La productividad de los marginales y la productividad de la élite

Reseña de la crítica de Robert H. Wade de la London School of Economics a  Thomas Piketty publicada en el número 69 de Real-World Economics Review

Hace poco hemos compartido con vosotros, fieles lectores, una traducción del paper publicado por el economista griego Yanis Varoufakis, que, si bien reconocía los méritos innegables del laborioso estudio empírico de Thomas Piketty, criticaba de manera acerba (y un tanto técnica para el lector medio, que no habrá oído hablar del debate de Cambridge sobre el capital y si ha oído hablar es difícil que lo comprenda si no es economista, y, a lo que parece, difícil que lo entienda incluso si es economista) tanto las pretensiones teóricas del profesor francés, como la metodología empleada como sus tibias recetas y los presupuestos filosóficos y políticos implícitos en su obra. Ahora bien en la misma revista hay otras críticas interesantes al gran trabajo del profesor francés, desde muy diversos puntos de vista heterodoxos, así que me gustaría, en la medida de mis posibilidades, compartirlas con vosotros en un lenguaje lo más accesible posible. Cualquier fallo es atribuible a mi y sólo a mi, y no pediré perdón por ellos porque, al fin y a cabo, tampoco cobro (en realidad estas cosas me cuestan tiempo y no me aportan dinero, y tiempo y dinero están bastante relacionados, como ya decía Benjamín. Franklin, el del pararrayos y el almanaque del Pobre Ricardo (con perlas de sabiduría del tenor de curra mucho, despiértate pronto y no seas un tonto) En cursivas comentarios míos personales y no atribuibles a los autores reseñados.

Comienza con la aguda observación de que tanto los economistas como otros científicos sociales tienen a estudiar “problemas concretos”. La pobreza extrema es un problema y existe una vasta literatura que la aborda. Sin embargo la desigualdad y la concentración de rentas se consideran como parte del “orden natural”. Es como la cuestión que sale en los manuales introductorios de la economía de los “fallos del mercado”. Esa misma expresión parece implicar que el mercado, en general, funciona bien, y que lo que tiene son algunos defectos, más o menos grandes, pero que no hacen que este sistema económico deje de ser el más productivo e incluso el más equitativo en la distribución de los recursos. Por lo tanto, si hay una “economía de ricos”, no hay una “economía de pobres”.

Para los economistas académicos convencionales (no se me ocurre otra manera de traducir “mainstream”, ya estamos petados de anglicismos, y el castellano es un lenguaje bastante rico para que si nos tomamos la molestia encontremos por lo general buenos y propios equivalentes) la desigualdad es necesaria a la par que funcional. Si no hay desigualdad, la gente no será creativa ni se esforzará más de la cuenta. Intuitivamente esto parece correcto: al fin y al cabo, si da igual lo que me esfuerce voy a cobrar lo mismo, o si da igual el riesgo que asuma con un nuevo proyecto voy a cobrar lo mismo, para el común de los mortales se impone la ley del mínimo esfuerzo (aunque uno se pregunta por qué algunos de los voceros más vulgarizadores no aplican esto a empresas que no aplican una política de incentivos correcta, los ricos han de ser incentivadísimos, parece que los trabajadores asalariados, menos).

Por lo tanto subir los ingresos a los ricos y ayudar a los pobres a fondo perdido perjudicará el crecimiento de la riqueza social, y a la larga, a todos. Esto se asume en ciertos círculos como un dogma de fe.

Willem Buiter, catedrático de la London School of Economics y economista-en-jefe de Citigroup, dijo desapasionadamente, (y suponemos que sinceramente) que la pobreza sí le importaba, pero no la desigualdad. El famoso nobel Robert Lucas no se quedaba corto, para él, centrarse en cuestiones distributivas es perversamente seductor y lleva a no estudiar las cuestiones económicas de manera “científica” (estos economistas están muy puestos casi todos en Filosofía de la Ciencia, claro). El apóstol liberal Ludwig Von Mises consideraba un trabajo de alta literatura la “Rebelión del Atlas” de Ayn Rand, con su mensaje radicalmente antidemocrático y anti-igualitario, llegado a decir, en términos de todos los días: “has tenido ovarios de decirle a la gente lo que no quiero oir, que sois unos pringaos sin talento y que la mejoras en vuestra vida de las que disfrutáis las han creado personas que valen mucho más que vosotros) Que el libro de Rand esté mal escrito y lleno de personajes caricaturescos que avergonzarían a un estudiante de primer año de literatura no parecía importarle mucho, estos son los mismos que dicen que los marxistas no son científicos honestos, sino religiosos, sectarios, etc.

Margaret Thatcher exaltaba la desigualdad como un ideal, la recompensa por el talento, el trabajo duro y el esfuerzo, señalando además que esa desigualdad beneficia a todos. Y el payo-tory Tony Blair dijo con toda claridad, que si vas a por los ricos lo que acabas haciendo es joder a los pobres. Con estas ideas no cuesta entender las políticas de reducción de impuestos a los ricos (y no tanto a las familias normales) de los gobiernos republicanos en EEUU, especialmente los impuestos sobre la rentas procedentes de inversiones y los de sucesiones. Y si se aplicara el plan republicano en la segunda administración de Obama, alguien podría vivir de las rentas sin pagar ningún impuesto federal en absoluto. Cameron dijo con toda claridad (la verdad es que la claridad se agradece) que no se podía poner un impuesto sobre las viviendas suntuarias porque nuestros donantes “no lo aguantarían”. La verdad es que nos sirven la “demagogia” en bandeja, que a confesión de parte, relevo de pruebas.

A veces los economistas marxistas y radicales de otro tipo son objeto de mucha mofa y de, en el mejor de los casos, sonrisas cómplices, por volver al supuesto tópico de que vivimos en sociedades plutocráticas (gobernadas por los ricos) Sin embargo, otros no están de acuerdo con eso, sin ser precisamente marxistas. El CEO Bernald Arnault se felicitaba abiertamente de que los negocios, y especialmente la internalización de los negocios, han hecho que la empresa privada, especialmente las multinacionales puedan competir con los Estados y hacer que “el impacto real de los políticos en la vida económica es cada vez más limitado. Por suerte”.

Con semejante panorama, ¿quién se puede extrañar de la sensación que el libro de Piketty ha provocado? Ha vendido una enorme cantidad de ejemplares (otra cosa es que hayan sido leídos, o que hayan sido leídos íntegramente, después de todo el propio Piketty dijo que no había leído el Capital entero, que le daba sueño, aunque eso es predicable de muchos marxistas también) y para una obra de no ficción sus cifras de ventas son equivalentes a las de cualquier bestsellerado marketizado al máximo. El autor se quedó flipado cuando un economista amigo suyo le contó que un taxista en Londres, al saber que era economista, le preguntó si se había leído el libro del francés ese.

