Crítica de Bujarin a la Escuela Austriaca (parte II)

Capítulo Segundo

La Teoría del Valor

1-La importancia del problema del valor.

El problema del valor ha constituido una materia fundamental de la economía política desde los albores de esta ciencia. Todas las demás cuestiones, como el trabajo asalariado, el capital, la renta, la acumulación de capital, la lucha entre las operaciones a gran escala y a pequeña escala, las crisis, etc, están involucradas directa o indirectamente en esta cuestión fundamental.

“La teoría del valor, se yergue, como si dijéramos, en el centro de toda la doctrina de la economía política” BB observa, con toda la razón del mundo.  (Grundzüge der Theorie des wirtschaftlichen Güterwerts, p.8.)

No es muy difícil comprender porque esto es así; el precio, y por lo tanto, el patrón que lo determina, que es el valor, es la categoría fundamental omnicomprensiva en la producción de mercancías en general y en la producción capitalista de mercancías en particular, cuyo vástago es la economía política. Los precios de las mercancías regulan la distribución de las fuerzas productivas en la sociedad capitalista; la forma de intercambio, que presupone la categoría del precio, es la forma de distribución del producto social entre las distintas clases.

El movimiento de los precios conduce al ajuste de la oferta a la demanda, puesto que el auge y la caída de la tasa de ganancia hace que el capital fluya de una a otra rama de producción. Los precios reducidos son el arma con la que el capitalismo se abre camino y al fin conquista el mundo; son sus bajos precios los que permiten al capital erradicar la producción artesana, y pasar de la producción a pequeña escala con la producción a gran escala.

El contrato entre el capitalista y el trabajador, siendo el primero condición para el enriquecimiento del capitalista, asume la forma de la adquisición o arrendamiento de la fuerza de trabajo, es decir, la forma de una relación de precio. La ganancia como expresión en términos de valor monetario, pero no como expresión natural del producto excedente, es el motivación predominante en la sociedad moderna: en ella resta todo el proceso de acumulación de capital, que da al traste con todas las antiguas formas de economía y se distingue en gran medida de las mismas al tratarse de una fase completamente nueva y específica en dicha evolución, etc

Por lo tanto, el problema del valor una y otra vez ha atraído la atención de los teóricos económicos en mucha mayor medida que cualquier otro problema de la economía política. Adam Smith, David Ricardo. Karl Marx — todos tomaron el análisis del valor como el fundamento de sus investigaciones. La Escuela Austriaca también hace del valor la piedra angular de su sistema, pero con la intención poco disimulada de combatir  a los clásicos y a Marx y crear su propio sistema teórico.

Se sigue que la teoría del valor en realidad todavía ocupa la oposición central en las discusiones teóricas presentes, aunque John Stuart Mill consideraba amortizada la cuestión.  (John Stuart Mill, ibid., p.209.)

Pero en oposición a Mill,  BB, cree que la teoría del valor sigue siendo una de las “menos claras, más confusas y más disputadas áreas de nuestra ciencia”.(Böhm-Bawerk, Grundzüge, etc., p.8), pero espera que los estudios de la Escuela Austriaca pongan fin a este estado de confusión. “Me parece que ciertos esfuerzos realizados recientemente” nos cuenta “han introducido pensamiento fértil en este confuso fermento, y aportarán fructíferos y clarificadores desarrollos” (Ibid., p.8.)

Trataremos de someter tal “pensamiento fértil” a un donoso escrutinio; pero digamos ya desde el principio que los críticos usuales de la Escuela Austriaca suelen señalar que los últimos confunden el valor con el valor de uso; por lo tanto que su teoría pertenece más a las regiones de la psicología que a la economía política, etc

No hay duda de que tal objeción es en esencia correcta. Pero no pensamos que tengamos que detenernos aquí. Debemos partir del propio punto de vista de los representantes de la Escuela, debemos comprender todo el sistema en sus relaciones internas, y sólo entonces revelar sus contradicciones e insuficiencias, que no son sino el producto de sus errores fundacionales.

