Argumentos en pro del socialismo: capítulo II. El Marxismo del Siglo XXI

Continuamos con la traducción de la obra de Paul Cockshott y David Zachariah “Arguments for socialism” (disponible para descargar de forma gratuita) que comenzamos en su día con la publicación del prefacio y primer capítulo en Rotekeil.

En este segundo capítulo se critica la postura “cómoda” de los intelectuales marxistas cuya principal preocupación parece haber radicado en desvincularse de los aspectos más criticables de la Unión Soviética, pero casi siempre parangonándolos con un sistema socialista ideal. Asimismo se denuncia la preferencia de estos intelectuales por un discurso de corte especulativo y filosófico que no analizaba de forma científica los problemas técnicos y económicos reales y palpables con los que se enfrentó la construcción del Socialismo en la Unión Soviética. Como a mi juicio bien señalan los autores, no puede uno simplemente obviar el periodo, sino extraer las lecciones pertinentes de él. Y necesitamos una crítica de la Economía Política “mainstream” que la prive de su prestigio a la vez que la revele como portadora de intereses de clase. Al mismo tiempo, un proyecto socialista serio debe presentar un modelo de sociedad y una economía política alternativa y creíble, formulada de modo riguroso, sin que se retroceda un paso a la hora de incorporar los avances de las distintas disciplinas científicas, en especial de la física. Y es que como dijo muy bien Lenin en su día, sin Teoría Revolucionaria, no puede haber práctica revolucionaria. La teoría sin práctica es mera especulación de sillón. La práctica sin teoría sólida, lleva a múltiples despeñaderos y desvíos. Conviene que no lo olvidemos.

2- El Marxismo del Siglo XXI

Capítulo II. El Marxismo del Siglo 21.
En ciertos aspectos la situación del Marxismo a comienzos del siglo XXI tiene mucho en común con la de finales del siglo XIX. En ambos casos el marxismo se enfrenta a un mundo en el que predomina el modo de producción capitalista. Durante lo que Hobsbawm llamó “el Corto Siglo XX”, el periodo que va de 1914 a 1990, la política mundial se centró en la memorable disputa entre los sistemas económicos socialista y capitalista, y esa realidad confirió al marxismo un carácter muy distinto al de su primer desarrollo, de 1848 a 1914. En términos históricos, por lo tanto, estamos ya diecisiete años en el siglo XXI.
Dentro de cada periodo histórico el marxismo ha tenido que abordar los retos políticos y teóricos del momento. En el siglo XIX se abordaban dos problemas principales:
1) La constitución del proletariado como clase y por lo tanto como un partido político (El Manifiesto Comunista de 1848)
2) La crítica de la Economía Política burguesa y la instauración de una Economía Política de los trabajadores (El Capital, 1867)
Ciertas cuestiones sólo fueron abordadas muy superficialmente, como la configuración de la futura sociedad comunista (Crítica del Programa de Gotha) y la forma política del gobierno de la clase trabajadora (La Guerra Civil en Francia)
Si observamos el siglo XX vemos que se abordan una serie de cuestiones muy diferentes:
¿Cómo pueden difundirse las ideas comunistas, (Qué Hacer, 1902)?
¿Cómo puede tomar el poder el movimiento comunista? (EL Estado y la Revolución)
Una vez que haya tenido éxito la revolución, ¿Cómo hay que organizar la economía? (La Nueva Economía, 1926)
¿Cómo podrían llevarse a cabo revoluciones en sociedades que aún no eran plenamente capitalistas? (Por qué puede existir el Poder Político Rojo en China, 1928)
¿Después de la revolución, como puede combatirse el peligro de la Contrarrevolución? (Documentos de la izquierda de Shanghai, 1967)
Retrospectivamente podemos ver que a mediados de los setenta se alcanzó la marea alta socialista. Mientras que los revolucionarios vietnamitas expulsaban a los americanos de Saigon, y el último imperio colonial en África, el portugués, se desmoronaba, el fracaso de la Revolución Cultural China estaba ubicando el escenario económico en el que se representó el triunfo de la reacción en las décadas de los ochenta y noventa.
Cuando después de la muerte de Mao, Deng, abrió las puertas de la economía china a la inversión de capital occidental, quedó trastocado el equilibrio de clases del mundo. Un inmenso ejército de reserva de trabajadores, contratados por salarios muy bajos, fue introducido en la ecuación.

