Si Europa no escucha

Eric Hobsbawm, el historiador marxista recientemente fallecido, fue un titán intelectual de la izquierda que supo captar el patrón de cambio de lo que él denominó “el corto siglo XX”: el periodo de tiempo que comenzó con la Gran Guerra y terminó con la caída de la Unión Soviética, marcado por revoluciones, tensiones y cambios sociales, conflictos bélicos y transformaciones culturales. Y sin embargo, como todo el mundo, Hobsbawm tuvo sus errores. En 1990, escribía:

(La Historia del mundo) tendrá que escribirse inevitablemente, como la historia de un mundo que no puede circunscribirse a los límites de las “naciones” y los “estados-nación” tal y como estos solían ser definidos, ya sea política, económica o cultural, o incluso lingüísticamente. […] Verá “naciones-estado” y “naciones” o grupos etnolingüísticos principalmente retrocediendo, resistiéndose, adaptándose o siendo absorbidos o separados por el nuevo reestructuramiento supranacional del mundo. Las naciones y el nacionalismo estarán presentes en la Historia, pero con roles menores y frecuentemente subordinados.” (Hobsbawm, 2012)⁠

Los años posteriores a la publicación de la obra vieron entre otras cosas la guerra de la ex-Yugoslavia, la separación de Chequia y Eslovaquia y la independencia política de quince naciones que formaban parte de la Unión Soviética. El fenómeno de la nación parecía lejos de hallarse caduco.

Y hoy en día la nación sigue presente en la actualidad, porque una de las formas de identificarla, es la de pueblo. Desde una barricada en Donetsk, hasta una urna de Vallecas, una rueda de prensa en París o un despacho de Bruselas, la identificación con una cierta idea de lo nacional y la utilización del gentilicio para establecer de separador político, junto con el sentimiento de déficit democrático que actualmente se vive en Europa son la mecha y la chispa. Y el barril de pólvora sobre el que se sostienen es el del empobrecimiento generalizado debido a la crisis económica. Esta combinación puede significar la diferencia entre ser capaz de conseguir el poder político o convertirse en irrelevante.

Creemos que en estas elecciones al Parlamento Europeo estos dos elementos, el rechazo al déficit democrático de las estructuras de la Unión y la identificación de opciones políticas con la representatividad de una determinada idea del pueblo o la nación, han sido el factor determinante. Puesto que cuando en un contexto de crisis económica y empeoramiento de las condiciones materiales de la mayoría social se da el primer elemento, la respuesta de los ciudadanos que experimentan este proceso va a ir encaminada hacia el segundo de ellos.

En Francia, el Frente Nacional se ha llevado el 25% de los votos, lo que los propios políticos franceses han definido como un “terremoto político”. No ocultan su mensaje de ultraderecha, pero de forma inteligente en la rueda de prensa, Marine Le Pen ha evitado repetir las proclamas xenófobas típicas de su formación y en vez de ello ha anunciado:

Los franceses no quieren ser gobernados desde fuera, someterse a leyes que no han votado, ni obedecer a comisarios que no responden a la legitimidad del sufragio universal.

Los franceses, la nación. El déficit democrático, los comisarios europeos.

En el Reino Unido, el UK Independence Party de Nigel Farage ha sabido articular el tradicional factor del euroescepticismo junto a su personal cruce bastardo entre el nacionalismo británico e inglés para obtener 24 escaños (27% del voto) en el Parlamento Europeo. Una amplia victoria sobre unos inseguros e indecisos Partido Laborista y Conservador, sazonada con el hundimiento de los Liberales Demócratas.

Estos son sólo dos casos en los que el elemento nacional ha servido para espolear el avance de la ultraderecha (si bien el caso del UKIP merece un análisis un poco más detallado que prometemos para un futuro), pero el fenómeno se puede observar a través de toda Europa. En Dinamarca, el Partido Popular Danés quedó primero en las elecciones con un 26,6% del voto. En Hungría, Jobbik no llegó a su resultado en las últimas elecciones generales húngaras, pero con un 14,7% quedaron en segunda posición. En Grecia, los famosos Amanecer Dorado llegaron a un tercer puesto que confirma que no eran flor de un día (9,4% del voto). La ultraderecha avanzó también en Austria (Partido de la Libertad, 13,2%), Italia (Liga Norte, 6,2%), Alemania (NPD, un partido cuyo líder se ha reunido con el antiguo miembro del Ku Klux Klan, el gurú de la ultraderecha norteamericana David Duke, 1%) o Finlandia (Partido de los finlandeses, anteriormente conocido como Partido de los auténticos finlandeses, 12,9% de los votos).

