Argumentos contra el mercado. Robin Hahnel.

Crítica del economista Robin Hahnel, conocido defensor de la “economía participativa”, a la economía de mercado

Ofrecemos ahora una traducción del artículo “The case against markets” del economista Robin Hahnel, uno de los exponentes de la llamada “Economía participativa” que se presenta como una alternativa al socialismo con planificación central al estilo soviético y al mercado. En estos tiempos en los que tener un programa socialdemócrata o proponer la nacionalización (y ya no digamos la autogestión) en sectores estratégicos parece apartarlo a uno de la comunidad civilizada, podemos imaginarnos como quedarán las vestiduras de algunos si cuestionas el propio sistema de mercado en sí mismo. Inevitablemente las referencias al gulag y al totalitarismo caerán sobre uno tan menudas como granizo, y eso sí te toman suficientemente en serio como para contestarte. Después de todo, ¿no cayó el Muro? Y caería por algo.

Y ciertamente, el socialismo al estilo soviético tenía muchos defectos, pero como bien señala Robin Hahnel, eso no significa que el mercado sea “bueno”, ni mucho menos que sea lo óptimo. Tampoco es necesario o inevitable criticarlo desde una perspectiva marxista ortodoxa, con la ley del valor en ristre. No. Incluso partiendo los propios presupuestos analíticos de la economía convencional, incluso teniendo en cuenta lo que eminentes economistas académicos han dicho, el mercado es criticable desde el punto de vista político, social y hasta económico. No favorece la democracia (si es que se considera que la democracia es algo positivo) supone una mercantilización inevitable de las relaciones humanas, y además es ineficiente, o, como Hahnel explica, sólo sería eficiente bajo ciertas condiciones y supuestos muy restrictivos, como en el fondo bien saben los economistas académicos. El mercado de los unicornios de los manuales convencionales introductorios es magnífico, pero el mercado real no lo es. Pero a tal punto ha llegado la desmoralización que tan sólo se proponen paliativos, que sólo son posibles políticamente cuando caben en la fría contabilidad.

Señores, si después de leer el artículo de Robin Hahnel piensan que, después de todo, el mercado sigue siendo el mejor sistema posible para la humanidad, o tienen un concepto muy pobre de la humanidad, o habrá que ir considerando meterle un poco de reprisse a la evolución. Seguiremos buscando el condensador de fluzo. Porque vale la pena, y porque no nos conformamos con que la Señora Merkel nos perdone la vida.

El pleito contra los Mercados

Robin Hahnel

“Los mercados son un medio eficiente para producir y distribuir gran cantidad de bienes de uso corriente. Podemos fiarnos de que recibimos nuestro pan calentito gracias a los incentivos de mercado. Los mercados nos permiten hacer el mejor empleo de la información dispersa en la sociedad. Los mercados otorgan a sus participantes cierta libertad- expandiendo sus alternativas y dando a cada persona muchos posibles asociados con los que tratar”.

– David Miller y Saul Estrin (1994) –

Pues no. Más que máquinas eficacísimas, sistemas óptimos en generar incentivos, milagros cibernéticos y redentores de la humanidad, cuando analizamos bien los mercados vemos instituciones que generan una asignación de recursos cada vez más ineficaz, liberan de modo innecesario incentivos socialmente destructivos, obstruyen y dan una información sesgada del flujo de información esencial para la autogestión económica, suplen libertades esenciales con libertades triviales, y llevan a una falta de equidad insoslayable en lo que a la distribución de servicios y poder concierne. – Robin Hahnel y Michael Albert (1990)

El debate entre los que piensan que los mercados son parte integral de una economía deseable y los que creen que debemos reemplazar el mercado con cierto tipo de planificación democrática es muy antiguo. Al final del siglo XX los partidarios de los mercados van ganando por razones obvias: el final de la planificación central no sólo en Europa del este sino en China, Vietnam y Cuba (en menor grado) hace que pierda interés un debate sobre una planificación integral que busque emplear los recursos productivos. En Europa y USA el jubileo del libre mercado comenzó en los ochenta cuando Margaret Thatcher y Helmult Kohl derrotaron a la socialdemocracia en Europa y Reagan llevó a cabo políticas liberales. Cuando los socialdemócratas recuperaron el poder en esos países, en vez de replantearse la mercado-manía machacaron a las fuerzas más izquierdistas de sus partidos y promovieron políticas pro-mercado de la llamada “Tercera Vía” y asimismo compelieron a instituciones internacionales como el FMI la OMC y el BM a tragarse la medicina mercantil en un país del tercer mundo detrás de otro. Con las secuelas de la crisis financiera del Asia oriental, incluso la “corporación” Japón y otros “tigres” asiáticos como Corea del Sur fueron forzados a reverenciar a los Dioses del Mercado que habían tenido a raya, abandonando su exitoso “modelo asiático” de planificación económica internacional a largo plazo. Por lo tanto, a finales del siglo pasado, hablar mal de los mercados te cerraba casi todas las puertas al público y los economistas de izquierdas se adaptaron a la situación reformulando sus críticas, lo que se hacía ahora era sugerir medidas que hicieran que el mercado funcionara mejor. Cualquiera que diera a entender que consideraba que los mercados eran parte del problema más que la solución a cualquier problema económico era sistemáticamente marginado tanto en la profesión económica como en los círculos políticos. Que uno se proclamara abolicionista del mercado en el amanecer del nuevo milenio venía a ser como reconocer que uno estaba como una puta cabra.

Sin embargo, aunque no es difícil ver la razón de que el cada vez más reducido número de economistas de izquierdas a los que aún les quedaban dudas sobre los mercados haya sido sometido al silencio, ninguna de las “razones” anteriores tienen peso lógico en los aspectos positivos o negativos de los mercados o la planificación democrática. El funcionamiento del mercado no ha mejorado porque haya caído la URRS o porque sea aún mayor la hegemonía ideológica de los que cantan las glorias del mercado. Ni tampoco la caída de la planificación autoritaria tiene porqué implicar que la planificación democrática es mala idea.

