“La inutilidad de la utilidad marginal”: Henry Downey

Ofrecemos ahora una traducción de un artículo del economista de la escuela institucional y discípulo del siempre divertido Thorstein Bunde Veblen (el que no haya leído Teoría Económica de la Clase Ociosa debería hacerlo YA), Ezekiel Henry Downey, originalmente titulada “The Futility of Marginal Utility” y publicada en el Journal of Political Economy en 1910. Y es que hay veces que a tanto alquimista de la economía moderna le vendría bien repasar los cimientos conceptuales sobre los que montan sus teorías. Y qué mejor que revisitar algunos debates clásicos de la materia.

Para Downey la teoría de la utilidad marginal tiene unos fundamentos psicológicos de barro, pues considera implícita o explícitamente al hombre un hedonista maximizador del placer y minimizador del dolor, algo que no responde a los descubrimientos de la psicología moderna. Su individualismo metodológico no tiene en cuenta el marco institucional y la situación de mercado en las que los hombres toman las decisiones económicas.

Con respecto a las insuficiencias psicológicas de la teoría, el autor considera que los hombres no actúan generalmente conforme a criterios de maximización, sino por razones de hábito, culturales, razones sociales, que en suma, y en última instancia son convencionales. Los hombres no buscan la maximización de la satisfacción “en general” a lo largo del tiempo, sino más bien objetos concretos y definidos. En la medida, afirma con sorna el profesor, que la teoría abandone el hedonismo se convierte en una mera banalidad tautológica que no explica nada del fenómeno de la formación de los precios. ¿Es que si baja simultáneamente el precio de los cerdos de 8 dólares el 10 de diciembre a 6 dólares el 14 de diciembre es porque el precio marginal al que se está dispuesto a vender y el precio marginal al que se está dispuesto a comprar han bajado simultáneamente? La teoría por lo tanto, no explica nada, porque para dar cuenta de los precios concretos es preciso tener en cuenta una serie de factores institucionales y sociales de gran complejidad y es sólo cuando se da cuenta de los mismos cuando se toman las famosas decisiones en el “margen”.
La conclusión del profesor es que esta teoría, por tanto, aunque un pasatiempo intelectual para personas dadas a las pajas mentales (en fino, a la metafísica) no ayuda a resolver ni explicar el problema de los precios, aunque, permite, como la escolástica medieval, presentar toda una serie de terminología abstrusa con hipótesis “ad hoc” y peticiones de principio constantes con la que muchos parecen seguir pasándoselo fenomenal, al tiempo que les pagan por ello. Hay gente afortunada.

La inutilidad de la utilidad marginal

La economía marginalista no tiene nada que decir sobre el génesis, crecimiento o funcionamiento presente de las instituciones económicas. (1) Sus aportaciones, por tanto, son inútiles para mejorar la sociedad, puesto que la mejora de la sociedad es una cuestión de un ajuste de las instituciones a circunstancias cambiantes y asimismo a valores e ideales cambiantes. Pero no sólo eso, las doctrinas marginalistas son igualmente inútiles para explicar el problema limitado al que se aplican. El problema es la explicación del valor mercantil (el precio) como la resultante de las valoraciones individuales (subjetivas) expresadas en la oferta y la demanda mercantil. Para ser competente esa explicación debería comprender:

(1) Un análisis psicológico sostenible del proceso de valoración individual y
(2) Dar cuenta de manera práctica y útil de la situación de mercado en la que las valoraciones individuales se concibe que se trasladarán al precio de mercado.

Esta teoría fracasa en ambas cuestiones: no es psicológicamente sostenible porque es esencial e irremediablemente hedonista, cuando la mente humana se empeña malvada y persistentemente en no ser hedonista. No es útil en términos prácticos porque no nos ofrece, en un caso concreto, una explicación del precio, simplemente reformula el problema del precio en un lenguaje ininteligible para el lego, y que no tiene sentido ni siquiera cuando se entiende (2)

Que la teoría de la utilidad marginal se ha formulado por lo común en términos hedonistas se apunta por extenso por un crítico profundo y amable de esa teoría (3) y ciertamente, demasiado conocido como para requerir que se le cite. Igualmente hay pocas dudas de que el hedonismo está bastante desacreditado por la psicología moderna. (4) La fragilidad de esta obsoleta doctrina psicológica como fundamento de una teoría económica es suficientemente patente. Y sin embargo, como el hedonismo subyace a lo que se llama economía “moderna”, una breve revisión de la doctrina hedonista y algunas de las objeciones cardinales a la misma puede que no esté de más.
El hedonismo que aquí se critica es la teoría de que la conducta humana se guía por un cálculo racional del propio interés en términos de “placer” y “dolor” (cosas agradables y cosas desagradables) (5) Aplicar este cálculo hedonista a los asuntos económicos cotidianos requiere de no poca fineza dialéctica, pero los utilitaristas marginales (para acuñar una expresión no injusta ni inadecuada) están desde luego a la altura de tal hazaña.
Comenzando con el deseo de riqueza como el motivo inmediato de los actos económicos, estos economistas señalan que la riqueza se desea porque representa el dominio sobre “bienes y servicios “disfrutables” (que dan placer)” Pero la riqueza sólo puede adquirirse al coste de un esfuerzo doloroso (trabajo y “abstinencia”) de modo que la actividad económica se dirige racionalmente con una visión de obtener la máxima riqueza con el mínimo esfuerzo. Visto a esta luz, las pérdidas pecuniarias y las ganancias son convertibles a dolor y placer.