El poder de negociación del capital en su lucha contra la clase trabajadora doméstica se fortaleció en gran medida en un país tras otro. Así que hoy en día nos enfrentamos con una nueva serie de cuestiones. El entorno ideológico e intelectual es mucho menos favorable al socialismo que lo era en el siglo XX. Esto no es sólo una mera consecuencia de las contrarrevoluciones que acontecieron al final del siglo XX, sino que nace de una nueva y más vigorosa presentación de los presupuestos clásicos de la economía política burguesa. Esta reafirmación no sólo transformó la política económica en occidente, sino que también preparó el campo para las contrarrevoluciones en el Este.
La preparación teórica para la vuelta al libre mercado que se dio en los ochenta ya había sido presentada mucho antes, por economistas de derechas como Hayek y Friedman. Sus ideas, que se consideraban extremistas en los años cincuenta y sesenta, comenzaron a ganar influencia a través de las actividades de proselitismo de organizaciones como el Instituto de Asuntos Económicos y el Instituto Adam Smith. Esos grupos escribieron una serie de libros e informes que defendían soluciones de libre mercado a los problemas económicos contemporáneos. Ganaron el apoyo de políticos importantes como Margaret Thatcher, y desde la década de los ochenta esas políticas fueron puestas en práctica. Esto fue factible gracias a la combinación de cambios demográficos a largo plazo y coyunturas económicas a corto plazo. En el Reino Unido, había escasa oferta de trabajo, pero en Asia se había vuelto superabundante. Si el capital tenía libertad para desplazarse al extranjero entonces los términos del intercambio entre el trabajo y el capital en el Reino Unido serían transformados.
El trabajo dejó de tener una posición negociadora fuerte. Este factor coyuntural que hizo esto posible fue el excedente de comercio exterior generado por el petróleo del Mar del Norte.
Hasta entonces, los trabajadores que producían manufacturas exportables habían sido esenciales para la supervivencia económica nacional. Con el dinero del Mar del Norte, se podía dejar colapsar al sector manufacturero, sin miedo a una crisis en la balanza de pagos. La deliberada debilitación de la industria manufacturera restringió la base social de la socialdemocracia y disminuyó la voz de los trabajadores tanto política como económicamente.
El éxito de Thatcher en su ataque al movimiento obrero en el Reino Unido animó a políticos ambiciosos de clase media en el este como Klaus y presagió una situación en que las doctrinas económicas de Hayek se convertirían en ortodoxas. La doctrina Thatcher de la TINA (There is no alternative) al capitalismo fue generalmente aceptada.
El predominio teórico de las ideas económicas de libre mercado había, a comienzos del siglo XXI, llegado a ser tan poderoso, que las aceptaban igualmente los socialdemócratas e incluso algunos autodenominados comunistas, al igual que habían sido adoptadas por Thatcher. En los círculos que hacían la política, aún siguen sin ser cuestionadas. Y su dominio se debe tanto a su reflejo de ciertos intereses de clase como a su coherencia interna. El proyecto histórico capitalista tomó como sus documentos fundacionales “La Declaración de Derechos del Hombre” y de la “Riqueza de las Naciones” de Adam Smith. Ambas aportaban una visión coherente del futuro de la sociedad burguesa o civil, como un sistema autorregulado de agentes libres que perseguían sus intereses privados. Dos siglos después, cuando hubieron de enfrentarse al reto que presentaba el comunismo y la democracia, los representantes de la burguesía con más visión volvieron a sus raíces, se reafirmaron en el Manifiesto Capitalista originario, y lo aplicaron a las condiciones presentes. Por contraste el movimiento obrero carecía de una narrativa social similar.
Las políticas económicas de Keynes sólo habían abordado cuestiones técnicas, de política gubernamental monetaria y tributaria, y no aspiraban a la coherencia moral y filosófica de Smith.
Los factores económicos y demográficos que favorecieron originalmente el retorno al mercado se están debilitando paulatinamente. Dentro de veinte años las enormes reservas de trabajo de China se habrán utilizado en gran medida, absorbidas en la producción de mercancías capitalistas. Desde el punto de vista global estamos volviendo a la situación en Europa Occidental de hace un siglo: una economía capitalista mundial madura en la que el trabajo aún es muy explotado pero comienza a ser un recurso escaso. Esas eran las condiciones que construyeron la cohesión social de la socialdemocracia clásica, las condiciones que hicieron surgir el IWW y después el CIO en América, y que dieron fortaleza a los partidos comunistas en Europa Occidental en países como Francia, Italia y Grecia después de la posguerra. Vemos que en Sudamérica el proceso está operativo hoy en día.
Estas circunstancias sitúan al Marxismo del siglo XXI frente a un nuevo proyecto histórico: contrarrestar y criticar las teorías del liberalismo con tanta eficacia como Marx criticó los economistas capitalistas en su día.
El proyecto histórico de las clases trabajadoras mundiales sólo puede triunfar si exponen su propia economía política, su propia teoría sobre el futuro de la sociedad. Esta nueva economía política debe ser tan moralmente coherente como la de Smith, y debe conducir a propuestas de política económica coherentes, que de llevarse a cabo abrirían el camino a una nueva civilización poscapitalista, igual que las de Smith abrieron el camino a la civilización posfeudal.
El marxismo del Siglo XXI ya no puede dejar lado los detalles de cómo se va a organizar la economía no mercantil del futuro. En los días de Marx se podía entender, pero no ahora.
No podemos hacer como si no hubiera ocurrido nada en el Siglo XX, o como si no nos hubiera enseñado nada sobre el socialismo. En esta tarea, marxistas críticos occidentales como Cliff, Bettleheim o Bordiga, nos conducirán sólo hasta cierto punto. Aunque pueden señalar las fragilidades y errores del socialismo realmente existente, lo hacían comparándolo con el ideal que estos escritores pensaban que llegar a ser una sociedad socialista. En retrospectiva veremos que estas tendencias de pensamiento eran producto de las circunstancias especiales de la Guerra Fría, un esfuerzo por una posición de autonomía política de “ni Moscú ni Washington”, más que una contribución programática al marxismo. El mismo desinterés psicológico que buscaban estos escritores, que en el fondo trataban de que no cayeran sobre sus cabezas las calumnias dirigidas contra la URSS, impedía que se enfrentaran y analizaran de un modo positivo con los problemas que se encontró el socialismo históricamente existente. Es sólo cuando visualizas el enfrentamiento con esos mismos problemas cuando puedes tratar de encontrar respuestas prácticas.

