Bottomore sobre la conciencia de clase en Lukács (II de II)

Bottomore ve en Lukács un déficit teórico al intentar centrarse en una elaboración del marxismo como concepción ideal de lo que la clase social debería ser o pensar, en vez de en análisis de las situaciones particulares que se dan en la realidad. Así, cae en considerar tipos duraderos de clases y de conciencias de clase, abstraídos de la evolución continua del trabajo humano y de las formas en que se organiza, apartándose de su propia noción de fluidez de conceptos que explicita en el ensayo “El marxismo ortodoxo”.Lo que parece criticar Bottomore aquí es la tendencia que percibe en Lukács a aceptar las ideas de “clase trabajadora” y “burguesía” como ya dadas, tipos ideales que se tienen que materializar en el contexto del sistema capitalista, en oposición a abstracciones extraídas de la experiencia empírica. Es decir, Lukács tiene las ideas de esas dos clases y busca “encajarlas” en la realidad que observa, en vez de construir las ideas en base a la misma realidad observada. De esta forma, la fluidez de conceptos que él mismo reivindica  parece quedar quebrada: los tipos de clases son sólidos, inamovibles, como grabados en piedra. Eso lleva a una incapacidad de adaptar el análisis marxista a los cambios sociales, o incluso, a evaluar posibles incorrecciones o desarrollos posteriores que refuten conclusiones alcanzadas. Así, Bottomore cita a Lukács cuando describe el método marxista diciendo:

Supongamos que para los fines de la argumentación que las investigaciones recientes hayan informado de una vez para siempre todas las tesis de Marx. Aunque éstas hubieran de ser probadas, todo marxista “ortodoxo” serio podría todavía aceptar tales averiguaciones modernas sin reserva y por lo tanto todas las tesis de Marx in toto… sin necesidad de renunciar a su ortodoxia por un solo momento. Por eso el marxismo ortodoxo no implica la aceptación sin crítica de los resultados de las investigaciones realizadas por Marx. No es una “creencia” en ésta o aquella tesis, ni la exégesis de un libro “sagrado”. Por el contrario, la ortodoxia se refiere exclusivamente al método.

De la inamovilidad de conceptos que comentábamos se deriva esta propensión a hacer una separación, que se nos revela ficticia, entre “método” y “teoría”. Para Bottomore esta separación es muy difícil de precisar, puesto que ¿en qué consistiría el método de análisis de clase marxista y dónde comenzaría a distinguirse lo que ya constituye teoría? ¿Sería el método únicamente la idea de clase, y la teoría los detalles de sus relaciones particulares? Todo método parece informado por su propia teoría, y de la cita de Lukács, se puede llegar a concluir que uno es capaz de aferrarse ciegamente a un método (supuestamente desprovisto de teoría) incluso aunque una y otra vez diese lugar a conclusiones falsas. Esta distinción entre método y teoría, nos parece más un intento de Lukács de consagrar ciertas ideas inamovibles mediante el nominalismo de considerarlas únicamente método, y permitir libertad para aceptar o rechazar otras, al considerarlas “teoría”.

De ahí que su apriorismo de la tipología determinada de clase trabajadora y burguesía se intente encajar en la realidad observada, en vez de derivarse de ésta, de cómo transcurre y evoluciona el trabajo humano y las relaciones sociales alrededor de éste, puesto que para él es simplemente “método” y por tanto debe entrar, sí o sí, en la visión marxista de la sociedad. Pero de esta forma, se caen del análisis el uso que él mismo preconizaba de la fluidez de conceptos y la idea de totalidad, según los cuales se produce una integración de los hechos de la vida social en una totalidad, influyéndose recíprocamente unos a otros. En vez de eso, parece que haya ideas ya prefijadas, inamovibles, lo cual es una limitación grave para un análisis como el marxista, que pretende mantener una validez científica y un propósito de transformar la realidad, en la línea de la famosa undécima tesis sobre Feuerbach. Para Bottomore, este error teórico al que hacíamos referencia en Lukács se puede explicar porque su obra parece estar fuertemente determinada por su contexto histórico y social. Aunque ello sea algo universal a toda obra teórica, para el sociólogo británico, esto es todavía más encorsetante en las ideas de Lukács, que le impiden romper con la tensión de principios del siglo XX entre las diversas interpretaciones de movimientos revolucionarios comunistas (por ejemplo, la visión crítica de Rosa Luxemburgo).