Con Piketty no parece haber término medio: o lo amas o lo odias. Wolf del Financial Times o Krugman han ensalzado la obra con entusiasmo. Otros (cuya procedencia e intereses no son un misterio) lo han puesto a caldo. Clive Crook en Bloomberg escribió un artículo diciendo “como el libro más importante de la historia no da una” Allister Heath en el Telegraph lo calificó como “horriblemente sesgado”. Piensen de qué pie cojea cada uno.

Sociológicamente, para el autor hay varias razones para el éxito del libro. El autor documenta profusamente porque la desigualdad sí es un problema para la reproducción del sistema, dejando de lado cuestiones filosóficas sobre si la desigualdad es buena o mala, etc, porque una cosa es que la desigualdad sea buena o mala (que depende de un juicio de valor) y otra es que sea eficiente o sostenible. En segundo lugar el libro cae en terreno fértil después del crash financiero del 2008 con sus secuelas de paro y subempleo, al tiempo que subían a lo bestia las remuneraciones del 1% superior. En tercer lugar es una catarsis para la llamada “clase media” que se ve obligada a plantearse cosas y a salir de su cómodo letargo (las historia les da empellones). Y en cuarto lugar, el libro no cae en la heterodoxia analítica, en ese sentido es perfectamente convencional, pues sus críticas son desde los presupuestos y métodos de la economía “neoclásica”.

Entrando en harina:

-Piketty documenta como (con excepciones por motivos geopolíticos y sociales en los años 30 a 70, que se puede decir que no explica en profundidad, aunque no sea el propósito de su libro hacerlo) la tendencia en el capitalismo ha sido a concentrar la riqueza en pocas manos. Y lo hace con datos. La movilidad social ha sido mitificada hasta dar risa. Los argumentos neoliberales de que “bueno mira las 100 primeras fortunas del mundo y como hay muchos que ya no salen” son “poco convincentes”. Bastaría con aumentar la muestra para ver la falacia, ¿por qué no toman 40.000 grandes fortunas? Y una cosa es que algunos ricos se arruinen y otra que muchos escondan el dinero hábilmente. Posteriormente el autor cita estudios que hablan precisamente de eso.

Pero fuera de ese periodo de 1930 a 1970, ha vuelto la tendencia normal a la subida de la desigualdad. Los que tienen capital (definido como se desprende de las críticas que hemos traducido aquí, probablemente de manera demasiado amplia y poco rigurosa, pues se confunde capital en sentido técnico o como una relación social con riqueza sin más. Hay riqueza que es capital, pero no toda riqueza es capital) cada vez tienen más porción de la renta nacional y los asalariados menos. Y no sólo eso sino que en algunas economías desarrolladas casi se está llegando a niveles de desigualdad de principios de siglo. Y no es que los países emergentes se salven de hecho, con sus todavía más elevados niveles de desigualdad.

Y además la cosa es como las Matriuskas. Dentro del famoso 1%, la desigualdad se incrementa “contra” más arriba estás. El top 0,1% tienen una parte desproporcionada, el top 0,01, todavía más desproporcionada. Y “so on”. ¿Cuál es la razón de todo esto? No hay que ser un lince para ver que la riqueza engendra riqueza, y que cuanta más riqueza tienes más riqueza producirá (que sí, que hay ricos que dilapidan todo o se van al peo, pero hablamos de tendencias sociales, demonios, es la falacia de la evidencia anecdótica)

Y la otra es la herencia: pues no es cuestión sólo de partir con más dinero, sino que normalmente si bienes de un ambiente de riqueza y éxito psicológicamente tienes a tener más confianza si te has movido entre la “élite”. El fútbol es un estado de ánimo, decía Valdano. Por poner un ejemplo, no es lo mismo jugar en un equipo de tradición ganadora que en un equipo con poca historia, incluso si tiene jugadores tan buenos como estos equipos. Por eso a pesar de la pasta invertida el City no ha tenido aún éxito en Europa y al Chelsea le costó tiempo ganar su primera copa.

Esto lo ilustra bien Piketty con las novelas (magníficas) de Austen y Balzac. Para él (aunque como ya hemos dicho, muchos autores como Varoufakis critican ese aparente determinismo) vamos a un capitalismo patrimonial donde la distribución de la renta la determina sustancialmente la herencia. Y eso no se compadece mucho con la supuesta concepción del capitalismo como un sistema meritocrático.

Y sin embargo hay  diferencias y clases, todavía. En los países del noroeste de Europa y Japón las rentas se han concentrado menos en el top que en los países anglosajones. En los países anteriores han aumentado más rápido que en los anglos las rentas de la clase media y de los pobres, y sus economías han crecido más o menos igual de rápido. De ello se deduce que la tendencia no es tan determinista y unida al capitalismo como pudiera parecer en una lectura superficial del libro de Piketty. La política y las instituciones importan, más que lo que sus para muchos, discutibles “leyes” indican. Y en segundo lugar que no es cierto del todo que economías más igualitarias sean menos dinámicas, en contra de lo que dicen los economistas convencionales.

Gabriel Zucman’s no obstante pone pegas a los datos, y su investigación sugiere que hay que tener en cuenta que muchos de los ricos europeos no british, al haber impuestos más altos, esconden su riqueza en paraísos fiscales en mucha mayor medida. Así que puede que después de todo la concentración de riqueza en Europa puede ser más elevada que lo que dicen los datos brutos fiscales. Este autor halla que los niveles de ocultación al fisco son enormes (alrededor de un 8%) nadie sabe de ellos y la mayoría de los ocultadores son residentes de países desarrollados, sobre todo europeos.

El Financial Times atacó con virulencia las conclusiones de Piketty, considerando que hay errores en los datos que socavan sus conclusiones. Pero Piketty no es el primero que se ha preocupado de estas cosas y el economista del Banco Mundial Branko Milovanovic llega a conclusiones parecidas a las de Piketty. El Financial Times no tiene en cuenta diversos cambios en la metodología para medir los cambios en la distribución de la riqueza en el Reino Unido. Especialmente la diferencia entre los datos de impuestos pagados y los datos de ingresos de los hogares, puesto que en esta última se subestima la riqueza y los ingresos del top más aún que con los datos fiscales) Si se quitan estas subestimaciones, los datos indican una mucha mayor participación del 10% del top en la porción de la riqueza nacional.