“No es el crítico el que cuenta: no el hombre que señala como los tropiezos de los fuertes, que reprocha al que hizo algo podría haberlo hecho mejor. El mérito corresponde al hombre que entra al ruedo, que se llena el rosto de polvo y sudor y sangre, que se esfuerza con valentía, que se equivoca, que yerra y se queda corto una y otra vez, porque no hay esfuerzos sin errores o defectos, pero quien conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones, invertidos en una causa digna; el que, en el mejor de los casos, vislumbra, al fin, el triunfo, y que en el peor, si fracasa, al menos fracasa habiéndose atrevido mucho. Al menos no se contará entre aquellas almas frías y tímidas que no conocen ni la victoria ni la derrota (Ciudadanía en una República, Rooselvelt)
Debemos recobrar y celebrar los avances en la economía política marxista que surgieron de la experiencia soviética: el método de balances materiales empleado en la preparación de los planes quinquenales y sistematizado como el análisis insumo-producto por Leointief: el método de programación linear en el que fue pionero Kantorovich: los estudios sobre el uso del tiempo de Strumlin.
En el siglo XIX el Capital de Marx fue una crítica de la economía política que confrontaba con el liberalismo británico. Los marxistas del Siglo XXI deben llevar a cabo una crítica de la política económica neoliberal que sea comparable en rigor y profundidad moral a la crítica decimonónica de Marx. En particular debemos enfrentarnos y derrotar a las ideas de la Escuela Austriaca, Böhm-Bawerk, Mises y Hayek, cuyas ideas constituyen la piedra angular de la reacción. El marxismo soviético se sintió demasiado fuerte para ignorarlas, y la respuesta en occidente principalmente la dieron socialistas no marxistas como Lange y Dickinson. Si tenemos que reconstituir el socialismo como el “sentido común del siglo XXI” como lo fue a mediados de los años veinte, esas son las ideas que debemos afrontar.
Al atacarlas no debemos dudar en emplear los avances de otras ciencias, la mecánica estadística, la teoría de la información, la teoría de la computación. Y para restablecer el Socialismo Científico debe darse una ruptura definitiva con el método filosófico especulativo de gran parte del socialismo occidental. Tenemos que tratar la economía política y la teoría de la revolución social como cualquier otra ciencia.
Debemos formular hipótesis que pueden ser puestas a prueba, y que después podamos valorar en función de los datos empíricos. Cuando estas difieran de lo que esperábamos, debemos modificar y volver a poner a prueba nuestras teorías.
Para comprender esta nueva forma de ciencia marxista considérese el debate sobre el llamado “problema de la transformación. En el siglo 20 se produjo una enorme y mal enfocada literatura que trataba de refutar la crítica de Böhm-Bawerk de la teoría de Marx de los precios de producción. El resultado neto de este debate fue sólo distraer la atención de la teoría laboral del valor y del análisis de Marx de la explotación.
El paso adelante que se acabó dando, en los 80, contra esta crítica austriaca del marxismo provino de los lógicos matemáticos, Farjoun y Machover. Su trabajo “Las Leyes del Caos” fue según mi criterio la contribución más original a la teoría marxista a finales del siglo XX. Emplearon métodos derivados de la mecánica estadística para mostrar como el supuesto de una tasa de ganancia uniforme, compartido por Marx y Böhm-Bawerk, estaba equivocado, y que en realidad la teoría clásica del valor trabajo (Capital, Volumen 1) opera. Después esto quedó confirmado por los trabajos empíricos de Shaikh y otros. Esa disposición a aprender de otras ciencias y emplearlas en la lucha contra la ideología dominante puede apreciarse en los trabajos de Peters, que trajo las ideas del pionero informático Zuse a la hora de validar la posibilidad de una planificación socialista racional. Podemos volver a ver en Peters, como era patente en Shaikh y Farjun y Machover, una reafirmación de la importancia para el marxismo de la teoría laboral del valor. Mientras que para Shaikh y Farjoun y Machover su papel es causal al explicar la dinámica presente del capitalismo, para Peters se convierte en un principio moral y un concepto organizativo para el socialismo futuro.
Los avances teóricos a los que me refiero tuvieron lugar a caballo entre el siglo XX y el siglo XXI.
Vladimir Lenin dijo: “sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. Y esto sigue siendo tan cierto hoy en día como en 1902. A finales del siglo XX no teníamos esa teoría. La idea de Thatcher de que no hay alternativa sólo parecía creíble porque carecíamos de una economía política revolucionaria, una que no se limitara a interpretar el mundo sino que explicara cómo cambiarlo, cómo construir un mundo diferente.
El Marxismo del siglo XXI está comenzando el sendero de construir esta economía política revolucionaria. Aceleremos este logro de moda que cuando la próxima crisis estructural sacuda a la economista capitalista mundial estemos en una posición donde tengamos a nuestra disposición movimientos progresistas con las ideas que necesitan si han de prevalecer.