De hecho, cuando uno examina la evidencia empírica de cómo han funcionado los mercados en los últimos 30 años extrae la conclusión de que cuando se aflojan las bridas al mercado el daño a las vidas humanas y al medio ambiente suben de modo dramático. En cualquier caso, y como no quiero dejar cabos sueltos, voy a aprovechar para reiterar el pleito teórico contra el mercado. Por qué los mercados son eficientes. Los economistas de oficio saben muy bien que los mercados no asignan los recursos eficazmente si no están en equilibrio, cuando no son competitivos y cuando existen externalidades.

Si uno presenta el teorema de la economía del bienestar críticamente diría lo siguiente: sí y sólo sí no existen externalidades, sólo si todos los mercados son competitivos, y sólo si todos los mercados están en equilibrio es cierto que el mercado llegará al óptimo de Pareto. Pero a pesar de esto, los liberales nos siguen contando que si se deja sólo a los mercados asignaran los recursos muy eficazmente.

Esa conclusión sólo podría ser verdad si:

(1) las fuerzas que provocan el desequilibrio son endebles

(2) las estructuras no competitivas del mercado no son comunes y

(3) las externalidades son la excepción más que la regla.

Voy a dar razones teóricas para pensar que en la realidad pasa exactamente lo contrario.

Una segunda línea de defensa se apoya en que aun si los mercados pueden estar plagados de ineficiencias, se puede “socializar” los mercados a través de medidas políticas correctivas y hacerlos “razonablemente” eficaces. Por qué las externalidades lo más probable es que sean generales. Los mercados permiten que las personas interactúen de modo que resulte conveniente para ambas partes. Los intercambios mercantiles son convenientes si los costes de transacción son bajos, que es el caso cuando otras personas que no sean el comprador y el vendedor están excluidos de la transacción. Y es una tautología que cualquier acuerdo voluntario resulta beneficioso si se supone racionalidad y conocimiento perfecto. Si bien el conocimiento (que incluye la previsión) y la racionalidad son rara vez perfectos, estoy bien dispuesto a conceder que con frecuencia ambas son “lo suficientemente buenas” como para conseguir que con frecuencia los intercambios mercantiles benefician a amabas partes. Pero este mutuo beneficio no tiene porqué implicar eficacia desde el punto de vista social, es irónico que los mismos factores que con carácter general hacen que los mercados resulten beneficiosos para las partes sean socialmente ineficaces. Aumentar el valor de los bienes y servicios producidos y disminuir las incomodidades que tenemos que sufrir par producirlos son dos medios a través de los cuales los productores pueden aumentar sus beneficios en una economía mercantil, y la presión de la competencia puede llevar a los productores a hacerlo. Pero maniobrar en el mercado con el fin de acaparar una mayor cantidad de los bienes y servicios producidos externalizando el coste a otros e “internalizando” los beneficios sin compensación también son medios para aumentar el beneficio. Lo que es más, la presión competitiva llevará a los productores a seguir este camino hacia una rentabilidad más elevada con la misma asiduidad. Por supuesto el problema es que si el primer supuesto en cierto modo sirve al interés social tanto como al privado, el segundo sirve a los intereses privados de los productores a expensas del interés social.

Cuando vendedores o compradores promueven sus intereses privados externalizando el coste a aquellos que no son parte del intercambio, o apropiándose de beneficios que provienen de otras partes sin compensación alguna, dicho comportamiento introduce ineficiencias que conducen a la mala asignación de los recursos productivos, y en consecuencia, un descenso del valor de los bienes y servicios producidos en la economía. Los aspectos positivos del mercado siempre han recibido tanta atención como alabanzas, que se remontan a Adam Smith y su descriptiva metáfora de la “mano invisible”. Pero el lado oscuro de los incentivos mercantiles ha sido relativamente pasado por alto y subestimado de manera tosca. Nos notables excepciones son are Ralph d’Arge y E.K. Hunt (1971; Hunt andd’Arge 1973; yHunt 1980) que acuñaron el término menos famoso, pero igualmente descriptivo del “pie invisible” que describía el comportamiento socialmente contraproductivo que los mercados inducen a tomar a sus integrantes.

Los liberales rara vez preguntan: ¿dónde van a encontrar las empresas más seguramente las oportunidades más fáciles para aumentar sus beneficios? ¿Con que facilidad es normal aumentar la dimensión o la calidad de la tarta económica? ¿Con qué facilidad puede uno reducir el tiempo o las incomodidades anejas al horneado del pan nuestro de cada día? O de otra forma, ¿con qué facilidad puede uno aumentar su parte del pastel externalizando un coste, o apropiándose de algo sin pagar por ello? ¿Por qué razón debemos suponer necesariamente que en las economías de mercado es muchísimo más fácil lograr beneficios con un comportamiento socialmente productivo que con uno contra-productivo? Y sin embargo esta suposición está implícita en lo que subyace en la visión de los mercados guiados por una benéfica mano invisible más que por un pie igualmente invisible pero malévolo. Los liberales no se enteran que el mismo rasgo de los intercambios mercantiles que es responsable de los escasos costes de transacción (excluyendo a otras partes distintas de los contratantes) es también una fuente de ganancia potencial para los mismos. Cuando el comprador y el vendedor de un coche llegan a un acuerdo mutuamente beneficioso, la dimensión del beneficio que se reparten se eleva en gran medida al externalizar a otros los costes de la lluvia ácida que provoca la producción de automóviles, así como los costes de la neblina urbana, la contaminación acústica, los atascos y las emisiones de efecto invernadero.