Y sin embargo, esta canalización de la sensación de déficit democrático y de una cierta identidad popular o nacional, es un elemento de la política que no tiene por qué llevar a la ultraderecha, ni mucho menos. En el caso de Irlanda, el Sinn Féin ha sabido manejar precisamente esas mismas pulsiones que en Francia han llevado a muchos a votar al Frente Nacional: la idea de representación de la nación/pueblo  y la percepción de que existe un déficit democrático en la Unión Europea. Pero, lejos de hacerlo desde la xenofobia y la obsesión divisiva del Frente Nacional, el Sinn Féin ha hecho énfasis en cada minuto de su campaña en que su carácter de partido nacional de los irlandeses, incluso cuando se presentan en lo que ellos consideran que es sólo una parte de su nación, lo es en tanto en cuanto representan al pueblo irlandés.

Así, su oposición a la política de recortes ha sabido golpear duro y en la encía al Partido Laborista irlandés, que se ha visto atrapado contra las cuerdas, defendiendo unas medidas impopulares entre sus propios votantes (su líder, Eamon Gilmore, ya ha dimitido). La reciente detención del histórico líder republicano irlandés Gerry Adams no parece haber afectado los resultados de su partido. Como resultado, el 17% del electorado los ha elegido como su opción política. La movilización de los trabajadores de los barrios de Dublín ha sido especialmente intensa. ¿Son estas ideas nuevas? En absoluto. En 2005 Gerry Adams ya escribía:

[…] cada tratado europeo posterior [a 1973] le ha quitado más y más poderes al estado irlandés y a otros estados miembros y los ha transferido a Bruselas, donde el pueblo irlandés y los pueblos de otros países miembros ya no tienen control sobre ellos. Sinn Féin y los republicanos irlandeses han denunciado de forma constante el carácter fundamentalmente federalista y político del proyecto de la Unión Europea, y su profunda falta de democracia. Nuestra posición sobre la Unión europea es una de trato crítico […]. Sin embargo, no nos engañamos a nosotros mismos o al pueblo irlandés pensando que podemos disfrutar de la plena democracia o independencia nacional mientras la mayoría de leyes a las que estamos sujetos sean elaboradas por personas que no elegimos y sobre las que tenemos un control mínimo. (Adams, 2005)⁠

Compárese con el discurso de Marine Le Pen: la reivindicación de los valores democráticos de legitimidad y representación, frente a una burocrática, lejana y elitista Unión Europea se halla presentes en ambos. Es cierto que se podría señalar la hipocresía de una Le Pen que intenta apropiarse ahora de unos ecos republicanos nacidos en la Revolución Francesa cuando parte del génesis del Frente Nacional está en grupos tradicionalistas que precisamente denuncian o denunciaban el proceso revolucionario. Y que a ello se podría oponer el hecho de que el Sinn Féin tiene más legitimidad y tradición en portar esos valores como estandarte político, teniendo en cuenta la profunda impronta que dejó la Revolución Francesa en el nacimiento del Republicanismo Irlandés. Pero aquí lo que nos interesa no es tanto la estructura del partido en sí, sino el discurso construido con ocasión de estos comicios, y cómo ha resonado con sus votantes. Lo que está claro es que sea en Francia o en Irlanda, en el Reino Unido o en Portugal, la gente está cansada de una Unión Europea opaca y que parece funcionar más por dictados de tecnócratas y lobbies que respondiendo a la voluntad de sus ciudadanos.

Y llegamos a España, donde la visión, aunque diferente, no deja de compartir esos elementos. Las fuerzas de la izquierda han crecido al calor de ese hastío con una Europa que parece decidida a convertir su extensión Mediterránea en una mezcla de Florida (con un modelo de servicios a disposición de los jubilados del Norte) y China (con una depresión salarial constante a fin de poder establecer una exportación que goce de competitividad-precio). Primavera Europea contó en campaña con Mónica Oltra de Compromís aprovechando su origen de hija de emigrantes valencianos en Alemania para decirle a Merkel en su idioma que estaba “hasta las narices”. Izquierda Unida ha llegado a resultados electorales positivos, que evocan tiempos de bonanza anguitianos. Esquerra Republicana de Catalunya, aunque dependiendo más del factor nacional que del déficit democrático europeo, ha conseguido ya su sorpasso independentista de Convergencia i Unió. Es interesante señalar que aunque las Candidatures de Unitat Popular no se presentaron a las elecciones al Parlamento Europeo, impulsaron junto a Iniciativa per Catalunya una iniciativa para realizar un multireferéndum el mismo día que los comicios. En dicho referéndum se votarían cuestiones relacionadas a, entre otras cosas, el impago de la deuda contraída por la Generalitat de Catalunya que se declarara ilegítima, la soberanía energética. Frente al déficit democrático europeo, más consultas y más democracia, parecía ser el lema de las CUP. Los Mossos retiraron las urnas de esta consulta tras denuncias del Partido Popular, Unión Progreso y Democracia y Ciudadanos. La ironía de que partidos que se reclaman “del pueblo” (populares), “demócratas” o de “ciudadanos” consideren una amenaza el que se celebre una consulta democrática al pueblo, a los ciudadanos, es casi de tira cómica de Quino.

