De ínsulas literarias y entenados

El siguiente artículo es una reflexión en torno a una novela argentina pero que se expande en cómo temas que se pueden tocar en esta obra llegan a trascender hacia otros espacios, hacia cualquier espacio. Esta es la ventaja de la literatura con respecto a una crónica: que no se enmarca en un solo contexto y puede ser interpretado para cada entorno en particular. Así, pues, veremos aparecer conceptos como el de globalización o alteridad, construcción de identidad y lenguaje.

“El Entenado” novela de Juan José Saer (escritor argentino ajeno quizá a los escritores que suelen agruparse bajo el rótulo de “boom latinoamericano”, pero que comparte con algunos de ellos ese legado de cronotopos a lo William Faulkner), no da nombres y apellidos del lugar en el que se origina la acción. Se puede decir que se inspira en la zona del río de la Plata, donde el agua es dulce y se forman estuarios; al mismo tiempo, identifica a la tribu con el nombre de “colastinés”, pero todos sabemos que buscar en literatura datos fidedignos es un contrasentido. Precisamente, se trata de literatura porque parte de un mito, aunque esté sazonado con ingredientes de la realidad: Saer se inspiró en la historia de Francisco del Puerto, grumete que viajó en la expedición de Juan Díaz de Solís que acabaría, según las leyendas, comida por una tribu antropófaga de alguna de las islas del delta del Paraná.

Literatura insular no se refiere únicamente a aquella que trata de historias localizadas en islas. El concepto insular abarca un espectro más amplio. Si pensamos que la metáfora de la isla como territorio aislado se puede prestar a una serie de otros conceptos como lo que es unitario, lo fragmentario, lo desterritorializado, etc; el archipiélago a su vez, como conjunto de islas vendría a identificar el fenómeno como extensible.

Se empezó a jugar con estos términos a raíz de la era de la globalización. La movilidad se proclamaba como uno de los rasgos principales de este fenómeno, y con ella, los debates en torno a las migraciones y al trasnacionalismo. Es interesante pensar en la serie de redes que se han ido desarrollando con el paso del tiempo: se suele mencionar que los actuales campos sociales transnacionales no son muy diferentes a los de anteriores procesos de mundialización (relaciones de comercio transoceánicas que ha habido desde hace mucho, por ejemplo), pero es de notar que los canales de comunicación no son los mismos y la forma de entender la distancia es muy otra (participación activa en política, por ejemplo, desde un país hacia otro).

Transformaciones de espacios en localidades, cuestión de identidad y una serie de preguntas que surgirían de estos grandes temas: en literatura (y en esta novela en particular) nos ocuparíamos sobre todo de las preguntas que se refieren a la constitución del yo y a la forma en que se cuenta esta experiencia migratoria, la importancia de la transmisión del relato.

“El Entenado” de Juan José Saer es una novela que puede ser leída en distintas claves, sobre todo en las que se refieren a la constitución del yo y del yo con respecto al espacio; y lo más importante en la obra es cómo se ve a esta otredad, primero desde el protagonista que es un elemento externo y luego desde su propia experiencia cómo ven los “suyos” a “los otros”:

Pero, para los marineros, todos los indios eran iguales y no podían, como yo, diferenciar las tribus, los lugares, los nombres. Ellos ignoraban que en pocas leguas a la redonda, muchas tribus diferentes habitaban yuxtapuestas, y que cada una de ellas era no un simple grupo humano o la prolongación numérica de un grupo vecino, sino un mundo autónomo con leyes propias, internas, y que cada una de las tribus, con su propio lenguaje, con sus costumbres, con sus creencias, vivía en una dimensión impenetrable para los extranjeros. No únicamente los hombres eran diferentes, sino también el espacio, el tiempo, el agua, las plantas, el sol, la luna, las estrellas. Cada tribu vivía en un universo singular, infinito y único, que ni siquiera se rozaba con el de las tribus vecinas. (Saer: 1995, 150-151).

Partiendo de esta diferencia, el hecho de juzgar las leyes tácitas de ese pueblo al que llega el entenado con la visión del foráneo es un sinsentido: la otredad se erige rotunda en sus visiones de mundo y lo que parece caos, anarquismo, orgía, no lo es tal. Para poder entenderlos hace falta convivir con ellos y conocer su lenguaje. Éste muy representativo: no utilizan verbo ser ni estar, sino sólo el verbo “parecer”. Ese verbo también hace alusión a conceptos negativos como el enemigo, el eclipse y otros… El ejemplo nos dice mucho de la tribu que se comunica con esta herramienta de transmisión: para ellos la realidad es de una apariencia dudosa y constantemente cuestionada. Por eso comen la carne de sus enemigos, para afianzarse con respecto a lo externo, para intentar apresar unos límites, para sentir que son y que permanecen, al igual que con la repetición de sus gestos y de sus actos: repetición para intentar cogerse y para perpetuarse en la memoria del que los está observando (el entenado) y que narrará de su existencia.