La ganancia pecuniaria se contempla solo como un objeto “intermedio” siendo el objeto final en todas las causas “el rédito psíquico” los efectos placenteros anticipados por el acto del consumo. (6)

La objeción que se puede formular a todo esto es la falta de verosimilitud y realismo, y tal en dos aspectos: concede mucha importancia a las elecciones reflexivas como parte de la conducta humana y concibe equivocadamente los fundamentos de la elección.

La deliberación, la elección razonada, desempeña un papel menor en los asuntos de los hombres. (7) Es el hábito, no el cálculo, el que gobierna la mayor parte de nuestros actos. Incluso ese cálculo y elección que podamos hacer se hace sobre la base y dentro de los límites del hábito. (8) Además, los hábitos de pensamiento que cuentan fundamentalmente en modelar las elecciones no son el resultado de la previsión, sino de la naturaleza de convenciones acríticamente aceptadas en virtud de pertenecer a un grupo determinado. Son tales convenciones, mucho más que una evaluación racional de los individuos, los que determinan las relativas utilidades de los bienes de consumo. La utilidad de los diamantes o de los trajes, por ejemplo, es puramente convencional. Si el precio de esos objetos dependiera de su utilidad para el proceso vital o incluso sobre la apreciación estética, su valor de cambio sería en verdad muy escaso. Deben su valor de mercado a la convención de la emulación pecuniaria que les confiere una gran “utilidad” como prueba de la capacidad adquisitiva de los que los llevan.
Ignorar este valor convencional y explicar el elevado valor de los diamantes y los trajes por su “utilidad marginal” como objetos de uso y por su belleza (9) es perder de vista en principal factor en el caso, (b) aquellos actos que no son meramente habituales con la misma frecuencia proceden de la sugestión como de la elección (comparación de ideas y selección entre ellas) Esto parecería seguirse como un fácil corolario del postulado de los economistas, de que buscamos nuestros fines por el camino más sencillo y con el menor esfuerzo. (10)

El cálculo es un trabajo difícil. Suele ser mucho más fácil actuar en función de recomendaciones que sopesar alternativas. El sendero de menor resistencia para comprar una corbata es entrar en una tienda donde se expone de manera atractiva la misma y seleccionar la que se recomienda de modo insinuante por el encantador vendedor. Realizar una exhaustiva campaña militar en relación con las formas, colores, precios, y los usos alternativos del dinero que uno tiene es bastante más tedioso y cansado. Cualesquiera que sean los méritos de esta teoría de la menor resistencia, es, de cualquier modo, un hecho observable que la mente humana es muy receptiva a la sugestión. La eficacia de la publicidad, de los escaparates, y de saber vender, depende de este principio. Un anuncio “pegadizo” fija la atención sobre una sola idea con exclusión de las demás. Es efectivo en la medida en que impide la comparación y la selección. De modo parecido, el valor comercial de frases como “flota” o “hay una razón” descansa en el poder de producir una convicción no razonada sobre el mérito superior de las mercancías con las que se asocian esas frases. La elevada “utilidad marginal” de muchos artículos de comercio se crea mediante mecanismos similares.

Todo lo que hemos dicho sobre la influencia del hábito y de la sugestión, es, por descontado un recital de clichés psicológicos. Este recital es importante sólo porque tiene a mostrar que una teoría de valoración subjetiva que enfatiza la evaluación racional pasa por alto los rasgos más importantes del proceso que trata de explicar.

En la medida en que los hombres piensan en el futuro no suelen pensar en términos de sentimientos anticipados. Es probable, ciertamente, que los sentimientos no puedan imaginarse: por lo tanto, no pueden ser anticipados: por lo tanto el sentimiento anticipado ni puede servir como motivo (11) La visión más sólida parece ser que la idea (imagen) de la cosa anticipada viene acompañada por un sentimiento agradable o desagradable.
Yo anticipo una cita con un amigo al que hace mucho que no veo. El pensamiento de nuestro encuentro se me representa en la mente como una imagen vívida, la apariencia del amigo, su voz, sus maneras, su saludo, y esta imagen o un grupo de imágenes relacionadas, se acompañan con una irrupción de sentimientos gozosos. El placer se siente, no se anticipa, en el momento de anticipar el encuentro. Ciertamente el placer concomitante fortalece mi deseo de ver a mi amigo, pero el placer es el resultado, no la causa, del deseo.