Por ejemplo, el valor ha sido definido de distintas maneras, y la definición de BB diferirá necesariamente de la de Marx. Pero no basta con que digamos que BB no analiza la esencia del problema, es decir, que no trata lo que debe ser tratado; lo que debemos mostrar es porqué ese enfoque del problema es falso. Más aún, debemos demostrar que los presupuestos de los que parte la teoría en cuestión parten de constructos contradictorios o no consiguen incluir y explicar una serie de fenómenos económicos importantes.

¿Pero cuál es el punto de partida de la crítica en este caso? Si la concepción del valor es tan diferente en las distintas escuelas, esto es, si como lo plantea Marx no hay punto alguno de encuentro con BB, ¿Cómo podemos formular una crítica?

En este punto, no obstante, nos ayuda la siguiente circunstancia: por muy grandes que sean las diferencias entre las definiciones del valor, y por mucho que en algunos momentos puedan ser contradictorias unas con otras, no obstante tienen algo en común, que conciben el valor como un “patrón de cambio”, que sirve para explicar los precios. Por supuesto la explicación de los precios por si sola no es suficiente, o, para ser precisor, no tenemos derecho alguno a limitarnos a explicar los precios; y sin embargo la teoría del valor es la base directa de la teoría de los precios. Si la teoría del valor resuelve la cuestión del precio sin contradicciones internas, es correcta; si no, debe ser rechazada.

Estas son las consideraciones de las que partiremos en nuestra crítica de la teoría de BB.

Hemos visto en el capítulo precedente que BB considera el precio la resultante de las valoraciones individuales. Su “teoría” por tanto se divide en dos partes. La primera investiga las leyes de formación de las valoraciones individuales “la teoría del valor subjetivo” y la segunda investiga las leyes del origen de su resultante “la teoría del valor objetivo”.

Valor objetivo y subjetivo.

Ya conocemos que según la visión de la escuela subjetivista, debemos buscar el fundamento de los fenómenos socioeconómicos en la psicología de cada hombre. En el caso del precio, esta demanda requiere que comencemos nuestro análisis del precio con las evaluaciones individuales. Comparando el enfoque de BB con el tratamiento de la cuestión de Marx, la diferencia esencial entre los dos se aprecia claramente: en Marx el concepto de valor es una expresión de la conexión social entre dos fenómenos sociales, entre la productividad del trabajo y el precio; en la sociedad capitalista (en contraposición a una simple sociedad mercantil) esa conexión resulta muy compleja.

En BB el concepto de valor es la expresión de la relación entre el fenómeno social del precio y el fenómeno individual-psicológico de las distintas valoraciones.

La valoración individual presupone un sujeto que valora y un objeto que es valorado; la resultante de las relaciones entre ambos es el valor subjetivo. Para la Escuela Austriaca, el valor subjetivo es por lo tanto no un carácter específico inherente a las mercancías en cuanto tales, sino un estado psicológico específico del propio sujeto que realiza la valoración. Cuando hablamos de un objeto, hablamos de su relevancia para un sujeto dado. Por lo tanto “valor, en el sentido subjetivo, es la relevancia que posee una mercancía o un grupo de mercancías para el bienestar de un sujeto”. Esa es la definición del valor subjetivo.

Muy diferente es el concepto de BB del valor objetivo: “El valor en sentido objetivo, por otra parte, es la virtud o capacidad de una mercancía para rendir un resultado material concreto. En este sentido hay tantos tipos de valor como resultados. Podemos hablar del valor nutritivo de la comida, del valor del carbón o la madera como combustibles, o de la potencia destructiva de los explosivos. En todas esas expresiones hemos eliminado de la definición del valor cualquier mención al bienestar o malestar del sujeto”.

