El sentido de Estado de Emilio Botín

Como saben ustedes recientemente ha fallecido el banquero Emilio Botín. Nosotros, que lucimos con orgullo la herencia latina, nos acogemos a aquello de de mortuis nihil nisi bonus, y del muerto, como persona, no diremos nada que no sea bueno. Siquiera porque como todas las personas, tienen familia y gente cercana. Nos centraremos pues en el tratamiento que la prensa mainstream ha dado al acontecimiento y a la figura pública que era Botín. Como suele ser habitual todos se deshacen en elogios al finado.

En el caso no que nos ocupa no sólo se le ensalza en la prensa, como tantas otras veces, por una cuestión de buena educación (uno se pregunta si no sería más eficaz guardar la buena educación para los vivos) sino también por esas cualidades propias de los acaudalados y que el Señor Emilio Botín encarnaba de manera casi perfecta. De esas personas que mediante el agudo e intuitivo ejercicio de la función empresarial, descubren las necesidades de los consumidores y saben organizar a una compleja masa de factores productivos para satisfacerlas. Esos John Galt que dan trabajo y crean el valor puro, del que se deduce luego la parte necesaria para reproducir a los trabajadores intercambiables y algo más a los no intercambiables dependiendo de su cualificación y coyuntura. Esos hombres que, llevados de un legítimo afán de lucro, o, del empuje que les confiere el deseo de ver realizados sus sueños, hacen surgir riqueza donde no la había y mejoran no sólo su posición, sino la de todos. Incluso si no es su intención primitiva, a los emprendedores hay que juzgarles como a los generales y los cocineros: por los resultados. Quiten a Botín de la ecuación y todo ese dinero se esfumaría, como por ensalmo.

Echando un vistazo a la prensa, pues ya saben, que si empezó de la nada (que su padre fuera banquero no tiene nada que ver, ya saben lo que decía Mankiw, la inteligencia se hereda, y prueba de ello es que la sucesora del malogrado Don Emilio será probablemente su hija), que si era un hombre solvente y eficaz, que era muy buena persona, que donaba mucho a la caridad, todas estas cosas que se dicen cuando mueren los ricos y famosos. Daniel Lacalle, el economista neoliberal que ha emocionado a muchos defensores del régimen con su vídeo en el que se enfrenta a Nacho Álvarez, economista de Podemos, lo ha dicho bien claro.

En nuestro pequeño espacio hemos publicado unas cuantas reseñas críticas de Thomas Piketty, el economista rockstar en boga. Pero con todas las críticas que se le pueda hacer (desde la izquierda o si quieren, de la derecha, metodológicas o conceptuales), hay algo en lo que tanto Piketty como los críticos que hemos citado están de acuerdo: la historia del capitalismo, salvo periodos excepcionales, no es una de “empezar de cero” y volverse rico, o como decía Michael Roberts de “rags to riches” (de pobre a rico), sino de riqueza heredada y acumulada que se reproduce a sí misma. En palabras de Paul Krugman: “estamos volviendo al `capitalismo de patrimonios´, en los cuales la cúspide de la economía no está controlada por individuos con talento sino por dinastías familiares”. Claro que si uno entiende, como Daniel Lacalle, que un nieto e hijo de banqueros “empieza de cero”, entonces ya nos cuadran más las reglas de esta competición capitalista que otros como él defienden y en la que nos obligan a participar.

Y es que este oficio no tiene nada de malo. Hace tiempo que la humanidad arrojó de sí los prejuicios pre-modernos que consideraban la usura un oficio inmoral. David Harvey mismo nos recuerda como hasta hace menos de dos siglos, la propia Iglesia Católica prohibía esta práctica (minuto 42:43). Ahora ya no. Un banquero, además de tener bien guardado nuestro dinero, presta recursos a otras personas o entidades por un módico interés, es decir, les da las máquinas y las materias primas necesarias para que produzcan y al cabo de un tiempo, les devuelvan lo que les han prestado y más. Las entidades financieras son, por tanto, el sistema nervioso central de la economía.

Los antiguos no entendían la razón por la que el usurero, prestando 100 dracmas y sin aparentemente hacer trabajo alguno, acababa con 130 dracmas. Pero ahora sí lo entendemos, los dracmas adicionales son la remuneración por la incertidumbre de la devolución y el tiempo. ¿Cómo que “sin hacer trabajo”? ¿Acaso el trabajo intelectual no es trabajo? Hay que tener sagacidad (aparte de dinero) para saber a quién prestar, cuánto y a cuánto. ¿Y si no te lo devuelven y el proyecto del que te pide dinero no era tan bueno como parecía? Y si resulta que habías calculado que la persona o entidad a la que le estabas prestando el dinero tenía bienes que valían lo que le prestaban más los intereses, pero por lo que sea en el momento en que lo vas a enajenar ya no valen eso? Sin duda, hay que tener virtudes especiales y las ideas muy claras. El propio señor Botín resumió las máximas de la actividad bancaria en un inglés que no por subóptimo resulta menos demoledor.

Don sel a finansial produk llu bud not bui llorself. Doont meik riski opereisions. If llu don trus sombodi dond lend jim llor moni.

Estas palabras, en su sencillez y sagacidad llevan sin duda el sello de los hombres superiores. A partir de ellas podemos deducir que entre las cualidades que debe tener un buen banquero está la capacidad de evaluar los riesgos, el análisis de la coyuntura y esa especie de intuición, nacida de la experiencia, que va más allá de la superficie, las apariencias y los datos brutos y que marca la diferencia.