Pero aparte de la cuestión del sentimiento anticipado, es claro para los psicólogos modernos que los hombres no “buscan la felicidad” (12) o la “satisfacción” o cualquier otro omnicomprensivo objeto de deseo, sino objetos definidos, concretos, y realizables. Un título universitario, un cargo político, un millón de dólares, dirigir una empresa de ferrocarriles (13)

Son esos objetos concretos, y no las razones remotas para desearlos, los que constituyen los motivos efectivos para la acción y que consecuentemente, son necesarios para explicar el acto así motivado. Resulta notorio, por ejemplo, que la contabilidad empleada por los hombres de negocios se realiza en términos monetarios, y no en términos de “bienes de consumo” o de “rédito psíquico”. El recurrir habitualmente a la contabilidad monetaria debería ser explicado con una narrativa del nacimiento de la empresa capitalista, pero para el estudio del presente tráfico de negocios se toma como dado, y un análisis del mismo sería irrelevante para el problema que se tiene entre manos.

Resolver esta contabilidad monetaria en términos de “gratificación” anticipada, en la forma de los teóricos de la utilidad marginal, es peor que inútil: es una explicación falsa o, más bien, una tentativa de evadir el fenómeno en cuestión.

El anterior resumen de la cuestión debería servir para que quede claro que la teoría hedonista de la “conducta razonable” es una mala concepción psicológica. Pocos economistas de la escuela de la utilidad marginal se destacan por su conocimiento de la psicología moderna; y sin embargo incluso ciertos discípulos de esta escuela han llegado a sentir que el antiguo punto de vista no aporta ya un fundamento seguro para el análisis económico. Pero estos dudosos no han llegado a relacionar sus especulaciones económicas con visiones psicológicas más sostenibles. En vez de ello han buscado evadir las implicaciones hedonistas con un cambio en la fraseología sin cambiar sustancialmente el contenido o han negado que la solidez del hedonismo sea esencial para la validez de las teorías basadas en postulados hedonistas. Hay dos líneas de defensa contra el cargo de hedonismo que precisan ser consideradas por separado.

1 Una buena ilustración del pío esfuerzo por modernizar una doctrina anticuada mediante ligeras alteraciones en la terminología es el uso del término “gratificación” por el Catedrático Fetter (14) Que esta palabra, tal y como la emplea el Catedrático, connota un contenido hedonista es muy claro si vemos los siguientes pasajes: “El (racionalmente concebido) proceso industrial es gratificar las necesidades”. (15) “La sustitución de los bienes en el pensamiento de los hombres es el cambio de elección de un bien que no da la mayor gratificación económicamente posible al tiempo que otro bien si la ofrece”. (16) El “descuento temporal” (el interés) es “la anticipación de la diferencia entre gratificaciones presentes y futuras (17) “El valor de todas las cosas debe ser rastreado a la gratificación, a la relación de los bienes con el rédito psíquico”. (18) “siendo el rédito psíquico el flujo de sentimientos agradables anticipados o experimentados por el acto del consumo” (19)

Algunos partidarios de la escuela de la utilidad marginal insisten que la cuestión de la pugna entre hedonistas y anti-hedonistas es irrelevante para la teoría del valor. Admitiendo que los utilitaristas marginales usualmente han sido hedonistas que niegan que las doctrinas de la utilidad marginal se desplomen o se mantengan con el hedonismo. Aquellos que adoptan esta postura, y el número incluye el principal apóstol de la fe (20) sostienen que a la economía le concierne sólo el hecho de la elección entre bienes y actividades alternativas, no los fundamentos de la elección. (21) Pero si esto es cierto, no se ve qué sentido tiene toda la cháchara sobre la “gratificación”, el “rédito psicológico” o el “equilibrio de utilidades” para la discusión económica, y este es el punto donde toda la literatura de la escuela marginalista se reduce a una jerga sin sentido. Pues si las elecciones se realizan entre bienes y no entre las utilidades que representan los bienes, ¿por qué hablar de utilidad en absoluto? Y, si se admite que la elección económica es más frecuentemente consecuencia del hábito, la sugestión y cosas parecidas, más que de sopesar racionalmente gratificaciones alternativas, el análisis del precio basado en la utilidad marginal pierde todo sentido.

Que la repudiación del hedonismo priva a la utilidad marginal de todo contenido puede mostrarse aplicando la teoría expurgada a un solo caso concreto. En la ciudad donde este artículo académico se está redactando las chuletas de cerdo se venden a 18 céntimos la libra. La explicación más ingenua y banal de este hecho, en términos de la teoría de la utilidad marginal, es que alguna porción de toda la oferta de chuletas de cerdo a la venta posee una “utilidad” para el comprador precisamente igual a la “utilidad” del “incremento marginal” de cualquier otro bien que uno se pueda procurar con la misma disponibilidad monetaria. Por tanto, si el precio subiera incluso una fracción de un céntimo, alguna porción de la oferta se quedaría sin vender, puesto que el “comprador marginal” se procuraría una mayor utilidad por una igual suma de dinero en relación con otra mercancía (22)