Entre estos valores objetivos, así declarados neutrales respecto del “bienestar o malestar del sujeto” BB también enumera valores de tipo económico, como el “valor de cambio”, “la renta”, “el valor de producción” y similares. La mayor importancia se confiere al valor de cambio objetivo. BB define este como sigue: “el valor de cambio objetivo de las mercancías es su capacidad de intercambio  o, en otras palabras, la posibilidad de adquirir a cambio de ellas una cantidad de otras mercancías económicas, contemplándose esta posibilidad como una función o cualidad de las primeras mercancías

Esta es la definición del valor de cambio objetivo. Esta última definición no es correcta en esencia, ni sería correcta de haber aplicado coherentemente BB su propio punto de vista. El valor de cambio de las mercancías se cuenta aquí entre sus “cualidades objetivas” similares a sus cualidades físicas o químicas. En otras palabras, “el efecto utilidad” en el sentido “técnico” de la palabra, se identifica con el concepto económico de valor de cambio. Esto evidentemente no es sino el punto de vista del tosco fetichismo mercantil tan propio de la economía política vulgar. De hecho “la existencia de mercancías qua mercancías, no tiene conexión alguna con sus propiedades físicas y con las relaciones materiales que de ellas surgen”. (Karl Marx: Capital, vol I, p.83.)

Incluso desde el punto de vista de BB esa afirmación no puede mantenerse en principio. Si el valor objetivo no es más que la resultante de las valoraciones subjetivas, no puede contarse  entre las propiedades químicas o físicas de la mercancía. Se diferencia de ellas conceptualmente; no contiene “un átomo de materia” pues desciende y es formada por factores inmateriales, es decir, las valoraciones individuales de los distintos “sujetos económicos”.

Por muy “peculiar” que suene todo esto, debemos no obstante señalar que este puro psicologismo tan característico de BB es perfectamente compatible con un fetichismo vulgar y toscamente materialista. En otras palabras, con un punto de vista esencialmente acrítico e ingenuo.

BB por supuesto pondría el grito en el cielo si se definiera el valor subjetivo sin incluir ninguna relación entre las mercancías y el sujeto que las valora, pero el propio BB, cuando define el concepto de valor de cambio objetivo, lo identifica con las propiedades técnicas de las mercancías independientes o neutrales en relación con “bienestar o malestar del sujeto” olvidando que ha destruido la relación genética entre el valor subjetivo y objetivo que es después de todo el fundamento de su teoría.

Por lo tanto estamos tratando con dos categorías del valor; una representa una cantidad básica, la otra una cantidad derivada. Es por tanto necesario en primer lugar poner a prueba la teoría del valor subjetivo. Además, es en esta parte de la teoría austriaca donde se despliega más ingenio y originalidad en su tentativa de ofrecer un nuevo fundamento para la teoría del valor.

Utilidad y valor (subjetivo)

“El concepto central (de la Escuela Austriaca)…. Es la utilidad.” (Werner Sombart: Zur Kritik des Ökonomischen Systems von Karl Marx, in Braun’s Archiv, vol. VII, p.592.)

Mientras para Marx la utilidad es sólo condición o presupuesto para el origen del valor, sin que determine el grado del valor, BB deriva el valor por completo de la utilidad y lo hace directa expresión de la misma.

BB diferencia, sin embargo (apartándose, piensa, de la vieja terminología, que identificaba utilidad y valor de consumo) entre “utilidad en general” y valor, que es, como si dijéramos, utilidad certificada. “La relación con el bienestar humano”, dice BB, “se expresa a si misma en dos formas esencialmente diferentes; la inferior se presenta cuando una mercancía tiene capacidad en general de servir el bienestar humano. La superior, por otro lado, precisa que la mercancía no sea sólo causa eficiente sino al mismo tiempo condición indispensable de un bienestar resultante… la fase inferior se denomina (en el lenguaje común) “utilidad”, la superior, “valor”.

Y BB nos da dos ejemplos para aclarar esta diferencia: el primero es un “hombre” que se sienta “al lado de un arroyo que le ofrece un buen suministro de agua potable”, el segundo ejemplo “un nómada del desierto”. Está claro que no es lo mismo un vaso de agua para el bienestar de ambas personas. En el primer caso el vaso de agua puede no ser condición indispensable, pero en el último caso la utilidad es “extrema”, porque un vaso de agua de menos puede tener consecuencias fatales para nuestro viajero.