Tampoco sale muy bien librado el Financial Times por haber ignorado sus propios datos sobre otros indicadores de la renta y la riqueza, como los precios desorbitados de las viviendas, el crecimiento del mercado de bienes de lujo, y la burbuja hipotecaria. Una subasta de una colección de arte en nueva York dio un retorno de 744 millones de dólares, que ya se podrían construir unas cuantas escuelas y hospitales con ese dinero.

Algunos consideran que las supuestas tendencias de Piketty no se darán por lo siguiente:

Cada vez se inventará más, y eso hará al final que el crecimiento económico supere la tasa de retorno del capital, lo que reducirá la desigualdad (al final la gente al ser una sociedad más productiva tendrá mayores salarios reales).

Y además no tiene en cuenta que la economía acabará subiendo por los países emergentes. Se nos vuelve a decir que esta vez será diferente, pero ya llevan mucho tiempo diciéndolo y fallando.

Pero muchos otros ya habían documentado (si bien con menos profusión de datos) esos aumentos de la desigualdad, Rashbrooke, James K. Galbraith, Joseph Stiglitz, etc.

Desde un punto de vista de impacto sociológico, ha sido importante el timing, por que el libro se ha publicado después del crash del 2008. Muchos americanos solían considerar a los que se preocupaban por la desigualdad como gente fracasada y envidiosa del éxito ajeno. Pero la realidad les ha dado en las narices cuando han conocido los excesos financieros y se les ha cerrado el grifo del crédito. Obama, el Papa, el Foro Económico Mundial, todos aparecen preocupados por la desigualdad. Incluso alguien tan poco dudoso como Alan Greenspan, devoto de Ayn Rand, dice que la citada desigualdad es un peligro.

Obviamente, tales ataques y declaraciones no podían quedar sin respuesta por parte de los supericos. (Konczal, 2014) volvió a la narrativa de los supericos como creadores de trabajo, innovadores y filántropos. Se ha acusado a Obama de demonizar a los ricos. Stephen Schwarzman CEo del grupo Blackstone, ha comparado las propuestas fiscales de Obama (contra fondos buitres y asuntos similares) con Hitler invadiendo Polonia en el 39 Tom Perkins hizo un godwinazo diciendo que la retórica del 1% se podía comparar con la retórica antijudía nazi (sí, se ve que pronto se prepara un holocausto global de ricos, tiene gracia que en el proceso de Nuremberg saliera de rositas un banquero). Los “insurgentes” (si es que se puede emplear esa palabra sin reírse) del Tea Party, que son financiados por mil-millonarios, predicaban que las medidas gubernamentales de impuestos progresivos y protección social venían a ser la ruptura de la “fábrica moral de la sociedad”. Es decir, en términos de bar, quitarles a los que se lo curran para dárselo a los que no hacen nada, proliferando el gorronismo social. Se ha vuelto a sacar a pasear el vetusto Camino de Servidumbre de Hayek por meterse con las políticas de Obama.

Por otro lado, una de las causas del éxito de Piketty es que da legitimidad a la ansiedad de la clase media. Pero lo hace desde un discurso económico convencional, no es un “loco”, ni un economista heterodoxo. No se le puede despachar con “es un comunista de esos del gulag”. Es como si la clase media pudiera por fin ir a un psicólogo de confianza. Las encuestas cada vez indican una mayor desconfianza de la gente con la globalización. Y aunque el empleo en EEUU ha crecido desde 2010 ha sido precario y con trabajos de baja cualificación, mucho más que trabajos de más alto valor añadido como en el sector industrial (Norris, 2014). Se ha creado un nuevo sector de becarios, trabajadores a tiempo parcial y minijobs que bien se podría denominar el “precariado”.

Para Markus Pohlmann, de la Universidad de Heidelberg, los directivos antes tenían una cierta conciencia de que además de hacer beneficios había que mantener la cohesión social, pero que eso ha desaparecido, pues ahora se impone la doctrina de cada uno para sí mismo. Michael Rogowski, uno de los presidentes de la patronal alemana, no se cortaba precisamente. Para él, el trabajo tiene un precio igual que una chuleta de cerdo. Si hay escasez de cerdo los precios son altos, si hay demasiado cerdo, los precios caen. La oferta y la demanda es así, así que no se extrañen.

En nuestro país el paro lleva superando el 20% durante 3 años, en Italia más del 10% y no se ha salido realmente de la recesión desde 2008. Y la gente está enfadada con los ricos, pues cada vez más sus artimañas y la colusión político empresarial salen a la luz pública, al tiempo que es demasiado obvia su frecuente impunidad. Baste decir, como nos recuerda el autor, que de 2009 a 2012 el 93% del incremento en la riqueza nacional se lo embolsó el 1%, en una democracia más o menos estable, no en el Reino de Obiang. Es un poco difícil convencer al personal que ese embolsamiento es el resultado de sus enormes contribuciones a la riqueza nacional.

Y es que a perro flaco todo se le vuelven pulgas. Hay otros problemas como la inmigración, la obesidad, los servicios sanitarios desbordados, la bajada de calidad en la enseñanza pública, los bonus de los banqueros, gobiernos que no rinden cuentas, los Rusos en plan imperialista, los Chinos amenazando el poder occidental y hasta el clima que parece que no acompaña.

Así que en esta coyuntura el libro de Piketty, con sus problemas, indica que hay que cambiar porque sino vamos a un mundo cada vez más distópico, con una nueva nobleza. Pero Piketty cree que esto no es el destino necesario, puede cambiarse con decisiones políticas y sin necesidad de las apocalípticas guerras del pasado.

La cuarta razón para el éxito del libro (incluso para que haya sido tomado en serio) es que se mantenga dentro de los parámetros de la economía convencional. Curiosamente es lo que critican autores marxistas, sin tener quizás en cuenta que puede que sea la única manera de poner ciertos problemas sobre el tapete cuando mucha gente sale huyendo al oír las palabras, “lucha de clases”, “plusvalía” o “capitalismo”. El libro se centra en la distribución y dice poco de la producción, dice poco de las relaciones de poder. Y no hay que ser marxista para ver que esas relaciones de poder son la causa fundamental de la distribución de ingresos antes de impuestos. Y en la medida en que Piketty trata de abordar la cuestión emplea una explicación convencional neoclásica de “productividad marginal” (en cristiano, cada uno cobra según lo que aporta de más) al menos para los del 99% restante. Los del 1% simplemente es en plan “arramplan con todo lo que pueden”. Unos reciben más o menos según lo que producen y los del 1%, no. Thomas Palley dice que quedarse en el modelo neoclásico donde la desigualdad se mete en la teoría económica convencional hace que todo cambie para que todo siga igual: es un gatopardismo económico.

