¿Qué está pasando en Ferguson?

Leer los periódicos o ver las noticias estos últimos días nos trae imágenes de tanquetas, disturbios y manifestaciones multitudinarias de gente enfurecida. Hasta ahora, nada fuera de lo común con el espíritu de los tiempos. Lo que ya empieza a hacer la cosa un poco más rara es que esas imágenes vienen del corazón de los Estados Unidos, en Ferguson, Missouri. Allí, las manifestaciones y disturbios por la muerte de Michael Brown, un joven afroamericano de 18 años, a manos de un policía blanco, han llevado al gobernador del estado a declarar el estado de excepción y a la Guardia Nacional a unirse a una policía militarizada para sofocar la revuelta, que parece que ya da signos de remitir.

¿Por qué pasa esto en Ferguson?

Primero, los hecho sobre los que más o menos existe un consenso: Michael Brown caminaba por la calle hacia casa junto a un amigo, Doriah Johnson. Eran las 12 de la mañana, y ambos caminaban por la calzada. Un coche de la policía se detuvo junto a ellos y el agente les ordenó que caminasen por la acera porque si no, interrumpirían el tráfico. Brown y el agente tuvieron un enfrentamiento físico a través de la ventanilla, cuando se produjo un disparo. Brown y Johnson, su amigo, comenzaron a correr para huir del coche, momento en el cual el agente se bajó del vehículo y les persiguió. Efectuó seis disparos, quitándole la vida a Brown. Todo ello en menos de tres minutos.

Durante seis días, el departamento de policía de Ferguson no reveló el nombre del agente que había disparado y matado a Brown. La familia y una buena parte de la sociedad pedían respuestas sobre lo que había ocurrido, pero sólo encontraban el hermetismo policial y una versión que, por supuesto, exoneraba completamente al agente de cualquier responsabilidad en el incidente. Según el departamento de policía de la ciudad, Brown se habría puesto a forcejear con el agente a través de la ventanilla, intentándole quitar el arma, la cual “se disparó” durante el enfrentamiento.

Finalmente, el 15 de agosto, el departamento reveló el nombre del agente, Darren Wilson, pero acompañó este dato con un detalle: el vídeo de la cámara de seguridad de una tienda, donde una persona que supuestamente sería Brown, le pega un empujón al dependiente. Según la policía, el empujón sería porque estaba robando cigarrillos, aunque en el vídeo no se puede apreciar nada que lleve a esa conclusión. La policía describió la escena como prueba de que Brown había participado en un “strong-arm robbery”. Esto literalmente quiere decir “robo de brazo fuerte”, y se podría traducir como robo con fuerza, pero el detalle de la expresión en inglés es que se parece, casualmente, al término “armed robbery”, o robo armado, con armas de fuego.

Pobreza, delincuencia y su representación simbólica

Y aquí es cuando las particularidades de la sociedad y la política estadounidense entran de lleno en la representación mediática, porque las diferentes versiones de los hechos intentan conectar con prejuicios y percepciones generalizadas a fin de llenar esos detalles que no podemos conocer a ciencia cierta del suceso, y de esa forma de consolidarse como “la verdad de los hechos”.

La versión de la policía, en ese sentido, intentaría presentar a Michael Brown como un delincuente juvenil, asaltando a dependientes de tiendas, y enfrentándose como un berseker a un policía armado para intentar quitarle el arma, lo cual supuestamente justificaría la respuesta del agente. Todo ello, a pesar de que Brown no tenía ningún antecedente penal, sus profesores del instituto no tenían queja alguna sobre él y se preparaba para ir a la universidad el próximo curso.

Tasas de pobreza en EEUU según raza o grupo étnico. Fuente: Institute for Research on Poverty, según datos del US Census.

Tasas de pobreza en EEUU según raza o grupo étnico. Fuente: Institute for Research on Poverty, según datos del US Census (click para ampliar)

Ahora bien, el contexto específico de los EEUU es que los afroamericanos, como grupo racial, tienen una tasa de pobreza superior a la del resto, sólo comparable a la de los hispanos. La pobreza se calcula por el censo de los EEUU en base a los ingresos antes de impuestos en comparación con el precio de bienes de alimentación. Ambas tasas habían estado reduciéndose en los años anteriores a 2010, pero desde entonces, han vuelto a incrementarse. Esto es un problema de esa supuesta sociedad de las oportunidades y la prosperidad, en la que las desigualdades sociales y económicas son intensas y apuntalan la propia estructura de un capitalismo que intenta individualizar la prosperidad o la miseria: si tienes un éxito relativo, con casa, dos coches y seguro sanitario (incluso aunque sea un éxito precario, que puede ser borrado de un plumazo durante una crisis), es que te has esforzado y has cumplido el Sueño Americano. Si fracasas, es que no lo has intentado lo suficiente. Todo se basa en el comportamiento del individuo, como si de un juego se tratase, en el que la pericia y el esfuerzo del jugador se corresponden con el resultado. Como si cada individuo no se inscribiese en un grupo social determinado, con un contexto que le permite tomar algunas decisiones, pero le restringe otras. De vez en cuando, la gente puede tener una suerte increíble y que le toque la lotería, pero cuando las desigualdades se reproducen de forma sistemática y continuada en el tiempo, es muy difícil hablar de una “igualdad de oportunidades”.