Y a partir de aquí, BB, deriva la siguiente formulación del origen del valor: “las mercancías cobran valor cuando la oferta total de mercancías de un tipo específico es tan escasa como para no satisfacer en absoluto la demanda que se hace de ellas, o cuando la satisface de modo tan escaso que es imperativo el empleo de esas mercancías específicas, si es que ha de haber esperanza alguna de satisfacer la demanda en una mínima medida”.

En otras palabras la utilidad “certificada” de las mercancías se toma como punto de partida para un análisis de los precios de las mercancías puesto que cualquier teoría del valor sirve principalmente para explicar los precios, es decir, BB toma como punto de partida lo que Marx excluye de su análisis como una cantidad irrelevante.

Consideremos ahora la cuestión con más detalle. No debemos olvidarnos que el punto de partida de la Escuela Austriaca son los motivos de los sujetos económicos en su forma más “pura” y simple: “será ahora nuestra tarea apostar un espejo al frente de la “casuística de la elección en la vida”, como si dijéramos, y formular estas reglas que se aplican de modo tan seguro e instintivo en su actuación por el hombre común, exponiéndolas como principios de igual certidumbre, con la cualidad añadida de ser conscientes”. (Böhm-Bawerk: Grundzüge, etc., p.21.)

Vamos a ver ahora como el “espejo” teórico manipulado por el capitán de la Escuela Austriaca refleja esta “práctica de la vida”.

Es característico del moderno modo de producción, sobre todo, que no se produce para las propias necesidades del productor, sino para el mercado. El mercado es el último eslabón en la cadena de varias formas y procesos de producción, en las que la evolución de las fuerzas productivas y la correspondiente evolución de las relaciones de cambio han acabado con el antiguo sistema de economía natural, desencadenando nuevos fenómenos económicos. Podemos distinguir tres fases en el proceso de transformación de una economía natural a una economía mercantil capitalista.

En la primera fase, el centro de gravedad radica en la producción para el propio consumo; el mercado recibe sólo el excedente. Esa fase es característica de las formas iniciales de intercambio. Poco a poco la evolución de las fuerzas productivas y la amenaza de la competencia conducen a un desplazamiento del centro de gravedad en la dirección de la producción mercantil. Pero todavía se consume un escaso número de productos en la sede del productor (esas condiciones pueden observarse con frecuencia aún hoy en día en la agricultura, especialmente en los pequeños agricultores)

Y sin embargo esto no implica que el proceso de evolución se detenga. La división social del trabajo sigue avanzando, alcanzando finalmente un nivel en el que la producción en masa para el mercado se convierte en el fenómeno típico y ninguno de los productos se consume en el establecimiento que los produce.

¿Cuáles son pues los cambios en los motivos y en la “vida práctica” de los sujetos económicos, mutaciones que deben ir en paralelo con el proceso evolutivo descrito anteriormente?

Podemos responder a esta cuestión sucintamente; la importancia de las valoraciones subjetivas fundadas en la utilidad disminuye: “uno fija (para retener nuestra terminología actual) no valores de cambio como tales (determinados de forma puramente cuantitativa) sino meramente mercancías de consumo, en otras palabras, objetos con diferencias cuantitativas”. (Werner Sombart, Der Bourgeois, p.19.)

Pero en las fases más elevadas de valoración podemos establecer esta regla “un diligente padre de familia se preocupa más con la ganancia y la durabilidad de los objetos que por la satisfacción momentanea o con la inmediata utilidad” [Ibid., p.50; cursivas mías. — N.B.]