Los que pagan dichos costes y aumentan los citados beneficios son presas fáciles para compradores y vendedores por dos razones. Están dispersos geográfica y temporalmente, y la magnitud del efecto en cada una de las partes ajenas es pequeño, si bien desigual. Por tanto, individualmente las partes ajenas a la transacción tienen pocos incentivos para insistir en ser parte de ella- el efecto externo para una sola parte es rara vez lo suficientemente grande como para que valga la pena que una persona quiera entrar en las negociaciones. Y además hay obstáculos formidables para formar una agrupación que represente los intereses colectivos de todas las partes ajenas. Organizar a mucha gente con la dispersión a que aludíamos, cuando cada una de ellas tiene poco que ganar (aun que este poco varíe) es muy difícil. ¿Quién soportará los costes de transacción de organizar y articular a sus integrantes cuando hay tan poco que ganar? Y si se consigue organizarlos, ¿quién informará veramente en qué medida han sido afectados cuando es en interés suyo exagerar, ya sea mucho o poco? Ronald Coase (1960) reconocía paladinamente que estos costes de transacción y problemas de los “free rider” (gorrones/parásitos) se asocian con la formación de asociaciones de afectados por la contaminación, cuando reconocía. explícitamente. que su argumento a favor de la eficacia de las negociaciones privadas entre contaminantes y víctimas de la contaminación sólo se aplicaba a situaciones donde existían múltiples víctimas.

Tampoco podemos resolver los problemas de los aprovechados y los de incentivos inherentes a la articulación de una asociación de afectados por la producción de coches con la simple concesión del “derecho de propiedad” para que no sean víctimas sin su consentimiento. Como el propio Coase demostró de manera convincente, la eficacia (en este caso la ineficacia) depende sólo de los incentivos y no queda afectada por el hecho de que las víctimas sean titulares de un derecho de propiedad que implica que no tengan que ser víctimas, o por aquellos cuyo comportamiento afecta negativamente a otros que también tienen un derecho legal.

El que se tenga un derecho de propiedad determina simplemente a quien tiene que acercarse uno y a quien tiene que sobornar; y eso no cambia el hecho de que cuando hay múltiples víctimas afrontan costes de transacción formidables, y el problema de los freeriders.

Ha de señalarse asimismo que no se elimina la oportunidad de que las partes se beneficien a expensas y en detrimento de terceros si los mercados son perfectamente competitivos y no hay costosas barreras de entrada, como suele suponerse comúnmente. Incluso si tuviéramos (lo que de ningún modo es el caso) partes perfectamente informadas en cada uno de los mercados, incluso si la aparición de la más mínima diferencia de la tasa de ganancia media en las diferentes industrias indujera a la entrada y salida auto-correctora instantánea de distintas empresas, incluso si cada comprador y cada vendedor tuvieran el mismo poder de mercado- en pocas palabras, si nos tragamos todo el cuento- siempre que existan numerosas partes externas con intereses disminuidos pero desiguales en las transacciones mercantiles, dichas partes externas afrontarán mayores costes de transacción y obstáculos debidos a los free-riders para una completa y efectiva representación de sus intereses comunes que aquellas que afrontan los compradores y los vendedores en el intercambio mercantil. Si incluimos los problemas ocasionados por los free-rider y la falta de incentivos, debido a los intereses difusos que las partes externas afrontan como fracción de sus costes de transacción globales, vemos que el mercado reduce los costes de transacción para los compradores y los vendedores pero no hace lo propio con el coste de transacción de la participación en la toma de decisiones en relación con las partes ajenas al contrato. Es esa desigualdad en los costes de transacción lo que hace a dichas partes ajenas a los contratos presa fácil del comportamiento buscador de rentas de los compradores y vendedores. Incluso si pudiéramos organizar una economía de mercado de modo que los compradores y vendedores no se enfrentaran a un adversario poderoso en el intercambio mercantil, ello no podría cambiar el hecho de que cada uno de nosotros tenemos intereses menores en juego en muchas transacciones que en aquellas en las que somos compradores y vendedores. Pero el agregado del interés total de las partes ajenas al contrato puede ser considerable en comparación con los intereses de esas partes. Es el coste de transacción y el problema de los free-riders de aquellos con menores intereses lo que crea una falta de equidad insoslayable de poder entre los que intercambian y los que no intercambiando son afectados por el intercambio. Ese es el desequilibrio de poder que permite a los compradores y vendedores beneficiarse a expensas de partes externas desorganizadas, de modo que se ocasiona ineficacia social.

En síntesis, es condición suficiente para que compradores y vendedores tengan ocasión de beneficiarse de modo socialmente contra productivo si hacen recaer el coste a otro, ya que cada uno de nosotros tiene intereses difusos que hacen que nos afecten actos ajenos en muchos intercambios en los que no somos parte. Incluso si pudiéramos hacer cada uno de los mercados suficientemente competitivos y por tanto eliminar cualquier desequilibrio de poder entre las partes, esta fuente de ineficacia mercantil continuará existiendo.

Por qué los mercados se hacen menos competitivos.

En el mundo real no todos los compradores y vendedores tienen un poder semejante. Muchos mercados no son competitivos, es decir, existen bastante pocos compradores o vendedores como para que una parte en un intercambio tenga un poder de negociación mayor. Se sabe bien que cuando los vendedores son pocos es en su interés individual producir un output que es, desde un punto de vista colectivo, subóptimo socialmente. Asumiendo estructuras de costes similares un monopolista racional reducirá el output en una medida bastante por debajo del nivel social óptimo. Los duopolistas racionales producirán conjuntamente más que un monopolista racional, pero aún menos que el nivel socialmente óptimo. Si ya tenemos un oligopolio de tres empresas producirán más que un duopolio pero menos que el nivel óptimo, etc, etc. Por decirlo de otro modo, igual que es más fácil beneficiarse a expensas de terceros no organizados que mediante un comportamiento socialmente productivo, es frecuentemente más fácil obtener lucro mediante un comportamiento no competitivo que mediante uno socialmente productivo. Cuando unos pocos jugadores grandes y poderosos existen en un bando de una transacción mercantil, se enfrentan a muchos peces chicos desvalidos en el otro lado, y es con frecuencia más sensato para los grandes desplegar estrategias contra productivas para aprovecharse de sus adversarios mercantiles más débiles que ponerse a buscar medios para aumentar el paste económico o reducir el tiempo y la incomodidad que lleva hornearlo. En el mundo real hay consumidores con escasa información, tiempo o medios de defensa para defender sus intereses contra enormes corporaciones. Gigantes como IBM o Microsoft en vez de hacer el trabajo duro de I + D ellos mismos compran empresas pequeñas e innovadoras pero de escaso capital. Las estructuras mercantiles no competitivas hacen surgir un comportamiento muy rentable pero socialmente contra productivo.