Escrito en 2007

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4 Respuestas a Argumentos en pro del socialismo: capítulo II. El Marxismo del Siglo XXI

  1. fernando almeida martins 20 abril, 2014 en 7:29 pm #

    I’m still thinking that Maurice Dobb’s book “Argumentos sobre el socialismo”, 1967, Editorial Ciência Nueva, was also very helpful on this issue.

  2. Carlos 6 junio, 2014 en 9:11 am #

    En el primer capítulo no había lugar para comentarios, por lo que hago uno en el espacio del segundo pero referido al primero.
    Me parece incorrecto plantear como principio del texto, con una contudencia tremenda, lo de “la crisis del comunismo leninista”, pues entiendo que Lenin murió en el año 24, al principio del mismo y no pudo llevar adelante lo que pensaba sobre la construcción de la etapa que consideraba intermedia, el socialismo, y el proyecto estratégico, el comunismo.
    Conocemos los cinco últimos artíulos por el escritos, Hojas de mi diario, Sobre el cooperativismo, Sobre nuestra revolución, Como debemos organizar la inspección de obreros y campesinos y el 2 de marzo de 1923 Más vale poco y bueno. En todos ellos mantiene una actitud crítica hacia las estructuras estatales y hacia el partido a los que acusaba de estar inmersos en un proceso de burocratización indeseable. Tambien es interesante la Carta al Congreso de finales del año anterior donde critica sin tapujos a Stalin.
    ¿Lo que ocurrió después de su muerte era el rumbo que Lenin quería para la revolución?. Creo que no, por lo tanto afirmar que los acontecimientos que se desenvolvieron en la URSS entre 1924 y 1989 es el “comunismo leninista” puede ser una buena frase de propaganda anti-leninista, pero no la realidad.

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