Y ciertamente, una economía natural presupone que las mercancías producidas tendrán valor de uso para esa economía. En la siguiente fase evolutiva, el excedente pierde su significación como valor de uso; además, la mayor porción de los productos no se evalúan por el sujeto económico según su utilidad, pues no la poseen por el sujeto económico; finalmente, en esta última fase, todo el producto de la unidad de producción individual carece de “utilidad” para esta unidad. Es precisamente la completa ausencia de valoraciones basadas en la utilidad de las mercancías lo que es característico de las economías que las producen. Pero no debe asumirse que ese estado de la cuestión es así sólo para el vendedor: igual pasa con el comprador. Eso se manifiesta particularmente en la valoración por parte del comerciante. No hay hombre de negocios, ni mayorista ni minorista, que piense en lo más mínimo en la “utilidad” o “valor de uso” de su mercancía. En su mente, el contenido tan vanamente perseguido por BB no existe. En el caso de los compradores que compran para su uso propio, la cuestión es algo más complicada; más adelante hablaremos de la adquisición de medios de producción. De nuevo aquí el sendero que transita BB no nos lleva a ninguna parte. Pues cualquier ama de casa, en su “práctica” cotidiana, parte de unos precios dados y del dinero que tiene. Es sólo dentro de esos límites que cierta valoración basada en la utilidad puede hacerse. Si con una cantidad de dinero x, podemos obtener la mercancía A, por la suma y la mercancía B, y por la suma z la mercancía C, cada comprador adquirirá la mercancía que le sea más útil. Pero esa valoración presupone la existencia de precios de mercado. Y además, la valoración de cada mercancía individual en absoluto está condicionada por su utilidad. Un ejemplo llano es el de objetos de uso cotidiano; ningún ama de casa que vaya al mercado estima el pan por su inmenso valor subjetivo, por el contrario, su valoración fluctúa en relación con los precios de mercado ya establecidos, y lo mismo vale para cualquier otra mercancía.

El hombre solitario de BB (y da lo mismo si está al lado de un arroyo o viajando por el ardiente desierto) no puede ser ya comparado (desde el punto de vista de los motivos económicos) ni con el capitalista que lleva al mercado sus productos ni con el mercader que los compra para revenderlos, o con el simple comprador que vive en una economía dineraria mercantil, ya sea un comerciante o un capitalista. Se sigue que ni el concepto de valor de uso (Karl Marx) ni el de “valor de uso subjetivo” (BB) puede tomarse como base de un análisis de los precios. El punto de vista de BB está en abierta contradicción con la realidad, y eso que se supone que está empeñado en explicarnos la realidad.

El resultado al que hemos llegado, es decir, que el valor de uso no es un posible fundamento para el análisis de los precios, también se aplica a esa fase de la producción de mercancías en la que no toda la producción está destinada al mercado, sino sólo el “excedente”, puesto que estamos tratando no con el valor del producto consumido en la unidad de producción original sino precisamente con el valor del excedente. Los precios se originan no por la valoración de los productos como tales, sino en tanto que mercancías; las evaluaciones de los productos consumidos en tu propio establecimiento no tienen efecto en la formación de los precios. Pero si el producto deviene una mercancía, el valor de uso deja de desempeñar su papel anterior. “El hecho de que una mercancía sea útil para otros es un presupuesto del intercambio; pero si no es útil para mí, el valor de uso de mi mercancía no es una medida siquiera de mi propia valoración individual, para no mencionar cualquier nivel objetivo de valor. (R. Hilferding: Böhm-Bawerk’s Marx-Kritik, p.5)

Por otro lado, cuando las condiciones de cambio se han desarrollado suficientemente, la valoración de los productos según su valor de cambio se extiende asimismo a ese grupo de productos que cubre las necesidades del propio productor. Como dice muy acertadamente W. Lexis, “en una economía mercantil de intercambio, todos los bienes son considerados y reconocidos como mercancías, incluso aunque se pretenda que los consuma el productor”.(W. Lexis: Allgemeine Volkswirtschaftslehre, 1910, p.8.)

Esa es la explicación de los esfuerzos de BB para presentarnos la moderna organización socioeconómica como una economía mercantil subdesarrollada “… bajo la dominación de la producción basada en la división del trabajo y del intercambio, principalmente son los productos excedentes los que se ponen a la venta” (Böhm-Bawerk: Grundzüge, etc., p.35); en el caso de la moderna organización del trabajo “cada productor produce sólo unos pocos artículos, pero muchos más de los que necesita para sus propias necesidades.” (Ibid., p.491.)

