica. Cualquier nueva denominación que se limite a una cuestión terminológica -que no aporte estrategias o formas de pensamiento realmente nuevas- debe tener en cuenta que el mismo proceso le puede ser -y probablemente le será- aplicado de igual forma y con resultados semejantes.

En segundo lugar, como ya se ha apuntado, la “izquierda” hace referencia a un conjunto de teorías y prácticas que, si bien varían en el tiempo, poseen una cierta continuidad histórica agrupada -a grandes rasgos- en torno a cuestiones como el anti-capitalismo, la defensa de lo común, la igualdad material y la maximización de los derechos individuales (que no generen posiciones de poder que permitan dinámicas de explotación entre personas o colectivos). Todo nuevo concepto que pretenda ocupar el espacio histórico que deja la supuestamente agotada izquierda debe atenerse al contenido y las prácticas que sustentaban la distinción del eje ideológico, y en ningún caso puede actuar como vaciador o destructor de significado. De la misma forma que no es lo mismo -y desde luego no es inocente- hablar de “personas” en lugar de “hombres y mujeres” cuando abordamos cuestiones de género en la lucha anti-patriarcal, tampoco es lo mismo -y tampoco es inocente- hablar de “ciudadanos” o “personas” en lugar de “trabajadores” cuando nos ocupamos de cuestiones socio-económicas.

Una vez establecido esto, podemos empezar a cuestionarnos el lugar que ocupa la política de la PAH en el espectro ideológico, tanto a nivel sustantivo (a través del contenido de sus propuestas), como a nivel instrumental (a través de su modo de funcionamiento, de su praxis). Nos centraremos en primer lugar en las tres principales reclamaciones que la PAH: a) Moratoria indefinida sobre los desahucios de primera vivienda b) Dación en pago retroactiva, y c) Alquiler social.

a) La exigencia de paralización de todos los desahucios encierra una evidente ponderación de derechos entre la propiedad privada y el derecho social a una vivienda, usado aquí como casi-eufemismo para el concepto de “valor de uso”, es decir, para aquella vivienda que cumple su función primaria como alojamiento y no como mercancía especulativa. Este conflicto entre derechos, que en el plano abstracto se vuelve irresoluble (dado que los derechos liberales son absolutos y por lo tanto imponderables entre sí), es solventado en la práctica con un claro predominio del derecho social a la vivienda frente al derecho a la propiedad privada. La PAH ha entendido que, puesto que es evidente que las entidades financieras (las personas jurídicas) por su propia naturaleza jamás podrán usar una vivienda de acuerdo a su función primaria (alojar personas), no es posible que esta sea concebida jamás por ellas de otra forma que no sea la de mercancía, es decir, en función de su valor de cambio como producto para la especulación mercantil. De esta forma, la moratoria indefinida sobre los desahucios, que se erige como una defensa del derecho a no vivir en la calle frente al derecho a enriquecerse a costa de la carestía de bienes de primera necesidad, es también una reivindicación de facto del valor de uso de la vivienda por encima de su valor de cambio, lo cual no sólo es netamente de izquierdas sino que se integra con facilidad en la familia política del socialismo.

b) De cara al futuro, la dación en pago retroactiva supone una re-ordenación profunda de las relaciones de poder actuales entre las partes implicadas en los procesos de acceso a una vivienda de propiedad a través del crédito. Supone una re-distribución que apunta a un reparto más equitativo del riesgo entre las entidades financieras y las personas que acuden a ellas en busca de una  financiación que no pueden obtener de nadie más (lo cual debería levantar más de una consideración sobre el papel del Estado como garante del derecho a la vivienda), de forma que en la práctica supone una limitación de la libertad de actuación de actores económicos muy poderosos en beneficio de las clases populares y en busca de una mayor igualdad material (y no sólo formal, como es habitual en sistemas liberales) en las negociaciones “libres” con las entidades de crédito. Por si fuera poco, el aspecto retroactivo supone una demostración real de la posibilidad de re-ordenación y re-estructuración del sistema económico, así como un ejercicio de dominio popular sobre las élites económicas y financieras.