Pues bien, la pobreza es un problema para todos los grupos raciales en Estados Unidos, porque es un problema generalizado de la sociedad estadounidense, en toda su diversidad. De hecho, hay más personas blancas que negras que son pobres según la definición del censo de los EEUU: 18,9 millones de estadounidenses blancos eran pobres en 2013, en comparación con los casi 11 millones de personas negras en situación de pobreza. El problema es que los negros están sobrerrepresentados en la pobreza estadounidense: aunque haya más blancos pobres, esto se debe a que hay más población blanca. Dentro del “grupo” de las personas blancas, la proporción de miembros pobres es menor que dentro del “grupo” de personas negras.

En una sociedad con una de las redes de protección social y estado del bienestar más débiles de entre todos los países desarrollados, no es de extrañar que la tradicional relación entre pobreza y desigualdad siga engendrando criminalidad. Y si la población negra está sobrerrepresentada en la pobreza estadounidense, ello contribuye a moldear y apuntalar esa percepción de parte de su sociedad de que existe una “criminalidad negra”. Lo que sería un problema complejo en el que los elementos visibles como la raza o los valores culturales, sin ser irrelevantes, palidecen ante la importancia de un factor oculto e invisibilizado, como la clase social, se simplifica y se reduce a algo que depende únicamente de los primeros.

parental-advisory-i418Y así, los conservadores estadounidenses, pensarán que el problema de la criminalidad es algo que se debe exclusivamente a que en las canciones de hace apología de ir pegando el palo o asesinando a gente, sin pararse a pensar que el problema del que se habla en una letra de rap tiene que existir antes que la canción en sí, por simple lógica. La famosa marca de “Parental advisory: explicit content” se introdujo en base a esta lógica superficial.

Por eso, la representación mediática que se hace del caso de la muerte de Brown es clave a la hora de rellenar esos detalles de los sucesos que no podemos conocer, por basarse en testimonios contradictorios, y por tanto, de constituir “la Verdad”. Si alguien tiene metido en la cabeza que las personas negras (o hispanas) no tienen valores familiares ni morales, no respetan la propiedad y no se esfuerzan en trabajar, es más probable que acabe creyéndose que Michael Brown perfectamente podía ser un delincuente juvenil que, incluso sin antecedentes penales, le intentase quitar la pistola a un agente de policía. A Gramsci le sorprendería (o no) ver cómo la hegemonía opera en numerosos sentidos y se cuela por los resquicios más impensables.

Esta guerra por las representaciones, además, desvía la atención de la cuestión de que Michael Brown fue acribillado a balazos, porque hace que los conservadores (y a los que les seduce su discurso), se centren en su vida y si estaba robando cigarrillos ese día, en vez de pensar que, incluso si hubiese robado un cartón entero de Marlboro, no existe ninguna razón lógica para que un agente de policía persiga a un joven desarmado que no supone ninguna amenaza para la vida de nadie y lo cosa a balazos, por muy sospechoso que sea de un hurto o un robo.

Una historia que se repite

¿Y por qué explota la gente en Ferguson? Porque esta batalla por presentar las imágenes de la víctima de una forma u otra, a fin de conseguir conectar con esos prejuicios sociales ocultos según los cuales hay ciertos grupos propensos a la criminalidad, no es algo aislado. Es algo que se da de forma sistemática cada vez que hay una persona muerta a manos de la policía estadounidense, y en particular si la víctima es negra o hispana, puesto que es más fácil presentar a la víctima de forma que encaje con el perfil de un criminal que confirme esos prejuicios.

Un ejemplo reciente es el de Trayvon Martin, otro joven afroamericano que murió víctima de los disparos de un miembro de una patrulla vecinal, George Zimmerman, después de un forcejeo entre ambos. Poco antes del suceso, Martin, que tenía 17 años, había abandonado una tienda en la que había comprado un refresco y unas golosinas. A cualquiera que lea que Martin había ido a una tienda a por golosinas y un refresco, la cosa le encajara con la imagen de un chaval bastante normal, no de un pandillero endurecido por años de tiroteos en la calle ¿no? Pues aún así, la versión que buscaba culpabilizarle del suceso y absolver a Zimmerman, se las apañó para intentar presentar una imagen de Martin de acuerdo a ese perfil. Al parecer, según algunos comentaristas de noticias conservadores, Martin habría comprado las golosinas y el refresco para mezclarlos con jarabe para la tos y hacer “purple drank”, una droga casera con origen en el Sur de los Estados Unidos (popularizada en parte por su conexión con el género de hip-hop “chopped and screw” de DJ Screw). En resumen: al final resulta que ni un chaval de 17 años que se va a comprar chucherías está libre de que se le califique como pandillero y delincuente en potencia.