Todo esto puede entenderse bien si se da un contenido hedonista a la utilidad. Para el hombre hedonista el “placer y el beneficio” de un barril de manzanas puede ser comparable con “el placer y el beneficio” de un sombrero o de una representación teatral (23) Además, puesto que el hombre hedonista está, por hipótesis dotado con un elevado grado de previsión y de retrospección, puede asumirse que su “compra marginal” de chuletas de cerdo en invierno se equilibra exactamente con respecto a la utilidad de su compra marginal de ropa interior en el otoño anterior, o de melocotones en el verano siguiente. Para el hombre hedonista, por tanto, la comparación de la utilidad de bienes diferentes, en diferentes épocas, o incluso para diferentes personas, no presenta una dificultad insuperable.
Pero la cuestión es muy distinta cuando la teoría trata de dar cuenta de los seres humanos no hedonistas. Un dueño de restaurante, por la mañana, hace un pedido de chuletas de cerdo par la cocina, carbón para el horno, y una caja de puros para su consumo. Posiblemente duda entre un excelente corte de cerdo que cuesta 1,80 dólares y uno inferior que vale 1,55 dólares, entre el carbón de Missouri por 2,75 dólares y el carbón de Illinois por 3 dólares y entre una marca de puros de 3,25 dólares y otra de 3,50%. Aquí hay tres “incrementos marginales” de la misma magnitud de precio. ¿Puede decirse que representan la misma magnitud de utilidad, como necesitaría la teoría? Se podría comparar las dos marcas de cigarros en relación con el placer que imagina fumando unos u otros. Lo más posible es que compare los dos tipos de carbón por su valor como combustible, la suciedad y cosas parecidas sin pensar en ellas en términos de placer.

Es casi cierto que se decidirá por una u otra calidad de carne según sus expectativas de beneficios y que no resolverá está potencial ganancia monetaria en unidades de consumo de ningún tipo. ¿Puede predicarse una equivalencia cuantitativa de cosas tan desiguales como los sentimientos agradables, el valor como combustible y la ganancia monetaria? Ciertamente esta formulación cruda de la teoría de la utilidad precisa algún denominador común de utilidad como la gelatina de pena-placer de un hedonismo no refinado.

La formulación más sofisticada de la doctrina, consigue, ciertamente evadir la necesidad de encontrar un común denominador de la “utilidad” pero lo hace convirtiéndose en banal. Esa formulación dice que el precio de mercado de las chuletas de cerdo se fija en 18 céntimos porque para el “comprador marginal” de la oferta existente la “significación subjetiva” de una libra de chuletas de cerdo es mayor que la “significación subjetiva” de 18 céntimos de cualquier otro bien pero menos que la “significación subjetiva” de 18 céntimos y medio de cualquier otro bien. ¿Qué quiere decir esto exactamente? La significación subjetiva de las chuletas de cerdo puede ser una estimación de su valor alimentario, o un cuadro mental de las chuletas de cerdo con su guarnición en la mesa, o de nuevo, puede ser simplemente el recuerdo de que mi parienta me ha pedido comprar cerdo en vez de ternera. El “comprador marginal” puede comparar un cuarto de chuletas de cerdos con una libra de solomillo de ternera, o con dos cigarros, o, como suele ser el caso, con nada en particular. El “comprador marginal” ciertamente, comprará una mayor cantidad de chuletas a 18 céntimos que lo haría a 15 céntimos (de otro modo no sería un “comprador marginal”) pero su decisión de llevarse dos libras en vez de tres es mucho más probable que se base en la vaga convicción de que no se puede permitir gastar más que lo que sea en cerdo, que en cualquier comparación de las chuletas con otros bienes. Pues las “compras marginales” como otras, se hacen con muy diferentes grados de meditación. Una inversión “marginal” de un empresario en su negocio se realizará de después de una cuidadosa (en términos monetarios) consideración de alternativas; su “incremento marginal” del servicio en los restaurantes es probable que se adquiera como una respuesta bastante irreflexiva a la sugestión de un camarero excitado o por el ejemplo de sus compañeros de mesa. Hablar de un “balance de utilidad” en tal caso de una adquisición irreflexiva es simplemente absurdo, pues no hay equilibrio de utilidad o cualquier otra cosa en este caso. Una compra irreflexiva de bienes de consumo, si no es “normal” es al menos, muy común.

Si, por tanto, todas las implicaciones hedonistas se repudian, ¿qué significado tiene decir que la “utilidad” de una libra de chuletas de cerdo es sólo un poco mayor que la “utilidad” de 19 céntimos de cualquier otra cosa? Esa afirmación sólo significa que el cerdo es, en el momento de la compra, preferido a cualquier otra cosa por el comprador (tal vez nada) con la que es, en el mismo momento, comparada, o de otro modo no se compraría. El cerdo se compra porque se prefiere, y la prueba de que se prefiere es el hecho de la compra. Todo lo cual es bastante poco iluminador como explicación de la preferencia del “comprador marginal”.