Las recetas redistributivas de Piketty (incluidos sus impuestos sobre el patrimonio) son también convencionales, no un que vienen los rojos (aunque piden mucha mayor redistribución que ahora) Y es que si Piketty se hubiera centrado en cambios políticos e institucionales y en la gestión de las empresas y las leyes que las gobiernan, más que en la redistribución, hubiera sido tomado por un paria. Una cosa curiosa es que en un libro de 600 páginas Piketty no diga casi nada de por qué la desigualdad es un problema. Al fin y al cabo, siempre se puede decir, sí la desigualdad existe, ¿y qué? Se puede decir que la desigualdad hace que la sociedad sea más eficiente, o que es el resultado natural de las diferencias en esfuerzo y capacidad. Así que el hecho de que una sociedad sea desigual no implica necesariamente que haya que cambiarse, a menos que argumentemos porque la desigualdad extrema no se corresponde con unos ideales concretos de justicia o con la misma eficiencia económica.

Y por estas razones, para que a uno no le identifiquen con un rojo “toloco”, estos han sido temas tabú. No obstante lo cual incluso investigadores del FMI, que no se caracterizan por ser ortodoxos, han realizado estudios sobre los costes macro de la desigualdad (Ostry et al., 2014). Y los hallazgos son que los países con más desigualdad experimentan un crecimiento inferior y más volátil, y los países con menos tienden a viceversa (como dicen siempre los economistas, ceteris paribus, claro) En segundo lugar, no parece que la redistribución afecte demasiado al crecimiento, así que los costes de las medidas redistributivas parecen menos gravosos que los beneficios de una menor desigualdad.

Y la implicación estos estudios es que con tanta desigualdad es difícil un crecimiento económico robusto con estabilidad financiera (a no ser que la hagas a la alemana, bajando los salarios y exportando a lo bestia) La concentración de riqueza crea una “sobreproducción” de ahorro en lo alto y un consumo reducido por abajo. Así que los gobiernos tienen a recurrir a provocar burbujas crediticias y de activos. El crédito sigue siendo barato y la deuda alta, y los bancos centrales no están muy por la labor de dañar una economía muy endeudada apretando la política monetaria. Tampoco se puede hacer vía fiscalidad por el odio al keynesianismo. Cuando la cosa explota, los gobiernos y los bancos centrales tratan de calmar la borrachera dándole a la máquina. Pero es difícil escapar de estas recesiones porque el principal objetivo de los hogares y las empresas es pagar sus deudas: así que se hunde la demanda privada y la política monetaria no sirve de mucho. El proceso de des-endeudamiento puede llevar mucho tiempo y el crecimiento económico no puede seguir sin cabalgar sobre más crédito y más inestabilidad financiera. Como dice Wolfgang Munchau vamos a un periodo de crecimiento bajo, baja inflación y una constante amenaza de quiebra y de insurrección político.

Wilkinson y Pickett en “The Spirit Level” (2009) han aportado pruebas sobre los costes sociales y sanitarios, sobre la reducción de la expectativa de vida, obesidad, homicidios, tasas de encarcelación, enfermedades metales, reducción de la movilidad social y de la confianza, que guardan una clara correlación con los niveles de desigualdad de renta.

Incluso el estudio de Lawrence Katz encuentra que en EEUU la desigualdad educativa es mayor que en los demás países industrializados, y que esta desigualdad educativa se ha incrementado (la proporción de hijos con educación superior que los padres es la menor en el tramo de 25 a 34 años). Y como los científicos políticos como Martin Gilens nos resumen, en la mayoría de circunstancias los intereses del votante mediano tienen menos importancia en las políticas que las preferencias de los ricos. Y cuando estas difieren de las del público general, las políticas públicas reflejan las preferencias de los ricos, salvo en casos raros de gran impacto de movimientos sociales, como en los años 30 y 60. Igual sucede en los países europeos, pero algo menos que en América, probablemente se debe a que hay más financiación pública para los políticos en Europa y menos de los donantes privados. (Rosset et al., 2011; Mandle, 2004).

Y este sesgo da lugar, por desgracia, al nacionalismo, la alienación y el antagonismo hacia inmigrantes, minorías y la política en general. Y es que ya lo dijo un rojo tan peligroso como Luis Brandeis, juez del Tribunal Supremo. Podemos tener democracia, o riqueza concentrada en manos de unos pocos, pero las dos cosas a la vez, no. Además, el hecho de que la riqueza se concentre en manos de unos pocos refuerza arreglos institucionales a favor de las élites, que legislan para sí mismos (y por lo tanto lejos del idealizado libre mercado). Los ricos en sus fiestas de Londres alardean de que no pagan casi impuestos, y sus expertos abogados en derecho tributario alardean igualmente de que pueden conseguir ese resultado con impunidad. Parece que les da lo mismo los resultados de sus acciones.

Hay que tener perspectiva histórica. Las políticas de la posguerra no hubieran sido posibles (impuestos altos, leyes protectoras de la negociación colectiva, restricciones al sector financiero, controles de capital, tipos de cambio fijos y partidos de izquierdas que eran de izquierdas más que de nombre) sin que las élites estuvieran asustadas del descontento social, con memoria fresca de la depresión de la guerra y con una URSS con armas nucleares que suponía una (aparente) alternativa al capitalismo. Pero cuando ese miedo desapareció, cada Estado competía para ofrecer condiciones más favorables al capital, privatizaciones, leyes antisindicales, recortes fiscales a los ricos y aumento de los impuestos indirectos.

La OCDE, el FMI y el Banco Mundial insisten mucho en ayudar a los pobres que se lo merecen, como todas las grandes religiones, y la filosofía “humanista secular”. Pues si se aporta un acceso universal a redes de seguridad y a servicios básicos se quita el foco del problema de la estructura mayor de la distribución, pues si es esta la que es un problema, entonces ellos son parte del problema. Reducir la desigualdad supondría reducir la distancia con aquellos que no están muy por debajo, y eso amenazaría su estatus.