#iftheygunnedmedownNi siquiera las imágenes que se reproducen en los medios de las víctimas escapan a esta guerra por la representación simbólica: durante la polémica por el asesinato de Martin, diferentes fotos del mismo convivían en las televisiones. Unas, mostrándole como un joven de 17 años normal. Otras, sacadas de su perfil de redes sociales, posando como si fuese un peligroso gangster. Las imágenes tienen poder, y da igual que a posteriori puedas razonar que es bastante común en los adolescentes montarse personalidades ficticias de cara a la galería como donjuanes, macarras o triunfadores, que probablemente no se corresponden con la realidad. Esta cuestión ha llegado a inspirar el hashtag de Twitter #IfTheyGunnedMeDown (“Si me abatiesen a tiros”) en el que distintos usuarios contrastan fotos de sí mismos, unas de acuerdo a su imagen habitual y otras que son más fáciles de encajar con la representación de “criminalidad”, y que serían las que probablemente utilizarían los medios que intentasen culparles de su propia muerte a tiros.

Y así se producen los disturbios de Ferguson, que irónicamente, tampoco escapan a esa guerra por las representaciones simbólicas en los medios estadounidenses. Debido al hecho de que durante los mismos se producen saqueos por parte de algunos que intentan aprovecharse del caos que reina, el discurso conservador intenta presentar estos sucesos, no como la explosión de de una población azotada por la desigualdad de ingresos, y harta de verse poco reflejada en la composición de la policía, que los hostiga de forma injustificada. Desigualdad, pobreza y racismo, no tengamos reparos en decirlo. Pues no, estos disturbios se presentan, por ejemplo en Fox News, como poco más que una excusa para saquear a las “víctimas silenciadas”, sin mención al contexto en el que se producen, que como señalaba antes, tiene que ver en una buena medida con la clase social y la desigualdad económica.

Y cuando los conservadores hablen de los saqueos, los liberales (en sentido estadounidense, es decir, los progresistas), caerán también en la trampa, y se fijarán únicamente en aspectos aislados del episodio, sin ver la totalidad del contexto en el que se inscribe. Kareem Abdul-Jabbar, el ex-jugador de baloncesto afroamericano, publicó hace poco un artículo que precisamente incidía en esta cuestión. Abdul-Jabbar no sólo calificaba al asesinato de Michael Brown como un episodio de “guerra de clases” (con ese término, ojo), sino que además criticaba los distintos debates parciales que se estaban produciendo en la sociedad norteamericana sobre el suceso, debates acerca del acoso policial a los afroamericanos o las condiciones en las que operan los agentes. Debates, que mantenían a los pobres enfrentados unos contra otros, lo cual, pensaba:

[…] Es lo que quiere el status quo.

El Censo de los EEUU nos dice que 50 millones de estadounidenses son pobres. Cincuenta millones de votantes sería un bloque poderoso si alguna vez se organizara en pro de sus objetivos económicos. Y así, es crucial que los más ricos del Uno Por Ciento mantengan a los pobres divididos, distrayéndolos alrededor de problemas emocionales como la inmigración, el aborto o el control de armas de fuego, para que nunca se paren a pensar por qué se les ha estado fastidiando durante tanto tiempo.

Lo cual da en la diana. Mientras esta guerra de representaciones simbólicas opere en el campo que definen los conservadores estadounidenses (o sus equivalentes liberales descafeinados), otorgando la única explicación de los problemas sociales a cuestiones no relacionados con la clase o la desigualdad económica, como algo estrictamente cultural, moral o incluso “racial”, las verdaderas víctimas seguirán siendo la mayoría de la población estadounidense, que verán la desigualdad crecer e ir afectando a todos ellos (y no, casualmente, a los que de verdad mueven los resortes del poder). Quizás no les afectará de forma homogénea, y se cebará en algunos más que en otros, enfrentándoles entre ellos. Pero seguirá impidiendo el que todos ellos, que constituyen el pueblo, puedan ejercer de forma efectiva el poder democrático que les corresponde: decidir su futuro de forma libre. Aún así, no hay que perder la esperanza, como comentaba el otro día. Y es que, que un ex-jugador de la NBA utilice la terminología del movimiento Occupy y hable abiertamente de “guerra de clases” es como para que ese Uno Por Ciento se remueva incómodo en sus butacas importadas de cuero italiano.

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  1. De los deplorables a Trump: causas económicas de los resultados | Rotekeil - 10 noviembre, 2016

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