E igualmente poco iluminador es la explicación del precio del cerdo. En un último análisis dice sólo que las chuletas de cerdo se venden a 18 céntimos porque alguna porción de la oferta en el mercado quedaría sin vender a un precio superior. Ya se había observado por ellos en los viejos tiempos que las ventas de una mercancía por lo común caen cuando su precio se eleva en relación con los precios de otras mercancías. Añade poco a la vieja doctrina decir que las ventas caen porque algunas personas compran otras cosas o se quedan con el dinero en el bolsillo.

Para concluir esta fase de nuestra argumentación. Si la teoría de la utilidad marginal se interpreta de forma hedonista no es válida psicológicamente. Si se priva a la teoría a su contenido hedonístico se reduce a tres afirmaciones incontrovertibles:

-Que los hombres no compraran algo a menos que lo deseen.
-Que una mercancía no puede venderse por más de lo que alguien está dispuesto a pagar por ella.
-Que en un mercado de competencia perfecta nadie pagará más por una mercancía dada que otro.

La verdad es que no hacía falta gastar tanta tinta y regalarnos una profusión de obtusa terminología para decirnos esto.
Nuestra segunda proposición es que, con independencia de que no sea adecuada psicológicamente, la teoría de la utilidad marginal tampoco tiene utilidad práctica. No resuelve los problemas concretos del precio, de la explicación del mismo, sino que simplemente los traduce a una jerga complicada de entender. Si esta proposición puede probarse la inutilidad de la teoría quedará suficientemente en evidencia.

Los hombres necesitan entender el precio de mercado como una guía para la acción social o individual. Para citar un ejemplo concreto, los granjeros y los embaladores de carne desean predecir el precio de los cerdos con el fin de conducir sus operaciones de negocios según ellos. El público también está interesado en el precio de los cerdos, no sólo como auxilio para predecir el probable precio futuro de los productos porcinos, sino también porque arroja luz sobre la cuestión de hasta qué punto el elevado precio de la carne se debe al coste de cuidar y estacionar a los cerdos, y hasta qué punto son causas susceptibles de control social.

El primer requisito para un manejo inteligente de cada problema es evidentemente un análisis de las fuerzas actuantes en el mercado porcino. ¿Permite la teoría de la utilidad marginal tal análisis?

El precio promedio de los cerdos en Chicago era 8,10 dólares el 4 de octubre de 1909, y cayó al 7,53 el 14 de octubre. ¿Cómo se puede explicar esto? Según la teoría de la utilidad marginal, el precio, en cualquier día dado, se fija en un punto entre “el precio marginal de oferta” y el “Precio marginal de no compra” y con esos términos se significa la expresión monetaria del “valor subjetivo” de los cerdos para el “comprador marginal” y para el “vendedor marginal”, respectivamente (24) Es claro, por tanto, que el precio de los cerdos cayó por que el “precio marginal de oferta” y el “precio marginal de no compra” cayeron simultáneamente.

¿Pero qué es esto sino una confusa nueva presentación del problema? Sólo dice que el “comprador marginal” estaba dispuesto a pagar menos, y que el “vendedor marginal” dispuesto a cobrar menos, el 14 de octubre que el 4 de octubre. De las razones por las que han cambiado de parecer no sabemos nada. Y tampoco nos iluminan sobre las fuerzas que fijan el precio en un día dado. El “precio marginal de oferta” es simplemente la menor oferta que cualquier comprador puede hacer sin que se ofrezca más por otros compradores. Y al mismo tiempo, el “precio marginal de no venta” es simplemente el mayor precio que el vendedor puede pedir sin que sea superado por otros vendedores que piden menos.

Si hay “competencia perfecta”, de modo que todos los cerdos de una calidad similar se venden al mismo precio (lo que por supuesto, jamás ocurre en la realidad) “la oferta de precio marginal” y el “precio marginal de no compra” coincidirán o casi coincidirán entre ellos y con el precio de mercado. Pero la oferta y demanda “marginal” son sólo en un grado infinitesimal la causa del ajuste del mercado; no cuentan menos en el ajuste que lo hacen otras demandas y ofertas. (25) El “margen” la disposición a pagar el precio o a no pagarlo es debido a la acción de todos los compradores y vendedores en el mercado. Y la acción de los compradores y vendedores se debe a todas las fuerzas que tienen peso en la oferta porcina, por un lado, y en la demanda de cerdos en otro. Lo que es decir que, el “margen” es la resultante de todas aquellas fuerzas que fijan el precio de mercado. El “margen” es ciertamente, un hecho puramente a posteriori. Si excluimos la omnisciencia, no hay forma de determinar la posición del “margen” hasta que el “precio vigente” se ha establecido. Decir que el precio de los cerdos cayó porque la “oferta de precio marginal” para los cerdos cayó, no es más que decir que el precio cayó porque cayó. Los cerdos vendidos a 7,53 dólares se vendieron a 7,53 dólares porque no se podían vender por más.

