Efecto Sánchez: el populismo hipster del PSOE (I de II)

El PSOE da marcha atrás a la reforma constitucional que pactó con el PP, pero necesita algo más que un gesto para detener su caída.

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Las barbas están de moda hasta en las multinacionales. O eso cree Stephen Mihm, que el otro día el publicaba un artículo en el New York Times titulado “Por qué los ejecutivos se están dejando barba”. En él, Mihm narra como históricamente, cuando el capitalismo ha asumido una identidad más individualista y audaz, los especuladores o los directivos han dejado que el vello facial poblara sus rostros sin problema. Tanto en la época de los robber-baron estadounidenses o en la actualidad, con el ejemplo que da el cofundador de Google, Sergey Brin. Sin embargo, en las épocas en las que las el orden socioeconómico se ha visto amenazado por revolucionarios o insurrectos, o en las que el ritmo ha estado marcado por corporaciones anónimas y bien reguladas, las barbas han desaparecido de las salas de juntas.

A finales del siglo XIX, el movimiento obrero despegaba tanto en el Viejo como el Nuevo Mundo, y los periódicos que en 1868 cubrieron la famosa explosión y disturbios del Haymarket en Chicago, origen del Primero de Mayo, mostraron a los anarquistas a los que se acusó falsamente del mismo como hombretones de barbas descuidadas, salvajes llegados de Europa para destruir el orden y la propiedad privada. La represión antisindical que siguió al suceso es de sobra conocida. Esto bastó para meter miedo a la clase dirigente y que huyesen de esa imagen hacia una más nítida y ordenada, sin barba. Se extendió la imagen de los agitadores obreros como rebeldes de hirsuto vello facial, que “llevaban sus pancartas en sus rostros, proclamándose como populistas o anarquistas, o algún otro tipo de istas”, según recoge el artículo de Mihm que afirmaba un barbero de la época. El “populismo” en la época estaba asociado al People’s Party de los Estados Unidos, un partido de izquierdas que proponía una reforma agraria, aunque es curioso ver la mención.

El artículo no deja de ser una mera colección de anécdotas históricas curiosas, y sería un poco ridículo hacer asociaciones entre un mero detalle estético y la posición política. Siempre me maravilló la imagen de anuncio de cuchilla de afeitar de Paul Sweezy, y el vello facial de Jay Gould no tenía nada que envidiar al de un bárbaro germano, por poner dos ejemplos contrapuestos. Lo que me parece interesante del artículo de Mihm observar que la barba, no estaría asociada a un grupo social de forma fija sino que, como todo elemento estético, vendría determinada por la interacción de los grupos o clases que se mueven un contexto social e histórico, y sus intentos de diferenciación o mimetismo unos de otros. Muy dialéctico todo.

Al PSOE le está pasando quizás algo parecido. En septiembre de 2011 nos coló junto al Partido Popular (y UPN, aunque me centraré en los dos grandes partidos) una reforma del artículo 135 la Constitución Española mediante la cual se buscaba garantizar el equilibrio presupuestario de las Administraciones Públicas y dar prioridad al pago de la deuda pública frente al resto de gastos presupuestarios. Pues bien, la semana pasada, Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, nos sorprendía a todos proponiendo revocar esta reforma constitucional, que en su momento apoyó.

Como la barba, la postura de Sánchez parece que está muy condicionada por otros factores. No por la debacle a la que está sometida la estimación de voto de su partido, junto al PP, ya que ésta se lleva observando desde el tercer cuatrimestre de 2011 (de forma más acusada). La decisión de Pedro Sánchez viene motivada por la irrupción de Podemos, que ha entrado en la reyerta de salón que es la política española como un vaquero abriendo fuego con sus dos revólveres, sin dejar indiferente a nadie. Así, si Sánchez no dudaba en calificar a Podemos de partido “populista” y de anunciar que se negaría a pactar con ellos, a menos de medio año podemos observar cómo curiosamente, adopta propuestas de ese partido, y se desdice de parte del recorrido de su formación de los últimos años.