Esa es la descripción de BB de la economía política capitalista. Por supuesto, no se sostiene; y sin embargo vuelve a repetirse una y otra vez en esos autores que basan su teoría del valor sobre el fundamento de la utilidad. Por lo tanto podemos aplicar literalmente a BB lo que Marx le dijo a Condillac “vemos como en este pasaje Condillac no sólo confunde valor de uso con valor de cambio, sino que de forma increíblemente pueril asume que en una sociedad, en la que la producción de mercancías está bien desarrollada, cada productor produce sólo sus medios de subsistencia y arroja a la circulación sólo el excedente”.

Marx a nuestro juicio tiene toda la razón en no adoptar el valor de uso como fundamento de su análisis de los precios. Por otro lado es un error fundamental de la Escuela Austriaca que el “principio central” de su teoría no tenga nada que ver con la realidad capitalista actual. Y como veremos más adelante, esta circunstancia influye en toda la estructura de la teoría.

4 La medida del Valor y la Unidad del Valor.

¿Cómo podemos determinar el nivel del valor subjetivo? En otras palabras; ¿de qué depende el nivel de la valoración individual de la mercancía? Es en la respuesta a eta pregunta en la que radica la “novedad” de la doctrina presentada por los representantes de la Escuela Austriaca, así como de sus acólitos en otros países.

Puesto que la utilidad de la mercancía es su capacidad para satisfacer alguna necesidad, es preciso analizar cuáles son estas necesidades. Según la Escuela Austriaca debemos analizar primero, la variedad de las necesidades, segundo, la urgencia de las necesidades para lograr un fin específico. Las varias necesidades pueden clasificarse según el orden de su importancia creciente o decreciente para el “bienestar del sujeto”. Por otro lado la urgencia de las necesidades de un tipo particular depende del grado en que en que la satisfacción se produce. Cuanto más se satisface la necesidad, menos “urgente” es la propia necesidad. Sobre la base de esas consideraciones Menger dispuso su famosa “escala de necesidades” que aparece de un modo u otro en todos los trabajos sobre el valor producidos por la Escuela Austriaca. Reproducimos esta escala como BB nos la presenta:

I II III IV V VI VII VIII IX X
10
9 9
8 8 8
7 7 7 7
6 6 6 6 6
5 5 5 5 5 5
4 4 4 4 4 4 4
3 3 3 3 3 3 3
2 2 2 2 2 2 2 2
1 1 1 1 1 1 1 1 1
0 0 0 0 0 0 0 0 0 0

Las series verticales, representadas, por los números romanos, representan los distintos tipos de necesidades, empezando con las más básicas. Los números de cada serie vertical indican la urgencia decreciente de una necesidad según el grado de satisfacción.

La tabla muestra, entre otras cosas, que la necesidad concreta de una categoría importante puede ser menor en volumen que la concreta necesidad de una categoría menos importante, siempre que la necesidad haya sido satisfecha. “la saciedad en las series verticales, puede reducir la urgencia de la necesidades más importantes a 3, 2 o 1, en tanto que un menor nivel de saciedad en la serie VI, puede elevar la urgencia de esta necesidad, teóricamente menos importante, al grado cuatro o cinco”.

Con el fin de determinar qué necesidad concreta se satisface mediante una mercancía específica (es esta condición la que determina su valor de uso subjetivo) debemos conocer “qué necesidad quedaría sin satisfacer si la mercancía a valorar no estuviera disponible; la necesidad en este caso es obviamente una variable dependiente”. (Böhm-Bawerk: Grundzüge, etc., p.27.)