El sentido de Estado

Ahora bien, llegando al meollo del asunto, en el prestigioso y veterano diario ABC se ensalza también el “sentido de Estado” del malogrado tycoon. En concreto, el titular lee “Emilio Botín, el banquero con sentido de Estado que siempre confió en España” y en su texto, desarrolla (negritas en el original):

De hecho, fue el propio Emilio Botín, […] quien salió primero a la palestra -entre todo el empresariado español- para garantizar que «España atravesaba un momento fantástico». Para más de uno, aquello fue una sorpresa. Para otros, fue la visión de Estado en su mejor expresión. En Nueva York, ante un granado sanedrín de empresarios, dirigentes políticos y medios de comunicación internacionales, Botín se armó de sentido de país y manifestó en octubre de 2013 que la banca iba a superar con matrícula los test europeos. «La confianza en España está aumentando de forma inimaginable en los últimos seis meses -dijo-. Todo el mundo quiere invertir en España. Llega dinero para todos. Está llegando dinero a la Bolsa, a la deuda, a los bancos, para hacer inversiones…».

Aquí nuestra mente, que seguía sin embarazo su cadena de razonamientos (al tiempo que se entusiasmaba al constatar unas cualidades que tanto en el ámbito sentimental como en el económico es consciente de no poseer), se detiene, entre confusa y espantada. El “sentido de Estado” se predica, naturalmente, de políticos y especialmente de políticos en situaciones de autoridad. Sería tal vez demasiado osado desarrollar por extenso en qué consiste este supuesto sentido, pero vulgarmente podría afirmarse que es esa facultad para ver más allá de los intereses personales, partidistas y de las filias y fobias de uno. La capacidad que tiene una persona que goza de autoridad política para hacer lo que es conveniente para la prosperidad del Estado, de la comunidad política, incluso si esas medidas son impopulares o no son de todo comprendidas. La habilidad para entender las diferentes fuerzas sociales y llegar a soluciones, a veces de compromiso y a veces draconianas, que, si bien no perfectas (esta palabra debería ser desterrada de la política) o no del todo en consonancia con los ideales e intenciones primitivas son al menos las menos imperfectas posibles.

Sin querer cuantificar el número de personas que han sido aniquiladas y reducidas a la nada o, si se es creyente, que se han ido al otro barrio a causa de esa tan deseable como inquietante cualidad, no vemos por qué tiene que aplicarse al señor Botín. Como banquero, se debía a su legítimo afán de lucro y al de sus accionistas. No tenía potestades ejecutivas, legislativas ni judiciales. Como a cualquier otra persona, podían afectarle ciertas decisiones políticas, pero no las tomaba. ¿Entonces, qué pretenden decirnos los del ABC? ¿Ha sido una confusión del redactor? ¿Cómo puede tener un banquero, por muy rico e influyente que sea, sentido de Estado?

Uno atribuye, como decimos, ese “sentido de Estado” a aquellos que detentan un cierto poder y/o representatividad política. Se espera que nuestros cargos políticos electos, cuanto más ascienden en la jerarquía del poder estatal, sean más dados a cultivar dicha cualidad. Si hiciésemos un esfuerzo, podríamos incluir también a aquellos representantes de agentes sociales que hablan y actúan por todo un colectivo: pongamos el caso de los portavoces de un sindicato, o de la Iglesia Católica. Tras estas persona a las que les adjudicamos, o de quienes esperamos, el “sentido de Estado”, subyace la idea de una cierta legitimidad política, en tanto en cuanto representan a colectivos que actúan en el escenario político, cuyos intereses están en juego y que deben negociar, o enfrentarse. Y es ahí donde se encuadra la idea del “sentido de Estado”: ver la “imagen más amplia” y conjugar los intereses sociales o políticos que representa uno con la totalidad en la que está inscrito. Intereses sociales y políticos que no parecen tener nada que ver, en principio, con los intereses que defiende un banquero: los intereses privados de los accionistas o los propietarios. Intereses mercantiles, por así decirlo. Decimos esto como mera descripción del concepto: uno luego podrá tener cierto escepticismo ante ese “sentido de Estado” como valor neutral (y señalar que siempre tiende a beneficiar a unos), o incluso discutir lo lícito que es entender a sindicatos o iglesias como actores sociales. Pero es el significado que suele otorgársele a eso de “sentido de Estado”.

Y es por eso que nos llama la atención que el ABC alabe precisamente esta cualidad del recientemente difunto banquero más poderoso de España. No parece probable que sea una confusión o un error de novato del redactor. El ABC es una institución del periodismo en general y del “periodismo de las instituciones” en particular, y forma parte, casi como las columnas de la entrada del Congreso, del actual régimen democrático liberal  (extendiendo sus raíces a pasados un poco menos democráticos y liberales, quizás). Y cuando escribe estas cosas, sabe por qué lo hace: por el hecho de que hoy en día, en España, el banquero más poderoso del país detenta poder político. No es un representante electo. No es portavoz de un agente social. Ni siquiera es un heredero de sangre azul que llega a su lugar por un azar del destino que elige que nazca hijo primogénito de un monarca. No, el banquero más poderoso de España, sea Emilio Botín o sea el próximo que detente tal título, es una figura de la que se espera “sentido de Estado” porque el poder privado de los bancos es un elemento que influye y condiciona el poder político en la democracia española. Y esto es lo que nos explica el ABC sobre el actual estado de las cosas cuando alaba el “sentido de Estado” del banquero más poderoso del país.

Todo esto se puede resumir en una frase que ya escribió un loco radical hace bastantes años señores: el gobierno en un sistema capitalista, sea del signo que sea, no es más que el consejo de administración de los intereses de la burguesía. Y a la vista está que hemos llegado a un punto donde ni siquiera hace falta disimular esto. Y porque (no se engañen ni se alegren):

EL REY HA MUERTO, VIVA EL REY.

En este caso, la reina, ya que el dinero no tiene sexo.

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