Populismo hipster y estimación de voto

En esto, Sánchez recuerda a esos “críticos culturales” que con tanta insistencia nos cuentan las maldades de esa nueva tribu urbana al parecer omnipresente, los hipsters. Si bien es cierto que parte de las críticas contra estos no dejan de tener razón (las que observan dinámicas de clasismo en la diferenciación por gustos), en general la sensación que acaban produciendo al final algunos de estos críticos, con tanto machaque al muñeco de paja subcultural de los hipsters, es que el término no es más que una forma de diferenciación de estatus. Los hipsters son siempre los otros, nadie reclama la etiqueta para sí mismo. Y lo mismo pasa con el término “populismo”. El periodista italiano Marco d’Eramo, en un artículo en la New Left Review en el que hace un repaso histórico al uso del término, acaba concluyendo que se ha utilizado para movimientos tan heterogéneos y con tan poco rigor en la caracterización, que en realidad, el uso del mismo dice más del que lo emplea que de aquello que se pretende designar. Se podría decir que Pedro Sánchez, acusando a los demás de populistas para luego tímidamente seguir algunos de sus pasos, ha inventado por tanto una nueva variante del populismo: el populismo hipster. No usa el término con un significado claro, sino como arma arrojadiza para diferenciarse de sus rivales.

Y no obstante, se podría pensar que este populismo hipster puede estar dando resultados al PSOE. Al fin y al cabo, ya en agosto El País hablaba de un “efecto Sánchez” que revitalizaba al partido y daba nuevas esperanzas para no ser arrasado por las legiones podemistas. El último barómetro del CIS de octubre parecía reforzar esta hipótesis: el PSOE se colocaría en un 23,9% de estimación de voto (hace pocos días ha salido una encuesta de El País, pero me ceñiré a los datos del CIS). Ahora bien, aunque es cierto que un cambio de cara en un partido que se hallaba en decadencia por lo general suele ser algo positivo y que genera cierta confianza, al PSOE le convendría no vender la piel del oso antes de cazarlo, sobre todo si observamos la evolución de la estimación de voto con una cierta perspectiva. Al fin y al cabo, El País también hablaba de un “efecto Rubalcaba”.

Porcentaje de estimación de voto al PSOE (click para ampliar).

En el gráfico se pueden observar los puntos en los que se producen tanto el “efecto Sánchez”, tras el ascenso de éste al cargo de secretario general en julio de este año, como el “efecto Rubalcaba”, que supuestamente se habría producido tras suceder éste a Zapatero en mayo de 2011. El “efecto” de hecho habría sido más notable en el segundo caso, recortando más de tres puntos porcentuales, frente a los 2,7 conseguidos por Pedro Sánchez. Una cara nueva puede revigorizar a un partido en decadencia, tal y como se pudo observar al tomar el timón Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero en ausencia de propuestas diferentes y de un cambio en la dirección política del partido que rompa con la gestión que ha llevado a cabo los últimos años, habría que ser escéptico ante la idea de que la mera figura de un secretario general diferente pueda revertir un proceso que lleva desarrollándose durante años. El PSOE arrastra una asociación en la mente de los ciudadanos con un sistema que no parece repartir bienestar y en el que una minoría vive muy bien a costa del sufrimiento y empobrecimiento de la mayoría. Es difícil que sea visto como una alternativa al partido del Gobierno cuando pacta temas tan relevantes como una reforma constitucional con éste.

Es comprensible pues, la decisión de Pedro Sánchez de intentar tapar los agujeros que están haciendo naufragar su embarcación, y dedicarse al ejercicio del populismo hipster echándose atrás en su reforma constitucional mandada desde Europa. El problema es que, como en todas las organizaciones, cuando un discurso ha hecho fortuna y se ha impuesto, los cambios de dirección siempre se encuentran con resistencia interna. En la próxima entrada comentaré la respuesta desde dentro del propio PSOE al anuncio de su actual secretario general de dar marcha atrás a la reforma que pactó con el PP, así como la reforma en sí.

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