En su “Transformación del Capitalismo Americano” John Munkirs nos ofrece pruebas abrumadoras que refutan el mito de que el mercado americano se parecía, siquiera remotamente, al mundo de fantasía de la competencia perfecta antes de 1980. En 1980, la mayoría del PIB de USA se producía por empresas que operaban en mercados no competitivos. Desde 1980 los negocios se han ido sumiendo en una prolongada fusión-manía, que aumentó dramáticamente lo que Kalecki llamaba “el grado monopolístico” de la economía. Usando ratios de concentración ponderadas para el global de la economía Frederick Prior defendió que la concentración industrial decreció en los Estados Unidos desde los 60 a los 80 pero se ha incrementado desde entonces ya que las olas de fusión compensan más que sobradamente los efectos contrarestantes de las importaciones y del crecimiento de la informática en la producción. (Pryor 2001). Según Danaher and Mark (2003, 3) entre 1998 y 2000 tan sólo, la economía americana contempló fusiones por valor de 4.000.000.000. Según Hartmann (2002, 37) las mil mayores compañías sumaban el 70% del PIB Americano. En síntesis cada vez más mercados no son competitivos y los mercados que ya no lo eran todavía lo son menos.

Las acciones legales en defensa de la competencia disminuyeron como lo hizo la regulación de las industrias no competitivas, por lo que ha sido cada vez más fácil beneficiarse gracias a estructuras mercantiles no competitivas mediante medios socialmente contra-productivos en vez de enfrentarse a la más difícil tarea de aumentar el valor de los bienes y servicios o reducir los sacrificios necesarios para hacerlos. Porqué los mercados no siempre tienden al equilibrio.

Los mercados reales no se equilibran siempre rápidamente y mucho menos instantáneamente. Las famosas leyes de la oferta y la demanda, que predicen que cuando el precio de mercado sube la cantidad ofertada aumentará y la cantidad demandada disminuirá, llevando a los mercados al equilibrio, se basa en un supuesto implícito y discutible sobre la interpretación de los precios de los actores mercantiles. El análisis convencional supone de modo implícito que los compradores y los vendedores creen que cuando el precio de mercado se eleva el nuevo precio es estable. O más exactamente, el razonamiento convencional supone que cuando sube el precio de mercado, los compradores y vendedores suponen que el precio es tan probable que baje partiendo de este precio más alto como que suba más.

Si este fuera en verdad el caso, parece que lo sensato es que cuando el precio suba los vendedores oferten más y los compradores compren menos- como lo dicen las “leyes” de la oferta y la demanda. Sin embargo con frecuencia los compradores y los vendedores interpretan muy sensatamente los cambios en los precios como indicadores de cambios subsiguientes en los precios en idéntica dirección. En ese caso, es racional que los compradores respondan a un incremento en el precio incrementando la cantidad que demandan antes de que los precios suban todavía más, y que los vendedores reduzcan la cantidad vendida esperando que vengan precios aún más altos. Cuando los compradores y los vendedores actúan así crean un mayor exceso de demanda y eleven todavía más el precio, lo que no lleva a una “burbuja” mercantil.

Cuando los compradores y vendedores interpretan una bajada en el precio como un indicio de que los precios van cuesta abajo, es racional que los compradores reduzcan la cantidad demandada, esperando precios aún más bajos, y que los vendedores incrementen la oferta para vender antes de que el precio baje aún más. En ese caso su comportamiento crea aún un mayor exceso de oferta y empuja al precio aún más hacia abajo, lo que nos llevará a un crack. Esto implica que si los participantes en el mercado interpretan los cambios en el precio como indicios de la dirección probable de ulteriores cambios en los precios, y si se comportan “racionalmente”, no sólo no se comportan de la manera que las “leyes” de la oferta y la demanda nos hacen esperar, sino que la verdad es justamente lo contrario de lo que dicen esas “leyes”. Los manuales estándar intentan salvar la cara de las “leyes” cuando no les queda otra que afrontar estos resultados anómalos interpretándolos como el resultado de cambios en las “expectativas” de los compradores y vendedores que modifican las curvas de oferta y demanda.

En la explicación convencional y canónica, tanto antes como después de esta modificación, la curva de la oferta se desliza hacia arriba y la curva de demanda hacia abajo, o sea, en todo momento obedece a la ley de la oferta y la demanda. Es ese cambio lo que ocasiona el resultado aparentemente anómalo de que la cantidad realmente demandada responde positivamente a los cambios en los precios en tanto que la cantidad realmente ofertada responde negativamente a los mismos. Es cierto que este comportamiento anómalo nace de cambios en las expectativas, pero lo que no te dicen los manuales es que la interpretación estándar hace las leyes de la oferta y la demanda no falsables. En cualquier caso, interprete uno como quiera el fenómeno, no cabe duda de que pueden nacer cracks mercantiles y burbujas a partir de comportamientos de los compradores y vendedores individuales que son perfectamente racionales cuando interpretan los cambios en los precios como una indicación del rumbo que toman los precios, y estos comportamientos nos llevan a movimientos que se alejan, más que se acercan, del equilibrio mercantil.

Como la crisis financiera Asiática nos ha recordado, las burbujas financieras que explotan pueden generar grandes pérdidas de eficacia en el sector real de la economía, cuando la malvada dinámica de desequilibrio de los mercados financieros domina a las virtuosas fuerzas equilibrantes.. Más aún, los que se creen que las burbujas y los crac sólo se dan en mercados financieros donde muchos actores son especuladores deberían recordar su propia explicación de la razón de que todas las unidades de un bien tiendan a venderse a un precio de mercado uniforme.