Es por ello por lo que los partidos de centro izquierda ya no se han preocupado por la desigualdad, sino por la exclusión social y económica. Estos partidos de centro izquierda adoptaron del thatcherismo triunfante la idea de que no había que penalizar a los “creadores de riqueza” al tiempo que se escudaban en la inexorabilidad de la globalización que hacía absurdas las antiguas respuestas socialdemócratas. Pero no era sólo una cuestión táctica de redefinir objetivos. Junto con los conservadores, los de la Tercera Vía creían que la justicia y la equidad no era una cuestión de igualdad de resultados, sino de garantizar la igualdad de oportunidades.

Como Will Hutton, un líder del centro-izquierda inglés afirma, la equidad es recompensar a los individuos en proporción al esfuerzo que invierten para lograr resultados útiles socialmente, siempre que los logren. El centro izquierda no debe penalizar a los ricos, sino hacer que la riqueza responda al talento, al esfuerzo y a la virtud. Y sin embargo, esas aparentemente bellas palabras no aguantan un escrutinio mínimo. Pues la realidad es que por mucho que digan los hijos de padres ricos tienen muchas más oportunidades que los hijos de padres pobres o de clase media. (Summers, 2014; Boucher, 2013). Han cambiado de objetivos y retórica, pero ni siquiera son consecuentes con ella.

Por tanto la lección principal del libro de Piketty es que, con los presentes niveles de distribución de los ingresos, el capitalismo está perdiendo su supuesta mayor fuente de legitimación, que incentiva el trabajo duro la creatividad y la innovación al tiempo que defiende las libertades individuales y la distribución de las mejoras materiales para mantener la cohesión social entre las clases, con cierta protección para los que se hallen en la parte más baja de la escala de renta. Pero la verdad es que la concentración extrema de rentas deprime el crecimiento económico, empeora los indicadores sociales, degrada la democracia y la convierte en plutocracia. Lo cierto es que podría reducirse la desigualdad sin que los costes sociales de hacerlo pesaran más que los beneficios de la desigualdad.

Se ha criticado el impuesto global sobre el patrimonio de Piketty como utópico. Pero no es tan utópico como parece. Hoy en día el gobierno americano tiene medios para poner impuestos a sus ciudadanos donde quiera que vivan en el extranjero, y cada vez hay más cooperación con otros países, como Suiza. Se podría poner un impuesto global basado en esta cooperación internacional. Sería necesario una especie de registro de la propiedad mundial parecido al que tienen todos los países. Y si esto se hiciera haría la evasión fiscal más difícil.

Además los gobiernos nacionales podrían hacer más incluso sin esperar esta cooperación internacional, y reducir el impuesto sobre la renta o el impuesto sobre el valor añadido. Hoy en día en el Reino Unido te sale más a cuenta tener casoplones porque las casas de valor elevado tributan localmente mucho menos en proporción a un precio de mercado que las baratas. NO sería utópico poner un impuesto “plano” sobre el precio de la casa o poner un impuesto extra a los que viven en UK pero no tienen su residencia allí a efectos fiscales. También se podría poner un impuesto sobre las viviendas vacías, que actualmente tienen un descuento. Lo que tiene su gracia porque en las zonas más ricas de Londres los super-ricos aparcan su dinero en casas con un retorno anual del 10% y no para vivir. Esos mínimos impuestos llevan a servicios públicos deficientes, como una caída en las plazas escolares de 90.000 puestos en 2015 (Goldfarb, 2013).

Sin embargo como otros autores que hemos traducido o reseñado en este modesto espacio ha dicho, concentrarse simplemente en la distribución pasa por alto una cuestión importante. Si se toman las cifras de Piketty por su valor nominal y dejando de lado las pruebas de Zucman sobre la ocultación de la riqueza, entonces sólo un tercio de los ingresos del top del 1% (en EEUU) son rentas del capital. Dos tercios serían “rentas del trabajo”, o sea, super bonus y supersalarios.

Las tendencias de la distribución de la renta en el mercado (antes de impuestos) se guían más por el determinante de la distribución del ingreso laboral que por la distribución de la riqueza. Y ningún remedio para evitar la concentración de la riqueza puede prescindir de afrontar esos elevados salarios, a los que no afectan directamente los impuestos sobre el patrimonio.

Si realmente se quiere revertir la tendencia hay que limitar la capacidad de los dueños y gerentes del gran capital para controlar la sociedad mientras buscan una productividad más elevada y la expansión a otros lugares. Eso significa rechazar ciertas ideas de la sabiduría convencional económica: que es un estudio libre de juicios de valor de la elección en condiciones de escasez (DeMartino and McCloskey, 2014); que la economía es un sistema que tiene al equilibrio donde las intervenciones del Estado crean distorsiones; que se trata de más igualdad de oportunidades y no de más igualdad de resultados, que el “trabajo” es una mercancía como cualquier otra y su precio fluctua como el del cerdo, que la austeridad es expansiva, como dijo contra toda evidencia el ministro alemán de finanzas Wolfgang Schauble (2011); que los mercados financieros, incluidos los monetarios, “fijan bien los precios” igual que en los mercados normales, y que se logra más igualdad mediante la redistribución fiscal y los servicios sociales y no mediante la pre-distribución que cambiaría las políticas, leyes e instituciones que dan lugar a los resultados de mercado; y por supuesto el omnipresente “los términos izquierda y derecha son caducos, etc”.

Hay que poner coto a las finanzas, pero no de manera simple como el la ley Dodd-Frank, que tiene agujeros como para que pase un Talgo. Lo que hay que hacer es sencillo: elimina los subsidios a los bancos demasiado grandes para caer (el propio Banco de Inglaterra calcula que los 29 bancos más grandes del mundo han recibido la mitad de sus beneficios de esos subsidios de 2002 a 2007) y forzar a los bancos a financiarse con activos mucho más que lo hacen ahora, con un nivel máximo de apalancamiento no superior a 10 a 1 (Wolf, 2014c; also Alcaly, 2014).

El problema de la hiper-regulación financiera no es sólo que sea demasiado compleja sino que sólo se centra en un aspecto. El aspecto que no se toma en cuenta es el sistema monetario global. La magnitud de las burbujas inmobiliarias y de otros activos en el 2000 en EEUU y en Europa del Sur nunca hubiera podido ocurrir sin enormes déficit por cuenta corriente y los flujos de capital que venían. La recesión en la eurozona se ha alargado por el agujero negro de demanda alemán, con sus excedentes crecientes, que en 2014 son el 8% del PIB. Y sin embargo el gobierno alemán dice que es el modelo a seguir.