Tampoco, en apariencia, el análisis marginal es capaz de llevarnos mucho más lejos que esto. Los teóricos de la utilidad señalarían, ciertamente, que como los cerdos son un “bien intermedio” su valor se refleja a partir del valor de los productos porcinos, en última instancia de la gratificación que permite el consumo de filetes y tocino. Parecería por tanto, que los compradores de cerdos anticiparon una caída próxima de un cierto 7 por ciento en el “poder marginal de gratificación de las necesidades” de productos porcinos y redujeron sus “ofertas marginales de precio” en consecuencia. Pero el “poder marginal de satisfacción de necesidades” existe sólo con referencia a una cantidad dada y sólo debido a todos aquellos hechos, hábitos dietéticos, costumbres, clima y demás, que crean la demanda para el cerdo.

“El poder marginal de gratificación de necesidades” por tanto, necesita ser explicado mostrando como la demanda y la oferta de productos porcinos llega a ser la que es.

Y el efecto de los cambios en el estimado y futuro “poder marginal de satisfacción de las necesidades” sólo puede explicarse mediante un análisis del mercado de cerdos. El resultado neto de toda esta cháchara de “final poder gratificador de las necesidades” es llamar la atención del hecho (que no estaba en peligro de ser pasado por alto) de que el precio estimado futuro de los productos porcinos es uno de los elementos de la presente demanda de cerdos.

Por lo tanto el análisis marginal deja el problema como estaba al principio, la caída en el precio de los cerdos aún debe explicarse. El precio no puede ser explicado mejor diciendo que tiende a coincidir con la “oferta marginal de precio) que diciendo que es así porque se iguala la oferta y la demanda. Desde luego, es preferible la antigua terminología, por ser más familiar. La elección de los términos, es, sin embargo, una cuestión menor. La cuestión relevante es una explicación del movimiento de precios, y esta no se encuentra en una frase que describe el resultado, sino en un análisis de las fuerzas de mercado que hacen que el resultado sea el que es.
En el presente caso, todos convendrían en que el nivel general de precio de los cerdos se determina por la demanda relativa de cerdos en relación con la escasez relativa de cerdos. Ambos factores precisan de un análisis detallado. Pero, para el presente propósito, es suficiente con apuntar que entre el criador de cerdos y el “último consumidor” interviene una compleja organización de mercado capaz de producir variaciones bastante amplias en el precio de los cerdos sin ningún cambio marcado en los hábitos de consumo de cerdos de la población o en la oferta agregada de cerdos. A esta organización del mercado debe dirigirse la atención si ya la rápida fluctuación de los precios del stock actual o el amplio margen entre esos precios y el coste de venta de la carne deben ser explicados.
Ese estudio que se sugiere (pero que naturalmente no puede llevarse a cabo aquí) mostraría probablemente que los boyeros, los comisionistas, y los especuladores sirven (26) para incrementar el margen entre lo que el granjero recibe y el consumidor paga. Mostraría que el mismo resultado se avanza vigorosamente por el entendimiento de una comunidad de intereses entre los grandes empacadores que son los únicos vendedores de cerdos. Además, parecería que las fluctuaciones a corto plazo en el precio vigente de los cerdos se producen en gran medida por la acción concertada de los empacadores. No pueden mantener el precio de los cerdos demasiado bajo sin afectar de manera desastrosa a la oferta, como tampoco pueden ponerlo demasiado alto sin restringir las ventas de modo desastroso. Pero, de vez en cuando, pueden forzar una reducción de precio “quedándose fuera del mercado” de modo que un enorme número de cerdos se quede en las pocilgas sin vender y se produzca un acusado descenso. (27)

Cuando las ganancias empiezan a caer, se permite un avance hasta que las condiciones vuelvan a ser favorables para una “incursión”. El precio medio, de este modo, se mantiene muy por debajo del que existiría en un mercado competitivo, pero se mantiene así por más amplias y frecuentes fluctuaciones que podrían ocurrir de otro modo. Pero si se puede dar cuenta de ciertas fluctuaciones de precio de esta manera, otras se deben a acontecimientos más fortuitos, un accidente de ferrocarril que retrasa las entregas, una inesperada “huida” de los cerdos (a veces deliberada) erróneas estimaciones de los beneficios cotidianos. En última instancia es un hecho bien sabido que se pagan precios bastante diferentes, incluso en el mismo momento, por grupos igualmente deseables según la información del mercado, la valoración, la ansiedad por vender o comprar, la “capacidad de negociación”, las conexiones de mercado e incluso la suerte de diferentes compradores y vendedores.