Y quizás los que mejor han sabido jugar ese combo estratégico han sido los que han dado la sorpresa en las elecciones, Podemos. Si bien el elemento que más ha preponderado en su campaña ha sido el del déficit democrático europeo que el de la representación de nación o pueblo (en contraste con la situación inversa que comentábamos de ERC), la disputa del carácter de patriota a la derecha es una constante en las intervenciones del líder de la formación, Pablo Iglesias. Esto viene derivado de su experiencia, y la de su círculo cercano en los procesos latinoamericanos. Para él, ser patriota es poder “decidir sobre todas las cosas y defender los servicios públicos”. En octubre de 2013, Iglesias ya comentaba precisamente estos dos factores que señalamos en su propio blog “Otra vuelta de Tuerka”: el déficit democrático de las instituciones europeas, y la posibilidad de que una coalición “patriótica” ganara las elecciones en el Estado español.

Por supuesto que muchos otros factores han jugado en los resultados a las elecciones al Parlamento Europeo, tanto fuera de España, como dentro. Pero querer ver el éxito de las formaciones en conspiraciones mediáticas o desde perspectivas elitistas que tachan de populista a quien sabe hacerse eco entre la gente, como si la ciudadanía no fuesen más que “plebe” guiada por impulsos, es irse de la película a mitad. El voto de los ciudadanos responde a problemas o preocupaciones reales ante una situación económica negativa. Y ello se canaliza mediante las invocaciones al pueblo o la nación como legitimidad democrática, frente a una fosilización institucional de las instituciones europeas, que parecen no responder a dichos problemas.

Si las instituciones supuestamente democráticas que deberían dar respuesta a las demandas de los ciudadanos se muestran sordas y ciegas, parece razonable que éstos se vuelvan hacia la entidad que legitima la propia democracia: el pueblo o la nación, porque con ellos se identifican, como parte integrante, como comunidad de iguales. Esa identificación no se produce con un cuerpo de burócratas lejanos. Esto puede llevar a resultados preocupantes, como es el caso de Francia, donde el carácter de “comunidad de iguales” se quiere restringir a unos pocos que tengan un cierto origen nacional o color, con la reminiscencia orwelliana del “todos los animales son iguales, pero unos más que otros”. Pero también puede llevar a escenarios más esperanzadores, como el de Irlanda o España, porque la categoría de pueblo o nación no es unívoca, ni va intrínsecamente unida al chauvinismo, y podría constituirse como uno de esos “significantes vacíos” de los que hablaba Ernesto Laclau (gran influencia en el pensamiento del integrante de Podemos Íñigo Errejón, de hecho): un significante sin significado dado, “rellenable” con distintos contenidos, dependiendo de quién, cómo o cuándo se emprenda dicha tarea (Laclau, 2005)⁠.

Así, creemos que la nación o el pueblo son conceptos susceptibles de matización  y extensión hasta el infinito, en base a los distintos valores que se le apliquen, los adversarios a los que se oponga, o los conflictos en los que se involucre. No es lo mismo la nación o el pueblo cuando se invoca para perseguir al extranjero, que cuando se rebela contra el tirano, contra la explotación o para conquistar la representación democrática. En ambos casos puede tener éxito, porque conecta con preocupaciones y problemas percibidos por reales por la ciudadanía, pero sólo en uno de ellos se busca la solución a los mismos más que el chivo expiatorio. Por supuesto, lo interesante ahora sería el profundizar en el análisis cuándo y bajo qué circunstancias o posibilidades es factible que el concepto de nación o pueblo sea pueda utilizado en un sentido u otro.

Pero lo que es innegable a la luz de los resultados del domingo, es que en un contexto de empobrecimiento material para una mayoría social, el conseguir instalar el proyecto político propio como representativo del pueblo o la nación enfrentado a una institución administrativa y política que se percibe como no democrática, es una receta de éxito. Porque si Europa no escucha, la identificación de los ciudadanos con su comunidad, la conciban como pueblo o nación, sí. Queda por ver si la receta se utilizará para cargar contra los chivos expiatorios para beneficio de la élite privilegiada como en Francia, o será reclamada y ampliada, a fin de aspirar a mejorar la vida de la mayoría, de los humildes.

Referencias:
Adams, G. (2005). The New Ireland: a vision for the future. Brandon Books.
Hobsbawm, E. J. (2012). Nations and nationalism since 1780: Programme, myth, reality. Cambridge University Press.
Laclau, E. (2005). La razón populista. Bs. As.

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  1. El “apoyo a los emprendedores” del Tribunal Constitucional | Rotekeil - 16 julio, 2014

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