“De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo”. Así empieza la novela, y es famoso este comienzo, por su lírica y por lo que quiere transmitir. La abundancia, lo vacío, la inmensidad que aplasta y la incapacidad del hombre por llenarla. Intentos reiterativos por intentar apresarla, delimitarla, moldearla… pero al mismo tiempo reconocer estos intentos como baldíos y la duda por encima de todo lo que se nos muestra. Espejismo es la tierra que es protagonista de la historia al igual que espejismo es el entenado. Es inevitable que nos venga a la mente una y otra vez Sartre: la mirada del Otro es tan importante para la existencia de uno mismo que ser visto deja al ser indefenso ante la libertad que no es la suya, y que además viene de quien condiciona su existencia. Ser lo que el francés llama “objeto para otro”. Y Saer en la novela afirma que la frustración de estos indios era que “no lograban, como hubisen querido, verse desde afuera” (Saer:1995, 155). Eso es lo que los indios colastinés se esfuerzan en ser para los cautivos de otras tribus, intentaban ser los hombres verdaderos en medio del vacío y lo contingente. [1]

Pero también buscaban un narrador de su historia. Y eso acaba siendo el entenado, el grumete protagonista de la historia, del que sólo sabemos el nombre que ellos le dan (def-ghi). La historia la narran los vencedores, se suele decir, la historia no la han escrito los vencidos, no pueden, están muertos. Pero la literatura no pretende ser crónica, aunque sí que puede ser una reflexión sobre este hecho: quién escribe la historia, es la historia una pesadilla de la cual Joyce intentaba despertar, etc. Saer tiene opiniones parecidas, pero va más allá de la simple denuncia de lo “horrible” de una historia de la cual quiera despertar. Abocarse a una contemplación de la realidad en su conjunto y no una realidad meramente histórica. Más allá de la situación histórica, una situación en el universo. Saer coincidiría con Joyce en que el camino sería salirse de la historia para dirigirse al mito. Éste es el lugar de la literatura. Las cuestiones atemporales aplicables a cualquier situación o espacio y que en el hombre siempre se pueden repetir. Por eso da igual si los colastinés existieron, si existió ese preciso lugar.

Al final la vuelta a la tierra donde el entenado nació, sería el viaje a otra isla. Una isla europea como podría ser Madrid o alguna otra ciudad de España; donde su identidad debe volver a adaptarse, reaprender, recrear una localidad otra vez.

Referencias bibliográficas:

Berg, Eduardo H. Poéticas en suspenso: migraciones narrativas en Ricardo Piglia, Andrés Rivera y Juan José Saer. Buenos Aires, Biblos, 2002. 199 pag.

Cooley, Charles Horton. El yo espejo. [en red] http://revistas.ucm.es/index.php/CIYC/article/viewFile/CIYC0505110013A/7290. Última consulta: 12-11-2014.

Corbatta, Jorgelina. Juan José Saer: arte poética y práctica literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 188 pag.

Fernandez, Nancy. Narraciones viajeras: César Aira y Juan José Saer. Buenos Aires, Biblos, 2000. 196 pag.

Moulin Civil, François, Naranjo Orovio, Consuelo, Huetz de Lemps, Xavier. De la isla al archipiélago en el mundo hispánico. [en red] Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas: Université Cergy-Pontoise: Casa de Velázquez, 2009.

Premat, Julio. La dicha de Saturno: escritura y melancolía en la obra de Juan José Saer. Rosario (Argentina), Beatriz Viterbo Editora, 2002. 479 pag.

Saer, Juan José. El entenado. Barcelona, Ediciones Destino, 1995. 201 pag.

[1] Sartre se presta para explicar más hondamente estos dilemas literarios, porque indaga en el papel de la conciencia en toda esta construcción de apariencia y realidad, sujeto y objeto, ser en sí o ser para sí. Pero si recordamos a ese otro Nóbel, no literario sino economista y que sí aceptó su premio, Jean Tirole, existe este concepto en psicología social, el “looking glass self”, llamado en español “el yo espejo” que ya Charles Horton Cooley manejaba e introducía en sociología a comienzos de siglo, antes incluso que Sartre. Sin embargo, esta teoría se aplica no sólo individualmente sino a un nivel macro, en el que las instituciones y problemas económicos forman parte. Es curioso que Cooley utilice también citas y reflexiones de Goethe y Shakespeare en sus ensayos sobre el “yo espejo”, como una necesidad de apoyarse en literatura.

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