c) Al referirnos al alquiler social (sobre las viviendas propiedad de las entidades financieras), veremos que de nuevo nos hallamos ante un ejercicio de sometimiento (parcial, gradual, no se pretende otra cosa) de las supuestas leyes de la oferta y la demanda a las necesidades sociales de la población. El alquiler social fija un límite a los precios de los alquileres calculado en función de los ingresos familiares y por lo tanto calculado de forma progresiva, a diferencia de los precios actuales dictados por el mercado que, al ser iguales para todos sin tener en cuenta el volumen de ingresos de cada uno, acaban presentando un comportamiento totalmente regresivo y castigando a aquellos con mayores necesidades. Este tercer pilar de las propuestas de la PAH supone, por lo tanto, ahondar en la dinámica de impugnación de la lógica capitalista.

En cuanto a las prácticas llevadas a cabo por la Plataforma, el asamblearismo que nos define es intrínsecamente horizontal, no-jerárquico, y se basa por completo en la autonomía popular y en la  creación de espacios de decisión propia. Esta forma organizativa, junto con el asesoramiento colectivo de todos los militantes (a diferencia de la “ayuda” mercantil profesional o de la siempre humillante caridad) favorece la socialización del conflicto económico y la creación de una conciencia grupal embrionaria de una futura conciencia de clase. A su vez, las herramientas de democracia directa planteadas por la plataforma suponen la traslación no mediada de la voluntad popular a la práctica política, en oposición directa a la tradición paternalista y/o autoritaria liberal de dominio de las élites sobre las clases subordinadas.

De forma complementaria, a través de varias formas de desobediencia civil (resistencia pacífica a los desahucios, acciones y ocupaciones en oficinas bancarias, liberación de edificios en manos de los bancos y puesta a disposición de la militancia sin vivienda, etc.), la PAH evidencia como pocos otros medios las contradicciones presentes en el discurso del sistema capitalista, favoreciendo a su vez enormemente la creación de un sujeto político activo. Por otro lado, a través de estos actos se manifiesta la realidad de una legalidad supuestamente igualitaria diseñada en realidad por y para las élites, así como le necesidad de operar al margen de la misma como única vía para la obtención de resultados auténticamente beneficiosos para las clases populares.

En última instancia, lo que la PAH busca no es otra cosa que una re-ordenación radical de las relaciones de poder entre las élites financieras (en este caso representadas por las entidades de crédito) y las clases populares; busca el predominio del valor de uso, del valor real de las cosas de acuerdo a su función, sobre el valor de cambio que esas mismas cosas tienen como mercancías abstractas puestas al servicio de la acumulación de capital; busca garantizar el acceso a la vivienda para toda la sociedad, de forma horizontal, progresiva y desechando sin miedo el respeto místico a la propiedad privada de las clases dirigentes. Y hace todo esto usando mecanismos revolucionarios, a través del asamblearismo, de la horizontalidad, de la democracia directa y la desobediencia civil, operando al margen del sistema, como polo de contra-poder y como generadora de contra-hegemonía popular.

Hace cincuenta años la PAH habría escandalizado a la mayoría de partidos comunistas europeos por su radicalidad, y sin embargo hoy nos preocupa si el decir que no somos de derechas podría ofender a alguien o herir sus sentimientos. Es tiempo ya de entender de una vez por todas que las contradicciones no se hallan en el seno de la Plataforma por perder una supuesta transversalidad ideológica que nunca ha existido realmente, sino en aquellas personas que habiendo sido masticadas y escupidas por el sistema capitalista, devueltas a golpes a la cruda realidad que sufrimos las clases populares, insisten en aferrarse a una identidad ideológica falseada por el poder. Existe una contradicción absoluta entre la práctica de la PAH (que encaja a la perfección con el concepto histórico de izquierda) y toda consciencia individual basada aún en valores propios del sistema capitalista (el individualismo, la competición, el beneficio personal, etc.). No hacemos ningún favor a nadie cuidando sus ilusiones como si fueran niños en víspera de Reyes, porque “eso es lo que es, no una ilusión o un juego sino una mentira, una mentira, es una puta mentira”.

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