Sólo cuando las personas entran en un arbitraje tenemos mercados “bien ordenados” y precios uniformes en primer lugar. Esto significa que los economistas convencionales deben esperar y dar la bienvenida a actores que sólo estén motivados se sacar un beneficio pecuniario y no porqué les interese el valor de uso del bien concreto que sea objeto de la compra-venta. Puesto que los que se dedican al arbitraje carecen de interés en el valor de uso del bien en cuestión, parece probable que serán particularmente sensibles a las implicaciones de cambios en los precios en la probable dirección de ulteriores cambios en ese sentido, y por lo tanto en los beneficios anejos al comercio. En ese caso, parece poco probable que tengamos mercados bien ordenados, que precisan que los actores que se dediquen al arbitraje, sin agentes especulativos igualmente presentes. Es difícil justificar con un examen detenido la afirmación de que existen muchos mercados muy bien ordenados sin especuladores y los problemas que traen y que sólo hay que preocuparse por fuerzas de desequilibrio problemáticas en un pequeño número de mercados especulativos.

Lo que nos podemos encontrar son ciertos mercados que sufren de ineficacia en la asignación ya que el mismo bien se vende a precios diferentes por n o existir suficientes actores que se dediquen a arbitrar, y otros mercados que son inmunes a este problema porque hay bastantes actores que se dedican a ello, pero propensos igualmente a las fuerzas de desequilibrio porque estos también son propensos a especular con los precios, con lo que nos encontramos con otra clase de ineficacia. Un área novedosa y emocionante de investigación teórica sobre la dinámica mercantil se basa en emplear modelos de simulación basados en el comportamiento de los agentes para examinar resultados que se dan cuando ciertos actores mercantiles interpretan los cambios en los precios como señales en tanto que otros asumen que seguirán estables. Esta investigación amenaza con poner en cuestión lo que implica decir que un mercado está “bien ordenado” o que un precio es coherente con los “fundamentos del mercado”: Incluso cuando las fuerzas del equilibrio tienen más peso que las del desequilibrio en un mercado único y aislado, cuando el equilibrio no es instantáneo (que rara vez lo es) es posible que opere la dinámica de desequilibrio entre dos mercados interconectados.

La mejor visión de Keynes sobre la dinámica recesiva que se refuerza a sí misma puede explicarse en estos términos. Pensemos en un mercado de fuerza de trabajo y en un mercado de bienes. Supongamos que si cada uno de esos mercados está lejos del equilibrio el exceso de oferta o el exceso de demanda nos llevará a ajustes en los precios o en los salarios que llevarán al mercado al equilibrio. Ahora supongamos que mientras que el mercado de bienes se halla inicialmente en equilibrio el mercado de trabajo no lo es porque la tasa salarial es temporalmente mayor que la de equilibrio. Mientras que el exceso de oferta en el mercado de trabajo llevará a las fuerzas equilibradoras a hacer descender la tasa salarial hasta la tasa de equilibrio, supóngase que no llega a este equilibrio de un modo inmediato, y que en el ínterin los contratos de trabajo se hayan varados en una tasa salarial que todavía es más elevada que el salario de equilibrio. Si la curva de demanda de trabajo es elástica esto resultará en una renta laboral más reducida que lo que hubiera sido el caso si la tasa salarial hubiera llegado al equilibrio. Sin embargo la curva de demanda del mercado de bienes se basaba en el supuesto (implícito) de que el mercado de trabajo estaba en equilibrio, y que por tanto las rentas del trabajo serían más altas de lo que realmente son. Cuando reconstruimos la curva de demanda en el mercado de bienes fundándonos en el resultado real del mercado de trabajo, allí donde las rentas laborales son menores de lo que hubieran sido si el mercado de trabajo hubiera estado en equilibrio, podemos tener una curva de demanda de bienes a la izquierda de lo que anticipábamos. Con independencia de la rapidez o lentitud con la que los precios del mercado de bienes se ajusten al exceso de oferta resultante, tendremos un descenso de las ventas y los réditos en el mercado de bienes. Pero ventas y réditos más reducidos en el mercado de bienes conllevarán una reducción de la demanda de trabajo. La curva de demanda que dibujamos al principio por lo que concierte al mercado de trabajo se basaba en el supuesto (implícito) de que habíamos alcanzado un resultado de equilibrio en el mercado de bienes. Ahora, cuando las ventas y los réditos son inferiores en el mercado de bienes, en el momento en que reconstruimos la curva de demanda de trabajo basado en el resultado real y nuevo que se produce en los mercados de bienes, tenemos una nueva demanda de trabajo a la izquierda de lo que pensábamos en principio. Y con independencia de de la rapidez o lentitud que se ajusten los salarios al nuevo exceso de oferta, el empleo y las rentas laborales bajarán, deprimiendo más aún la demanda presente de bienes en el mercado de bienes.

En vez de permanecer en equilibrio en el mercado de bienes y producirse un desplazamiento hacía arriba y hacia el nivel de equilibrio del empleo en el mercado laboral, en realidad nos desplazamos del equilibrio en el mercado de bienes y todavía más de los niveles de equilibrio de empleo en los mercados de trabajo. En general cuando los ajustes de los precios no son instantáneos, y tiene lugar el “falso comercio” a precios de desequilibrio, podemos encontrarnos con facilidad con dinámicas desequilibrantes operando en mercados interconectados. Son condiciones suficientes para engendrar este tipo de dinámicas desequilibrantes las que siguen:

1) Un mercado debe estar en desequilibrio inicialmente (el segundo puede comenzar en equilibrio.

2) El precio del mercado en desequilibrio puede ajustarse, pero no debe ajustarse hasta llegar al equilibrio de modo inmediato de modo que cierta “contracción” se produce en un nivel de desequilibrio ( en el segundo mercado el ajuste puede ser instantáneo)

3) La curva de demanda en el mercado que comenzó en desequilibrio debe ser elástica.