No afirmamos la corrección, ni mucho menos la adecuación del anterior análisis. Lo que se trata de probar, a modo ilustrativo, es que se necesita un análisis más detallado para la solución aproximada a cualquier problema de determinación de los precios. El análisis marginal no nos llega a ninguna parte precisamente porque el margen, ya sea de utilidad o de coste, se fija por las mismas fuerzas que determinan el precio. La “utilidad marginal de los pavos” el Día de Acción de Gracias, es la resultante de numerosas fuerzas de demanda, con la cuestión ceremonial de una cena de pavo para expresar el sentimiento de agradecimiento, el estado del comercio y la industria, el número de la población, la distribución de la riqueza y las costumbres de esta fiesta; así como también de fuerzas numerosas por el lado de la oferta: el coste usual de criar pavos, que se determina en parte por el precio que los criadores de pavos esperan conseguir), los accidentes de una temporada de crianza de pavos particular, el grado de monopolio poseído por el transporte privado, la organización de las comisiones y de los mercados de venta minorista de aves. Cualquier cambio en alguno de los factores de la demanda alterará la “utilidad marginal” y el precio de la oferta existente y afectará al “coste marginal” y a la cuantía de la oferta del año siguiente. Cualquier cambio en la oferta alterará el “coste marginal” y la cantidad, y por lo tanto la “utilidad marginal” de la oferta de este años. Por lo tanto un análisis de estos factores es necesario con el fin de determinar la posición del margen, tanto de la utilidad como del coste. Pero esos sólo los factores del precio de mercado, por lo tanto el análisis de ellos dará la solución del problema, solución a partir del cual ya se podrá determinar la posición del margen.

Puede pensarse que esta insistencia en un análisis detallado no tiene mucho sentido, ningún teórico ha supuesto nunca que los principios generales puedan aplicarse siempre a casos particulares sin matizar debidamente las circunstancias de cada caso. Pero la visión de la que se habla aquí es que solo esas “circunstancias particulares” y no los “principios generales” los que son de mayor consecuencia para dilucidar el problema de los precios de mercado. No es el “problema de valor en su conjunto-todas las mercancías en sus relaciones de cambio” (28) mucho menos el campo último del valor, sino los precios particulares, las relaciones monetarias de cambio de mercancías particulares en lugares y tiempos concretos, los movimientos de precios, la docilidad de los precios al control social. Esos intereses prácticos son aquello con lo que deberían tratar los economistas, si su “ciencia” ha de ser algo más que un pasatiempo intelectual.

Por tanto, el precio en este sentido, es siempre un caso particular, explicable sólo por las fuerzas obrantes en una situación particular. Las fuerzas que determinan el precio son tan numerosas, y varían tanto, tanto en número como en importancia relativa, de una situación a otra, que ninguna generalización del precio que sea de mucho significado puede ser cierta. Es, sin duda, conveniente con frecuencia comprender los múltiples factores del precio en una fórmula general, pues el precio depende de las fuerzas de la oferta y la demanda en un caso particular, junto con la posición “estratégica” relativa de comprador y vendedor. Pero tal fórmula tiene significado sólo si se ha dado contenido a sus términos mediante un análisis previo, y es aplicable a cualquier caso concreto sólo en el sentido de apuntar a la necesidad de un análisis concreto.

La teoría de la utilidad marginal trata de mostrar, no como el precio se determina en un caso particular, sino como el precio se determinaría si los hombres actuaran de un modo determinado bajo ciertas circunstancias asumidas. Ese modo de teorizar se basa sobre el supuesto de que el comportamiento de los hombres en cualquier situación dada puede ser predicho de la naturaleza humana elemental. Parece que los adherentes a esta teoría han juzgado mal la naturaleza humana, y que la situación en la cual asumen que el precio de mercado se averigua nunca ocurre en la realidad. Pero la objeción decisiva a esta doctrina descansa sobre la base sobre la que está edificada. La naturaleza humana elemental puede (o no) ser bastante uniforme, pero funciona a través de las instituciones, y estas no son uniformes. El comportamiento de los hombres no puede ser vaticinado ni entendido sin tener en cuenta sus modos habituales de pensar y el entorno institucional en el que actúan. No es sorprendente, por tanto, que un siglo y cuatro de investigación rigurosa en relación con la “desutilidad” del trabajo, “la abstinencia” la “utilidad marginal” y demás, no hayan construido sustancialmente nada a la difusión de conocimiento entre los hombres.

La doctrina de la utilidad marginal es un admirable cuerpo de dialéctica, que tiene poca desventaja en cuanto a alcance, sutileza y falta de contenido con los mejores productos de la escolástica medieval. Permite una oportunidad incontestada para la multiplicación de términos raros. La “economía” se este estilo atrae a los hombres con una mente tendente a la metafísica, y sin duda seguirá cultivándose. Pero no ha contribuido, ni podrá contribuir, a la dilucidación de cualquier problema práctico.
E. H. Downey

Universidad de Missouri

Notas:

1 Veblen : “The Limitations of Marginal Utility,” Journal of Political Economy, November, 1909; “Professor Clark’s Economics,” Quarterly Journal of Economics , Febrero, 1908.
2 Carlile: “The Language of Economics,” Journal of Political Economy, Julio, 1909.
3 Davenport, Value and Distribution, pp. 304 ff.
4 Para críticas al hedonismo ver: Fite, “The Place of Pleasure and Pain in the Functional Psychology,” Psychological Review, November, 1903; Fite, Introductory Study of Ethics, chap, viii ; Dewey and Tufts, Ethics, pp. 269-75 ;Dewey, Study of Ethics, A Syllabus; Irons, Psychology of Ethics, passim; McDougall, An Introduction to Social Psychology, chap, i ; MacKenzie, Introduction to Social Philosophy, pp. 213, 216; James, Principles of Psychology, Vol.II, PP- 549-59-
5 Bentham y sus seguidores entendían por “dolor” tanto las sensaciones así denominadas ahora y el tono sentimental ahora conocido como “algo desagradable”. Pero los economistas políticos han entendido por lo general el honor en el sentido de “sensación desagradable” como se muestra por su empleo de expresiones como “desutilidad del trabajo”, “pena por la abstinencia” y similares.
6 “La verdad es, y nunca se puede perder de vista, que los hombres de negocios siempre llevan los mismos con la vista puesta en renta que pueden disfrutar (Fisher, La Tasa de Interés 241) La “verdad” es, por supuesto, que los grandes hombres de negocios rara vez piensan en convertir sus ganancias en “renta para el disfrute”. No la renta para el disfrute, sino la valorización, la magnitud de la riqueza capitalizada, es el objeto de las grandes operaciones de negocios.
7 La Humanidad es sólo un poco sensata y en gran medida se mueve de forma poco inteligente y de modo poco racional. McDougall, op. cit., p. 11.
8 Para una discussion sobre este punto ver Judd, Psicología, capítulo XIII.
9 Comparar con la Teoría Positiva del Capital de Bohm-Bawerk. (Página 133).
10 Afirmaciones muy citadas sobre las motivaciones económicas son “satisfacer nuestras necesidades lo más posible con el mínimo esfuerzo” (Jevons: Teoría de Política Económica, página 27): “Los hombres siguen la línea de conducta del motivo de menor resistencia” (Davenport, Exposición general de la Teoría Económica, p 33).
11 Que el sentimiento no puede imaginarse parece seguirse de la teoría moderna de los afectos. Pero incluso si se pudiera conceder que los sentimientos agradables o desagradables puedan imaginarse, parece cierto que la imagen, si se obtiene, no puede actuar como motivo. -Pues, con el fin de reaccionar a la imagen, debemos prestarle atención, y esto, como Tichener ha apuntado, es imposible. “No podemos prestar atención al gusto en absoluto; si tratamos de hacerlo, lo placentero y lo desagradable nos elude y desaparece”. {Text-Book of Psychology, p. 231). Además la prueba de la realidad de una imagen del sentimiento parece imposible. No hay forma de discriminar entre un sentimiento incipiente u otro sentimiento y la presunta imagen del sentimiento. Es decir, no existen marcas cualitativas del sentimiento mismo por las que el sentimiento y su imagen puedan diferenciarse. En este último punto, así como por muchas críticas útiles, el autor está en deuda con Don J.G Scott, un licenciado de la Universidad de Missouri.
12 Bohm-Bawerk, Teoría Positiva del Capital, p. 9.
13 Comparar a Dewey y Tufts, ética página 270; Dewey, Psicología página 361, 362.
14 Del mismo carácter son las afirmaciones del catedrático Carver sobre la “satisfacción del deseo” y el “rédito psíquico” del Catedrático Fisher.
15 Fetter, Principles of Economics, p. 9.
16 Ibid., p. 27.
17 “Ibid., p. 150.
18 Ibid., p. 277.
19 Expresiones más cándidamente hedonistas no faltan en los escritos del Catedrático Fetter. Así “Nuestra contabilidad económica puede equilibrarse sólo cuando el ingreso real se considere como un flujo de placer en todos los casos. {Quarterly Journal of Economics, Vol. XV, p. 27).
20 Bohm-Bawerk, Grundziige der Theorie des wirtschaftlichen Werts, paginas 49-50.
21 Davenport, op. cit., pp. 305-11; especially p. 306.
22 Clark, Essentials of Economic Theory, chap. vi.
23 Algunas descuidadas afirmaciones de la doctrina austriaca implican que el valor es proporcional a la “utilidad marginal” o incluso directamente proporcional a la “utilidad”. De este modo el Catedrático Carver dice “… el valor de una cosa transferible depende de lo mucho que se desea en comparación con otras cosas transferibles” y lo llama “un supuesto obvio” (“Diminishing Returns and Value,” Rivista di Scienza, Vol. VI, No. 12.) Esto es, un par de zapatos de seis dólares se quiere dos veces más que un sombrero de tres dólares, lo que para el escritor parece un absurdo obvio. La afirmación en el texto anterior no es Austrianismo preciso (ver más abajo) pero se cree que representa lo mejor del análisis del Catedrático Clark.
23 Clark, op. cit., p. 98.
24 Bohm-Bawerk, Teoría Positiva, Libro IV, capítulo. iv.
25 Comparar con Davenport, op. cit., pp. 548, 549.
26 Se refiere por supuesto a personas que se denominan técnicamente así en el mercado de ganado.
27 Ver Chicago Daily Tribune, October 13, 1909.
28 Davenport, op. cit., p. 33. El pasaje citado se refiere a la concepción del Ricardo del problema del valor.

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