Nunca hubieran podido ocurrir las burbujas de los 2000 en muchos otros países sin grandes cantidades de capital que se llevaban de países con bajos tipos de interés a países con elevadas tasas de interés que trataban de luchar contra la inflación  lo que elevaba el valor de la moneda de estos últimos y empeoraba aún más sus déficit por cuenta corriente. (Wade, 2009)

La regulación del sector financiero debe complementarse con reformas importantes en el sistema monetario global para reducir los desequilibrios indicados y limitar el movimiento de los tipos de cambio en la dirección equivocada. Y eso implica legitimar que los gobiernos nacionales empleen restricciones cuantitativas sobre la movilidad del capital, y se desplacen a un sistema de tipos de cambio flexibles que busque un tipo que sea coherente con una posición de cuenta corriente sostenible (UNCTAD, 2009:127)

En un nivel de análisis más abstracto, hay que reformular el debate entre capital y mercado. La izquierda dice que hay que regular para abatir los peligros de los mercados sin trabas. Pero esa no es la cuestión, porque no existe un mercado libre o desregulado. La cuestión es a quién beneficie la regulación, si es a la mayoría o a favor de los ricos.

La llamada a la desregulación del mercado es una cortina de humo que camufla acciones estatales que directa e indirectamente benefician a los acaudalados. En segundo lugar hay que insistir en que el mercado no son sólo empresas privadas que buscan maximizar el lucro, sino empresas sociales, cooperativas y demás; e insistir que los organismos públicos que subcontratan sopesen no sólo la baratura del contrato sino los beneficios del mutualismo, la permanencia y la participación. Un sector expansivo de empresas sociales y compañías de bajos beneficios es una manera de limitar de abajo arriba el poder de capital para controlar a la sociedad.

Pero al menos en USA y el Reino Unido, todo esto serán palabras mientras que no haya límites mayores a las donaciones privadas a los partidos, a los candidatos y a las campañas electorales. De lo contrario seguiremos con un sesgo representativo a favor de los ricos, pues la riqueza genera influencia y la influencia genera riqueza. Si las medidas que reducían la desigualdad de 1930 a 1960 se produjeron porque las élites estaban acojonadas, ¿qué tipo de amenazas podrían inducir que respondieran de modo parecido?

El sistema que llamamos “capitalismo” ha demostrado una gran capacidad de adaptación, y hay variedades del mismo más igualitarias que la anglosajona. Pero las visiones pesimistas sobre la desigualdad anglosajona vienen recientemente de Amazon. “Una Breve Historia” del tiempo de Stephen Hawking tenía el record: el lector medio lo dejaba en la página 16. Con Piketty lo deja en la página 12. No queremos aventurarnos a decir en qué página el lector deja el Capital. Piketty no pasó de la primera.

Y así, Wade menciona el breve pero ilustrativo paper de Lars Pålsson Syll de la Universidad de Malmoe en Suecia que reflexiona sobre el concepto de productividad marginal a la luz de los hallazgos empíricos del profesor francés Thomas Piketty. Comienza con una cita de Keynes de su obra magna “La teoría general del crédito, el interés y el dinero” donde se exponía que en el capitalismo no existe una tendencia natural a promover el pleno empleo de los recursos y que aunque pueden existir justificaciones sociales y psicológicas para las diferencias de ingreso, no se justifican tan grandes disparidades con las existentes en el momento de escribir su obra.

Más allá de los ingentes datos empíricos que aporta Piketty, el profesor francés trata de interpretar las tendencias que se desprenden de sus datos históricos. Se observa una curva Kuznets en forma de U para la porción del top 10% y el top 1% de la riqueza y los ingresos, con grandes desigualdades hasta la primera guerra mundial, una bajada importante hasta los 70 y 80 cuando esta desigualdad comenzó a subir agudamente.

Contrariamente a la hipótesis original de Kuznets, no parece haber pruebas para la idea de que las diferencias de renta deberían disminuir con el crecimiento económico. Si la riqueza social ha aumentado por la mejora de la productividad, esta está lejos de haberse distribuido de forma equitativamente. Se ha demostrado que los “ecualizadores automáticos” que sostenían que existían los economistas expertos en crecimiento y desarrollo no tienen fundamento.

Analizando su país, el profesor sueco comenta que los factores institucionales han tenido un peso decisivo por lo que respecta a la desigualdad de ingresos. Los cambios en la negociación colectiva, la debilitación de los sindicatos, el papel “independiente” del banco central, el foco obtuso en la estabilidad de precios, el nuevo sistema fiscal, la globalización, la financiarización de la economía, la desregulación de los mercados. El famoso y en su día admirado modelo sueco ya se parece más al del resto de la Europa continental. Es difícil encontrar una explicación que no tenga en cuenta la lucha por la distribución del producto social entre las distintas clases.

Los manuales de introducción a la economía estándar como el de Mankiw y Taylor se refieren como explicación a la relación entre el desarrollo tecnológico y la educación como la primera fuerza que explica la disparidad de ingresos. Si la oferta educativa va pareja con el avance tecnológico, la oferta, no deberían subir las desigualdades, todo lo demás igual. Es decir, si hay una escasez relativa de nuevas habilidades demandadas por el proceso tecnológico, esto supone un aumento de los salarios de las personas con elevada cualificación. Otra explicación común para la desigualdad, es que la globalización ha beneficiado al capital en los países desarrollados y al trabajo en los países en vía de desarrollo (como cabría esperar de la famosa teoría de la ventaja comparativa de David Ricardo)

El problema con esas teorías, entre otros, es que asumen que hay pleno empleo y movilidad internacional en los países de producción. La globalización implcia que el capital y el trabajo se han vuelto muy flexibles y ha aumentado su movilidad entre las diversas naciones. Sin embargo estas teorías no son aplicables en el mundo de hoy y no pueden dar cuenta del patrón del comercio internacional en las últimas décadas. Aunque parece como si el capital en los países en desarrollo se ha beneficiado de la globalización, no se detecta un efecto igualmente positivo sobre los trabajadores de estos países (Altvater and Mahnkopf, 2002).

Como Piketty demuestra, además, hay otros problemas con estas explicaciones. Los datos indican que el incremento de ingresos se ha concentrado especialmente en el 1%. Si la educación fuera la razón principal, uno esperaría que un porcentaje mayor se beneficiara de este aumento de los ingresos. Pero como recientes investigaciones han mostrado, (den Haan, 2011), es difícil de explicar como los elevados salarios del sector financiero cuadran con la noción de productividad marginal. Lo que parece es que son más resultado de ser miembros de un club privado que decide sus remuneraciones que de lo productivos que son.