Estas condiciones en muy gran medida plausibles pueden hacer surgir dinámicas de desequilibrio entre mercados que no hubieran desplegado ese tipo de dinámicas desequilibrantes descritas anteriormente por si mismas. En suma, aunque todos los manuales de economía explican como el comportamiento egoísta de los compradores y vendedores nos lleva a ajustes equilibrantes del precio siempre que haya exceso de oferta o de demanda en el mercado, prestan muy poca atención al estudio de las fuerzas desequilibrantes que son igualmente producto del comportamiento egoísta de los agentes, y que con frecuencia domina y somete a las fuerzas de equilibrio que Adam Smith hizo que cobraran fama hace más de dos siglos. Problemas de las políticas correctoras de los fallos de Mercado en la práctica.

Cuando se les recuerda los importantes supuestos necesarios que son inherentes a los teoremas fundamentales de la economía fundamental, y cuando no les queda otra que enfrentarse a las razones teóricas de creer que las externalidades, las estructuras mercantiles no competitivas y la dinámica de desequilibrio no son problemas ni precisamente triviales ni inusitados, los partidarios del mercado nos ofrecen distintas respuestas.

Existe cada vez una más clara cesura entre los “fundamentalistas” cuya influencia ha crecido significativamente en las últimas décadas, y los partidarios más pragmáticos del mercado que propugnan lo que llaman “mercados sociales”. El entusiasmo de los primeros ideólogos conoce pocos o ningún límite, y hacen oídos sordos a los supuestos necesarios en los teoremas fundamentales del bienestar y en el teorema de Coase. Como si no existieran.

Los pragmáticos reconocen que debemos “socializar” los mercados con políticas destinadas no sólo a reducir la inequidad, sino también a internalizar externalidades, someter a las prácticas monopolísticas, y contrarrestar las fuerzas desequilibrantes. Algunos de dichos pragmáticos son bien conocedores también de la visión de Polanyi acerca de la imposibilidad de que funcione un sistema de mercado sin apoyo institucional, que no se puede obtener mediante un sortilegio de la noche a la mañana, y también entienden que lo bien o mal que funcionen los mercados depende en gran medida de las instituciones sociales que los respalden.

No obstante, a mi juicio los que dan ese apoyo “con matices” a los “mercados socializados” ignoran muy convenientemente una serie de problemas prácticos que van surgiendo cada vez que nos ponemos a socializarlos. La labor correctora de las externalidades intimida a cualquiera, ya que son la regla más que la excepción. Como EK Hunt explicó muy bien:

“El talón de Aquiles de la economía del bienestar es su tratamiento de las externalidades… si se hace referencia a ellas, se pone el ejemplo típico de una fábrica que emite gases tóxicos pudiendo provocar enfisemas, cáncer de pulmón y otras enfermedades respiratorias a los habitantes que son desgraciados receptores de los mismos. Otro ejemplo que se pone es una operación minera a cielo abierto que deja una mácula indeleble en la campiña. El hecho es, no obstante, que en la mayoría de los millones de actos de consumo y producción en los que estamos inmersos constantemente se producen externalidades. En un sistema de libre mercado cualquier acción de un individuo o empresa puede constituir una externalidad. En una economía de mercado cualquier acción de un individuo o empresa que ocasione un placer o un perjuicio a cualquier otro individuo o empresa es una externalidad. Puesto que la inmensa mayoría de los actos de producción y consumo tienen un carácter social, esto es, hasta cierto punto implican a más de un individuo, se sigue lógicamente que implicarán externalidades. Nuestras maneras en la mesa, el aspecto de nuestra vivienda, nuestro patio o nuestra persona, nuestra higiene personal, la ruta que seguimos en una excursión, la hora del día a la que cortamos el césped, la práctica totalidad de los miles de actos corrientes y cotidianos, afectan todos, en cierta media, a los placeres o a la felicidad de otros. El hecho es que las externalidades son completamente omnipresentes”.

(Hunt 1980)

En la sección previa he intentado simplemente respaldar las afirmaciones de Hunt con argumentos teóricos que explican porqué las presiones competitivas que guían a los participantes en el mercado a ofrecer escasa resistencia a hacer valer su situación personal es propicia a conducirles igualmente a aprovecharse de partes externas por lo común desorganizadas. La creencia popular en que el teorema de Coase demuestra lo innecesario de la intervención estatal para corregir ineficiencias debidas a externalidades (ya que si los derechos de propiedad son claros, las transacciones privadas entre contaminadores y contaminados llevarán a resultados eficientes) está completamente equivocada.

El propio Coase (1960) afirmó explícitamente que sólo estaba tomando en consideración situaciones donde existía una única víctima. Más aún, Coase reconocía que en el momento en que existieran múltiples víctimas de la contaminación existirían costes de transacción y problemas de “free-rider” para las víctimas que con toda la probabilidad las excluirían de negociaciones como las que examinaba. Los que citan su teorema para atacar la intervención estatal ignoran convenientemente el supuesto fundamental de que sólo existe una víctima. Y lo que es más, lo que se revela cuando el análisis desciende más es que el denominado “teorema” descansa en la noción altamente improbable de que ambas partes de la negociación tendrán lo que los Teóricos de los Juegos llaman “información perfecta”, o sea que cada parte sabe no sólo como va a ser su propia curva de beneficio marginal o de perjuicio marginal, sino la pinta que va a tener la de su oponente. Cuando esto no es el caso cada una de las partes tiene incentivo para tangar a la otra de forma que probablemente lleve a resultados ineficaces. Como es rara vez el caso que un contaminador pueda saber cuánto ha dañado a una víctima o que una víctima conozca lo que realmente saca el contaminador de sus actos, concluir que las negociaciones privadas entre un contaminador y una sola víctima va a conducir a un nivel óptimo de polución no se sigue en general. En otras palabras cuando se examina con rigor, el Teorema de Coase nos da razones abrumadoras para creer que la mayoría de las externalidades quedarán sin corregir por negociaciones privadas entre los partidos afectados. O sea, justamente lo contrario de lo que dicen los ecologistas liberales.