Para clarificar el quid de la crítica de Bottomore a Lukács: imaginemos que la consagración como “método” que estableciese el segundo fuese la de una delimitación de las clases sociales en exceso ubicada en una observación clásica. Una especie de versión exagerada de la consideración como clase trabajadora de aquellos trabajadores manuales, en lugares de trabajo con gran concentración de ellos, cuyo trabajo es productivo y de carácter fijo. Una concepción a lo Nicos Poulantzas extrema (3). ¿No acabaría este método produciendo análisis de la realidad una y otra vez irrelevantes, al ser incapaz de abordar fenómenos como la precariedad o la terciarización de muchas economías (puesto que no afectarían a su idea, ya preconcebida e inmutable de “clase trabajadora”, cada vez más menguante)? Y lo que es peor, si bien se mantendría la premisa de que vivimos en una sociedad capitalista ¿no se reduciría el sujeto al que se presupone revolucionario a una exigua minoría, anulando por tanto cualquier intención propositiva del marxismo (por ser incapaz de aglutinar a la mayoría de la sociedad en su proyecto)?

Por supuesto, existe otro riesgo en el extremo opuesto del rechazo de la rigidez y anquilosamiento teórico de Bottomore al respecto de Lukács, y es el de caer en el relativismo absoluto, y pasar de considerar los conceptos como flexibles y adaptables a adoptar una pretensión de ausencia de explicación objetiva de la realidad social. Así, las marañas de ofuscada teorización del postmodernismo y el post-estructuralismo al estilo Judith Butler, que acaban en el mismo callejón sin salida del empecinamiento criticado a Lukács: la incapacidad de incidir en la realidad política y social, pero esta vez, no por aferramiento a conceptos como verdades absolutas, sino por la propia renuncia a adoptar ninguno firmemente. Bottomore se mostró especialmente crítico con el postmodernismo, al que consideraba “una tendencia desesperanzadora”, así que tampoco parece factible su al rechazo al dogmatismo lo incluyese como alternativa viable (4). No en vano, como incertidumbres intelectuales de su tiempo a las que opina que aludía Lukács, Bottomore identifica el desorden de algunas ideologías (marxismo incluido) y la aparición de una “abundancia de doctrinas o modos de pensar nuevos, que se prestan a confusión  y que parecen poco relacionados con las clases sociales y más concretamente, con algún grupo social identificable en que pudiera verse un agente potencial efectivo de cambio social”. En ese campo tampoco está la respuesta.

En este sentido, para Bottomore la tarea de una sociología marxista consiste en “investigar estos cambios de estructura en las clases y en ubicarlas dentro del contexto total de los cambios del sistema de producción […] y en examinar, detalladamente, de acuerdo con la orientación esbozada, las consecuencias que esos cambios tienen en la creación de nuevas formas de conciencia social”.

Nos parece que dicha tarea es imposible realizarla sin un enfoque que utilice las herramientas teóricas de la tradición marxista de una forma crítica y con constante contrastación con la realidad que se pretende explicar. A su vez, se hace necesario evitar la pendiente resbaladiza a la que contribuye el abandono un sujeto colectivo de potencial para el cambio social como es la clase trabajadora, en pos de la última moda de las identity politics. Ni una ni otra cosa pueden pasar por alto, si pretenden explicar la conciencia de la clase trabajadora, la sugerencia que realiza Bottomore de seguir caminos de sociología comparativa y de la adaptación del análisis al paso del tiempo.

Lo primero, analizando los distintos factores que han confluido para determinar lo que llama el “estilo nacional” de la política en cada contexto, el peso de sus tradiciones y peculiaridades (él cita la larga tradición revolucionaria Francesa, las divisiones étnicas y geográficas en los EEUU; en la actualidad se podrían añadir numerosos factores posteriores, uno de los cuales podría ser la constante influencia estadounidense en la vida cultural del resto de países occidentales y la adaptación a sus paradigmas).

Lo segundo, mediante  la constatación de los permanentes cambios tecnológicos y organizativos operados en el mundo del trabajo. Para Bottomore, esto se cristalizaban en el continuo crecimiento de la denominada “clase media”, pero que hoy en día podríamos complementar con el creciente peso de la precariedad laboral, la movilidad geográfica de la mundialización (con su consiguiente deslocalización y competitividad desregulada a escala global) y la dependencia forzada de los trabajadores de un incesante ciclo de créditos (para mantener a duras penas su nivel de vida material). Si a todo ello se le suma una de las crisis más graves que ha sufrido el capitalismo en su historia, el análisis de la formación y desarrollo de la conciencia de clase se puede convertir en algo extraordinariamente complejo, y debido a ello, en una práctica conceptual llena de posibilidades.

Referencias:

(3) Un buen resumen y crítica de esta concepción se puede leer en: Wright EO. Class Boundaries in Advanced Capitalist Societies. New Left Review 1976;98.

(4) Jarque F. Tom Bottomore: “Soy hostil al posmodernismo, una tendencia desesperanzadora”. El País 1988 31 de mayo de 1988. Disponible online en: http://elpais.com/diario/1988/05/31/cultura/581032811_850215.html Consultado el 13-2-13.

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