La economía convencional, con su (a mi juicio encubridora) teoría aparentemente “técnica” de la productividad marginal es difícil de conciliar con la realidad. Pero como dice el sueco, profesores como Mankiw, asesor de Bush, no se dan por vencidos. Para él incluso si las ganancias se concentran en el 1% eso no implica que no tenga que ver con la educación. Para él es mejor pensar que los retornos sobre la educación son estocásticos. La educación no sólo aumenta los ingresos medios de una persona, sino que cambia la distribución de sus posibles expectativas vitales. Aunque no garantice el resultado, aumenta su probabilidad para el 1%.

Un par de años después Mankiw insistía en que las estrellas de cine hacen más que entrenener a la gente, ya que contribuyen con sus impuestos a financiar servicios sociales, por lo que aunque los ricos (en la línea de Adam Smith) no están motivados por deseos altruistas, al final el efecto es el mismo. Al fin y al cabo como dice el refrán español “más da el duro que el desnudo”. Los ricos se forran pero pagan muchos impuestos.

Este discurso considera que la productividad marginal también resulta en una distribución éticamente justa. Pero ¿cómo se puede confirmar esto empíricamente, puesto que en la realidad y con la complejidad de la producción actual es difícil deslindar cual es la contribución “final” de cada factor de producción? Esa hipotética suma (todo lo demás igual) de sólo un factor en la producción está en los manuales, pero casi nunca se ve en la realidad.

Si se leen los argumentos de Mankiw sobre los “postres justos” del 0,1% uno tiene la impresión de que la economía de mercado es una zona libre de ética en la que si no se interviene la gente tiene lo que se merece. Sin embargo para muchos científicos sociales esto es escabullirse del problema para no analizar los cambios estructurales que han tenido lugar en nuestra sociedad, y que tienen poco que ver con retornos probabilísticos sobre la educación. También existían hace 30 o 40 años y un alto directivo cobraba de 10 a 20 veces lo que un trabajador común mientras que ahora cobra de 100 a 200 veces. ¿Es por que están más formados? Tal vez sea cuestión de avaricia y pérdida de un sentido de solidaridad para crear una sociedad sostenible. Y como el no heterodoxo Robert Solow dijo con agudeza:

¿Quién podría estar en contra de dar a la gente sus “postres justos”? Pero también está la cuestión de lo que es justo. La mayoría de los pensadores éticos distingue entre el merecimiento y la aleatoreidad. Tú no “mereces” (o no has hecho nada para merecer) la renta que heredas de tus padres, sus conexiones, o su ADN. No te mereces ser guapo o listo o alto, y sin embargo esas circunstancias suman al valor de tu producto marginal, pero no a tus “postres”. Puede que no sea fácil separar el trabajo duro de los factores aleatorios numéricamente, pero no tiene sentido confundirlos, especialmente si se habla de impuestos y redistribución.

Uno podría citar aquí (aunque el autor no lo hace) el Eclesiastés, en su bello y arcaico lenguaje, más expresivo que cualquier prosa académica moderna:

Vi además que bajo el sol
no es de los ligeros la carrera,
ni de los valientes la batalla;
y que tampoco de los sabios es el pan,
ni de los entendidos las riquezas,
ni de los hábiles el favor,
sino que el tiempo y la suerte les llegan a todos.

Ciertamente, hay que distinguir entre los merecimientos que vienen del trabajo (que todos podríamos estar de acuerdo en que han de ser compensados) y los que provienen de factores ajenos a la voluntad del individuo (la riqueza de sus padres, sus conexiones, su dotación genética, etc

Además, incluso si aceptáramos que la tecnología y la educación tienen un peso decisivo, parecería lógico de suponer que aunque bajaran los salarios de los trabajadores menos cualificados no bajara la fracción salarial global, pero no es el caso. El extremismo meritocrático, y el viva quien vence y las teorías de las super-estrellas no son muy convincentes. Como dice Piketty:

La prueba más convincente del fracaso de la gestión corporativa y de la ausencia de una justificación racional basada en la productividad para los elevados salarios de los ejecutivos es que cuando recogemos datos de las empresas individuales… es muy díficl explicar las variaciones observadas en términos del éxito de la empresa. Si contemplamos varios indicadores de este éxito, como el incremento de las ventas, los beneficios y demás, podemos descomponer las variaciones observadas como la suma de otras variaciones: variaciones debidas a causas externas a la firma… más otras “no tan externas”. Sólo las últimas pueden ser afectadas significativamente por las decisiones de los gestores de las empresas. Si los sueldos de los ejecutivos se justificaran por su productividad adicional, uno esperaría que estas variaciones tuvieran poco que ver con variaciones externas y que dependieran sólo de variaciones internas. Pero de hecho, lo que se observa es lo contrario.

Los fans pueden querer pagar más para ver a atletas de alto nivel o a estrellas de cine, pero los directivos no son la materia de la que están hechos los sueños. Ciertamente que todo el mundo compite por los mejores gerentes, pero estos sólo proveen servicios a un número limitado de clientes. Desde la perspectiva de estas teorías de los “galácticos del Madrid” un buen gerente debería sólo ganar un poco más que un gerente promedio. Las ganancias promedio de los gerentes de las 50 primeras compañías suecas equivalen a las de 46 trabajadores de cuello blanco. (Bergström and Järliden, 2013, p. 10). Las juntas directivas y los comités de compensación están compuestos por gente muy parecida a los ejecutivos que están pagando.

Es difícil no ver esta recompensa como algo no relacionado con pertenecer al mismo club de ilustres. Que sus ganancias sean equivalentes e indispensables para garantizar sus contribuciones productivas es de ser un poco crédulo. Esas desigualdades son prueba de que algo está mal con una teoría que no hace más que legitimar, so capa de una explicación “técnica” desigualdades crecientes y difícilmente defendibles. Y es que como dice certeramente Piketty:

Es bastante razonable asumir que la gente que está en posición de fijar sus propios salarios tengan un incentivo natural a tratarse a si mismos con generosidad, o como poco a ser bastante “optimistas” al medir su productividad marginal.

Pero el autor sueco considera que si está de acuerdo con el francés en lo obvio, que la productividad no explica las elevadas ganancias de los salarios del top del 1%, no lo está con que esta si es una buena explicación de los salarios ordinarios. La distribución de la renta y la riqueza en el mercado está influida en alto grado por normas políticas e institucionales y relaciones de poder, cosas que tienen poco que ver con la productividad marginal en modelos de mercado de competencia perfecta. Y eso por no hablar de lo difícil que es deslindar y medir las contribuciones de cada individuo en el trabajo conjunto de las productividades modernas. O, en lo que se refiere al “capital”, qué significa eso o como medirlo. Las remuneraciones no se corresponden necesariamente con la productividad de cada factor, o a “diferenciales compensadores”.