Sobre la base de este método, BB llega al siguiente resultado: puesto que todas las personas prefieren dejar insatisfechas las necesidades menos importantes, una mercancía se valorará según la menor necesidad que pueda satisfacer. “El valor de una mercancía se mide por la importancia de la necesidad concreta o de la necesidad parcial que es la menos importante entre las necesidades que pueden ser satisfechas por el stock disponible de mercancías de ese tipo”. O más sencillamente “el valor de una mercancía se determina por su utilidad marginal (adicional)” (Ibid., pp. 28, 29.).

Esta es la famosa doctrina de la Escuela, de la que la teoría recibe el nombre “Teoría de la Utilidad Marginal”, y este es el principio general del que todas las demás “leyes” se derivan.

El método anteriormente indicado de determinar el valor presupone una unidad de medición. De hecho la cifra del valor es resultado de una medición; pero esto presupone una unidad fija de medición. ¿Cuál es la de BB?

Es aquí donde los austriacos se encuentran con un serio problema; que aún no han resuelto ni nunca resolverán. Primero debemos señalar lo enormemente importante que es la selección de una unidad de valor desde el punto de vista de BB. “El hecho es que nuestro juicio de valor, puede, en relación un mismo tipo de mercancías, en la misma época y bajo las mismas condiciones, ser de grado variable, dependiendo de si se someten a valoración unas pocas unidades o grandes cantidades de mercancías consideradas como un conjunto”. (Böhm-Bawerk: Grundzüge, etc., p.15.)

O sea, que no solo la graduación del valor depende de la selección de la unidad de medida, sino que podría cuestionarse si el valor existe en absoluto. Si (por usar el ejemplo de BB) un granjero consume diez litros de agua por día y dispone de 20 litros, el agua carecerá de valor para él. Pero si escogemos como unidad una cantidad superior a 10 litros, el agua tendrá valor. Por lo tanto el valor como tal parece depender de la elección de una unidad. Y otro fenómeno se conecta con lo anterior. Asumamos que tenemos un número de mercancías cuya utilidad marginal se reduce con el aumento de su número. Asumamos que este valor decreciente se expresa con las series 6, 5, 4, 3, 2, 1. Si tenemos seis unidades de una cierta mercancía, el valor de cada unidad se determina por la utilidad adicional de esta misma unidad, es decir, sería igual a 1. Si tomamos como unidad una combinación de dos de las anteriores unidades, la utilidad marginal no sería 1 x 2 sino 1 +2 o sea, no 2, sino 3; y el valor de tres unidades ya no seria 1 x 3, sino 1 + 2 +3, o sea, no 3, sino 6. En otras palabras, el valor de un mayor número de mercancías no varía directamente con el valor de un ejemplo específico de esas mercancías materiales. La unidad de medición tiene un papel importante. ¿Pero cuál es esa unidad de medición? BB no nos da una respuesta clara y tampoco los demás austriacos. BB responde esto “Esta objeción no es razonable. Pues los hombres no pueden escoger de modo arbitrario su unidad de valoración. Puesto que las circunstancias externas que son de otro modo uniformes… pueden demandar imperativamente que una cantidad y no otra sean consideradas como una unidad en la evaluación. (Böhm-Bawerk: Grundzüge, etc., p.16.)

Y sin embargo es claro que la unidad de medida puede estar presente particularmente en casos en los que el intercambio de mercancías es un fenómeno accidental de la vida económica, no su fenómeno típico.

Por el contrario, los mediadores en el intercambio de mercancías de una economía desarrollada no se sienten obligados a seguir patrones obligatorios en la selección de su “unidad de valor”. El fabricante que vende lino, el representante que compra y vende, los mediadores, todos ellos miden sus bienes por el metro y el centímetro, o a piezas (un gran número de metros tomado como unidad) Pero en todos esos casos no hay diferencias de valoración. Ellos disponen de sus bienes (la moderna forma de venta es un proceso regular donde el productor o uno de sus asociados se desprenden de los bienes); a ellos les da lo mismo la unidad física de medida en relación con la cual se miden las unidades vendidas. Encontramos el mismo fenómeno en el análisis de los motivos de los compradores que adquieren para su propio consumo. La cuestión es muy simple. Los agentes económicos actuales valoran las mercancías según los precios de mercado, pero los precios de mercado no dependen para nada de la selección de una unidad de medida.