Alfred Pigou demostró hace ya tiempo que es preciso implantar una tasa correctora para eliminar las externalidades negativas, del mismo modo que con las externalidades positivas lo indicado es un subsidio correctivo. Más a aún, Pigou nos enseñó que el subsidio o la tasa corretora tienen que ser fijados a igual nivel que la magnitud del efecto externo. ¿Pero cómo podemos saber la magnitud del efecto externo? Es difícil calcular un correctivo adecuado, ya que no existen procedimientos convenientes o fiables en las economías de mercado para evaluar en su magnitud concreta las externalidades. En este punto fundamental el mercado no nos ofrece mucha ayuda, forzándonos a recurrir a lo que inevitablemente serán medidas muy imperfectas. El método más común de evaluar la magnitud de las externalidades en las economías de mercado reside en la disposición a pagar y en la disposición de aceptar estudios de “valoración indirecta”.

Pero por desgracia estos estudios tienen sesgos archiconocidos que pueden ser explotados por intereses especiales, y los intentos de reducir el sesgo hipotético, aumentan necesariamente el “sesgo estratégico” y los atentos de disminuir el “sesgo del desconocimiento” aumentan necesariamente el “sesgo inherente”. Más aún, las valoraciones que se derivan de aceptar estimaciones de daños son en promedio cuatro veces superiores a las estimaciones que se derivan de la voluntad de pagar, incluso aunque, en teoría, deberían arrojar resultados más o menos iguales. Esto difícilmente engendra mucha confianza en la precisión de estas estimaciones indirectas en general, y concede a las partes interesadas grandes oportunidades para objetar las evaluaciones que les perjudican y para financiar estudios alternativos que den arrojen resultados muy distintos. Aunque entre los economistas son muy populares, se sabe bien que los estudios de “regresión hedonística” son por su propia naturaleza incapaces de aprehender dos categorías completas de externalidades (valor de existencia y valor de opción) lo que las torna inadecuadas para dar cuenta del rango completo de externalidades. Más aún, estos son sólo algunos de los problemas prácticos que conlleva evaluar las externalidades. Pues subyacen bajo estos problemas prácticos cuestiones más profundas relativas a aquello que se pierde de modo inevitable cuando intentamos cuantificar pecuniariamente los beneficios ambientales y cuando no conseguimos evaluar críticamente los orígenes de las preferencias que nuestras técnicas sustitutivas intentan evaluar. William Kapp y Gregory Hayden son dos de las personas que han llamado la atención sobre los problemas más fundamentales con los procedimientos convencionales empleados para dar cuenta de las externalidades. (Kapp 1950; Hayden 1983; 1988;2006; and Eberle and Hayden 1991.) Como están desigualmente dispersas por la matriz industrial, la tarea de corregir todo el sistema de precios para corregir los efectos directos e indirectos de las externalidades resulta todavía más intimidante. Incluso si las externalidades que conlleva producir un bien concreto pudieran estimarse de modo preciso, si las externalidades que conlleva producir (o consumir) los bienes que son a su vez insumos en la producción de otro bien no son también precisa, la teoría del “second best” nos advierte que la tasa Pigoviana que fijemos sobre el bien en cuestión puede muy bien alejarnos más que acercarnos a un uso eficiente de los recursos productivos. En el mundo real, en el que los intereses privados se anteponen a la eficacia económica, los beneficiarios de las tasa correctiva adecuadas están con frecuencia dispersos e indefensos, al menos si se los compara con aquellos que serán perjudicados por la tasa correctora.

Como explicó Mancur Olsen hace mucho tiempo en “La Lógica de la Acción Colectiva” esto hace francamente improbable que se ejecuten correctivos suficientes en la mayoría de los casos, incluso si fuera el caso que se pudieran calcular con exactitud. Un principio fundamental de la economía evolutiva es que las preferencias populares no “caen del cielo” sino que se forman y modelan a través de las instituciones sociales, sin exclusión de las más principales instituciones económicas. La famosa caricatura Vebleniana del “cálculo hedonista” iba dirigida a apuntarse este tanto. La convicción de que las preferencias y los valores se conforman a través de procesos sociales que precisan de un análisis previo en vez de tomarlas como “dadas” ha tenido un papel central en las contribuciones de luminarias como Gunnar Myrdal, John Keneth Galbraith y John Dewey en distintos campos del análisis económico.

Más recientemente, he defendido que si pensamos que las preferencias de los consumidores son endógenas, deberíamos esperar el grado de mala asignación que resulta de la predecible y no suficiente corrección de las externalidades que hace que la “bola de nieve” aumente su tamaño con el tiempo. (Hahnel 2001). En la medida en que las preferencias populares son endógenas aprenderán a ajustarse a los sesgos creados por las externalidades en el sistema de precios mercantil. Los consumidores aumentarán sus preferencias y su demanda de bienes cuya producción y consumo conlleva efectos externos positivos pero cuyos precios de mercado no reflejan dichos beneficios y son demasiado elevados.

En tanto que esta reacción, o ajuste, es racional desde un punto de vista individual es socialmente contra productiva e ineficaz puesto que conduce a una cada vez mayor demanda de bienes que los sistemas de mercado ya producen en demasía, y a cada vez menor demanda de bienes que los mercados no producen hoy en día lo suficiente. Como la gente tiene más posibilidades de ajustar en periodos prolongados de tiempo, el grado de ineficacia de la economía crecerá o la bola de nieve aludida se hará más grande. Un riguroso modelado de las preferencias endógenas nos ayuda a clarificar el dispositivo a través del cual los sesgos institucionales afectas las preferencias que escogerá desarrollar la gente y que preferencias no escogerán igualmente desarrollar, y así se aprehende la dinámica sutil de la auto-corrección individual racional que pienso que supone una parte crucial del núcleo de la perspectiva de la economía evolutiva. En teoría, la ineficiencia debida a las estructuras mercantiles no competitivas puede resolverse dividiendo las empresas más grandes, a través de las políticas de defensa de la competencia. Pero a veces hay muy buenas razones para no hacerlo. Cuando hay economías de escala tecnológicamente significativas que no pueden ser replicadas por empresas más reducidas, la pérdida de eficacia tecnológica puede ser mayor que la ganancia en eficacia de asignación que se consigue dividiendo empresas grandes para incentivar la competición mercantil. Lo que sucede también es que en muchos casos las empresas enormes no son divididas incluso cuando no hay razones económicas legítimas para dejar de hacerlo. No se dividen simplemente debido a que estas empresas tienen gran influencia política y presionan el sistema político para que les permita continuar con sus prácticas tan rentables como socialmente ineficaces.