Como escribía el nobel Amartya Sen en 1982:

El punto de vista de la productividad personal es difícil de sostener en casos de producción interdependiente… es decir, en casi todos los casos usuales: Un método común de atribución es según el “producto marginal”… Este método de contabilidad es sólo coherente internamente en supuestos especiales, y las tasas de ganancia presentes de los dueños de los recursos equivaldrán a sus correspondientes “productos marginales” solo bajo supuestos especiales adicionales. Pero incluso si se toman esos supuestos… la contabilidad en términos de producto marginal, cuando es coherente, es útil para decidir como usar recursos adicionales… pero no “muestra” que recurso ha “producido” cuanto… El presunto hecho, no es, por tanto, sino una ficción y aunque parezca una ficción conveniente, es más conveniente para algunos que para otros. Un barbero indio o un artista de circo indio puede que no produzca menos que un barbero británico o un artista británico (la verdad es lo contrario por lo que yo veo), pero ciertamente ganarán bastante menos.

Para que nos entendamos, los trabajadores y gerentes mejor pagados no son siempre trabajadores y gerentes muy productivos, y los trabajadores y gerentes peor pagados no son siempre menos productivos. Además la teoría neoclásica de la productividad marginal está destrozada, tanto desde un punto de vista histórico como teórico, como demostró Piero Sraffa en los años 20 y en el debate sobre el capital de Cambridge en los 60 y 70. Pero por desgracia Piketty trivializa el debate y dice que no tuvo mucha importancia, como todos los economistas del mainstraim prefiere ignorarlo y aquí no ha pasado nada, pero sí que pasó, pues como dijo Joan Robinson en 1953:

La función de producción ha sido un poderoso instrumento de adoctrinamiento. Al estudiante de teoría económica se le enseña a escribir Q = f (L, K) donde L es una cantidad de trabajo, K una cantidad de capital y Q una tasa de producción de mercancías. Le enseñan a asumir que todos los trabajadores son iguales y a medir L en horas hombre de trabajo: le dicen alguno sobre el problema de escoger una unidad de producción, y luego se pasa a la siguiente cuestión, esperando que se olvide de preguntar en que unidades se mide K. Pero antes de que se le ocurra preguntar, ya es un profesor, y sus hábitos chapuceros de pensamiento se transmiten a la siguiente generación.

Y como dijo Edwin Burmeister (2000, p. 312) hace 15 años:

Es importante, que conste, reconocer que los principales participantes en el debate admitieron abiertamente sus errores. La séptima edición del manual de Economía Política de Samuelson fue purgada. Levhari y Samuelson publicaron un paper donde decían “queremos dejar claro para que conste en acta que el teorema de no retorno de las técnicas asociado con nosotros es definitivamente falso… Leland Yeager y yo publicamos una nota conjunta reconociendo este error temprano y tratando de resolver el conflicto entre nuestras perspectiva teóricas…” y sin embargo el daño ya había sido hecho. Levhari estaba equivocado, Samuelson estaba equivocado, Solow estaba equivocado, el MIT estaba equivocado y por lo tanto la economía neoclásica estaba equivocada. Como resultado algunos economistas abandonaron la economía neoclásica para centrarse en el refinamiento de la economía clásica. En los Estados Unidos, por otro lado, los manuales de economía convencionales pasan del debate como si no hubiera ocurrido. Los libros de macro hablan del capital como si fuera un concepto bien definido, y no lo es, salvo en un mundo muy especial de solo un bien de capital (o bajo condiciones restrictivas y poco realistas) Se ha hecho caso omiso a los problemas de los bienes de capital heterogéneos en la “revolución de las expectativas racionales” y en casi todos los trabajos econométricos.

Así pues la teoría de Piketty no está a la altura de su trabajo empírico, ya que como el mismo dice:

Seré claro, no estoy diciendo que toda desigualdad salarial se determine por normas sociales de remuneración justa. Como se ha notado, la teoría de la productividad marginal y de la carrera entre tecnología y educación ofrece una explicación razonable de la evolución a largo plazo de la distribución salarial, al menos hasta cierto nivel salarial y con un cierto grado de precisión. La tecnología y la cualificación fijan límites a la mayoría de los salarios.

Pero si se piensa eso no tiene sentido. Si el top del 1% se puede saltar la “productividad marginal” a la torera, la teoría queda muy socavada, pues no que no hay razón (teórica) para excluir la misma “libertad” en relación con otros segmentos de ingresos (en mi opinión hasta cierto punto, cierto es que no se pueden fijar salarios de 4000 euros por decreto con independencia de la productividad). Pero como Hicks ya señaló mientras tengamos mediciones inciertas de la elasticidad de la demanda (que nos permitiría ver como responden las compensaciones al esfuerzo) la teoría de la productividad marginal no puede decir de cierto como se distribuirán las fracciones relativas de los ingresos.

Para acabar, como ya decía Marx hace 150 años, y sigue teniendo (mal que les pese a algunos) razón en eso, la división entre beneficios y salarios está en última medida determinada (dentro de un orden) por la lucha entre las clases, algo muy diferente de la explicación hipotética “técnica” de los productos marginales en la función neoclásica de Cobb-Douglas o en su variante CES (elasticidad de sustitución constante) .

Desde el punto de vista teórico, el libro de Piketty es inferior en este sentido al capital, puesto que Piketty se centra en clasificar como un buen artesano diferentes categorías de salarios y riqueza, y Marx se centraba en el enfrentamiento entre las distintas clases, que tratan de apropiarse la mayor parte del pastel del producto social neto que pueden. Aunque es encomiable el trabajo empírico de Piketty, su teoría es floja, incluso si es crítico en ocasiones con la economía ortodoxa y presenta perspectivas desalentadoras sobre el futuro de nuestra sociedad.

Y una sociedad donde dejamos que la desigualdad se incremente sin medida acaba reventando, una sociedad que promueve el egoísmo como única virtud, corroe la cohesión social y las relaciones entre lso hombres. Si leyendo el libro de Piketty la gente se pregunta (a pesar de las limitaciones teóricas del libro) por estas peligrosas tendencias, puede que la obra tenga un impacto positivo. Pues como ya dijo el barbas:

“Los filósofos se han ocupado de interpretar el mundo de diferentes maneras. La cuestión, no obstante, es CAMBIARLO”.

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