Y otra cuestión. Ya hemos visto que el valor total de las unidades según BB no es en absoluto equivalente a una unidad multiplicada por el número de unidades. En el caso de las series 6, 5, 4, 3, 2, 1, el valor de seis unidades (de toda la “oferta”) equivale a 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6. Esa es una perfectamente lógica conclusión de los supuestos fundamentales de la teoría de la utilidad marginal; pero es totalmente falaz. Y la culpa la tiene el punto de partida de la Teoría de BB, que ignora el carácter social e histórico de los fenómenos económicos. De hecho, nadie que esté en la producción moderna calcula el valor de la “oferta” o sea, del conjunto de mercancías, según el método de BB. No sólo el espejo teórico manipulado por el capital distorsiona la “vida práctica” sino que su imagen no refleja en absoluto los hechos. Cada vendedor de n unidades considera estas unidades como n veces tanto como una sola unidad. Y lo mismo vale para el comprador. Un industrial considera que la decimoquinta máquina en su fábrica tiene la misma importancia y el mismo valor que la primera, y que el valor total de las 50 no es 50 + 49 + 48 … + 2 + 1 = 1275; sino, sencillamente, 50 x 50 = 2500.”]

Tan conspicua es la contradicción entre la “teoría” de BB y la “práctica” que el propio profesor no pudo ignorar el problema. Esto es lo que tiene que decir “en nuestra vida práctica ordinaria, no tenemos ocasión normalmente de observar el fenómeno casuístico descrito anteriormente (o sea la ausencia de una relación proporcional entre el valor de la suma y de la unidad, N.B) Esto se debe al hecho de que bajo el sistema de producción bajo la división del trabajo, las ventas comerciales proceden principalmente de un excedente!!!! que no estaba en principio destinado para las necesidades personales del dueño…”.. (Böhm-Bawerk: Grundzüge, etc., p. 35).

Todo fenomenal. Pero esa es la cuestión: si este “fenómeno casuístico” no puede ser descubierto en la vida actual económica, está claro que la teoría de la utilidad marginal será lo que tu quieras, pero no puede ser una ley que describa la realidad capitalista, porque precisamente este fenómeno sería consecuencia lógica de la teoría de la utilidad marginal de la que nace y por la que se derrumba.

Por lo tanto vemos que la ausencia de proporción entre el valor de la suma y el número de unidades añadidas es, por lo que a la realidad económica actual concierne, una pura ficción. Está tan claramente en contradicción con la realidad que el propio BB no pude llevar su propio enfoque a su conclusión lógica. Refiriéndose al gran número de evaluaciones indirectas, dice “pero si somos capaces de juzgar que una manzana tiene para nosotros el valor de ocho plumas, mientras que una pera tiene el valor de seis plumas, podemos también juzgar, después de sacar una conclusión de estas dos premisas, como tercer juicio que una manzana es precisamente un tercio más valiosa para nosotros que una pera” (Ibid., p.50)

Esta observación es esencialmente correcta, pero no es una aplicación correcta del punto de vista de BB. ¿Por qué cómo llegamos en este caso al “tercer juicio” de que la manzana es un terció más valiosa que una pera? Pues porque ocho plumas son evidentemente un tercio más que seis plumas. Estamos suponiendo que existe una proporción entre el valor de la suma y del número de unidades; el valor de ocho plumas sólo puede ser un tercio mayor que el valor de seis plumas, si el valor de ocho plumas es ocho veces el valor de una pluma y el valor de seis plumas seis veces el valor de una pluma. El ejemplo vuelve a mostrarnos lo poco que se parece la teoría con los fenómenos económicos de la realidad.

Puede que su exposición sea aceptable como explicación de la psicología del “nómada” del “colono”, del “hombre del arroyo” y en todos estos casos en los que los individuos no tienen oportunidad de “producir”. En sentido moderno, los motivos económicos que postula BB son psicológicamente imposibles y absurdos.

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