Por desgracia la política de defensa de la competencia está declinando seriamente en los Estados Unidos puesto que sus adversarios defienden, con cada vez mayor éxito, que el fracaso de otros gobiernos nacionales para llevar a cabo estas mismas políticas restringen la capacidad del gobierno americano para someter a estas corporaciones a políticas antimonopolio rigurosas sin que se limite al mismo tiempo la capacidad de competir con los mastodontes extranjeros de las empresas americanas. Una alternativa a la política antimonopolio es regular el comportamiento de las empresas mayores en ramas industriales no competitivas. Esta política también por desgracia está de capa caída, puesto que las agencias reguladoras son cada vez más frecuentemente “capturadas” por las compañías que se supone deben regular y convertidas en vehículos de promoción de objetivos industriales.(Munkirs 1985). Existen políticas bien conocidas para mitigar las ineficiencias de los desequilibrios mercantiles. Tanto políticas fiscales como monetarias pueden emplearse para estabilizar los ciclos económicos. La planificación indicativa y la política industrial puede emplearse para eliminar los desequilibrios entre los sectores de la economía. La regulación del cambio exterior y de los mercados financieros que son particularemente propensos a las burbujas y a los cracs son siempre una cierta mejora sobre la reparación ex post facto de perjuicios ocasionados consistentes en su mayoría en rescates de poderosos intereses económicos que además son los mayores responsables de los problemas creados en los mercados. Por desgracia también, dichas políticas ya no son vistas favorablemente en las dos últimas décadas, no sólo por los liberales sino también entre los “Nuevos Demócratas” en los Estads Unidos y entre los socialdemócratas de la llamada Tercera Vía en Europa.

Tanto las economías nacionales como la economía global han experimentado enormes pérdidas de eficiencia económica como resultado de ello. Por que los mercados socavan los lazos que nos unen.

En realidad lo que los mercados nos dicen es: los humanos no podéis coordinar conscientemente vuestras relaciones económicas interrelacionadas de un modo eficaz, así que mejor no lo intentéis siquiera. No podéis llegar a un acuerdo equitativo entre vosotros, así que mejor ni lo intentéis. Dad gracias a los Cielos de que hasta una especie tan desesperanzadamente patética como la vuestra pueda beneficiarse de la división del trabajo, gracias al milagro del mercado. En realidad los mercados son una decisión de “especular” en el juego de las relaciones económicas humanas, un voto de no confianza en las capacidades sociales de la especie humana. Y si ese mensaje cotidiano no resultara ya bastante descorazonador, los mercados concentran nuestra capacidad y energía creativas en impedir que otras personas amenacen nuestro modo de vida. Los mercados nos sobornan con la tentación del lujo por encima de lo que otros pueden tener y por encima de lo que sabemos que merecemos.

Los mercados recompensan a los que son más eficaces en aprovecharse de su prójimo, y penalizan a los que insisten, ilógicamente, en seguir la regla de oro, “haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti”.

Por descontado, siempre se nos dice que podemos beneficiarnos personalmente en un sistema de mercado siendo de ayuda a otros. Pero sabemos también que con frecuencia podemos beneficiarnos con más facilidad aprovechando la situación de otros. La compasión, la empatía y la solidaridad son apéndices de las capacidades humanas y emotivas en las economías de mercado, y como el apéndice, cada vez se atrofian más. Pero no se tiene uno que fiar de la palabra de un abolicionista mercantil como yo en esta materia.

Samuel Bowles, que apoya con decisión un mercado “socializado”, nos ofrece un testimonio elocuente de este fracaso de los mercados. Los mercados no sólo asignan recursos y distribuyen la renta, también modelan nuestra cultura, malogran o demoran formas deseables de desarrollo humano, y apoyan una estructura de poder bien definida. Los mercados son tanto instituciones políticas y culturales como lo son económicas. Por esta razón, el análisis de eficacia estándar es insuficiente para decirnos cuando y donde los mercados deben asignar los bienes y cuando deben emplearse otras instituciones. Incluso si las asignaciones del mercado nos dieran un resultado “Pareto” óptimo, e incluso si se pensara que la distribución resultante de la renta fuera equitativa (que son dos sis muy grandes) el mercado todavía llevaría al fracaso si apoyara una estructura de poder no democrática y si fomentara o recompensara la codicia, el oportunismo, la pasividad política y la indiferencia hacia el prójimo. La idea centra aquí es que en nuestra valoración de los mercados (lo que incluye el concepto de fallo de mercado) debe extenderse a incluir los efectos de los mercados tanto en la estructura de poder como en el proceso de desarrollo humano. Como los antropólogos llevan recalcando largo tiempo, como regulamos nuestros intercambios y coordinamos nuestras relaciones económicas dispersas influye en el tipo de personas en que nos convertimos.

Los mercados pueden considerarse como decorados sociales que desencadenan tipos particulares de desarrollo particular y penalizan otros. La belleza del mercado, dirán algunos, es precisamente esa: funciona bien incluso si las personas son indiferentes hacia el prójimo. Y no requiere de una complejo comunicación o incluso de mutua confianza entre sus integrantes. Pero ese es también el problema. La economía, sus mercados, lugares de trabajos y otros lugares, son una escuela gigantesca. Recompensa o anima el desarrollo de ciertas destrezas y actitudes en tanto que otros potenciales se disminuyen o atrofian.

Aprendemos a funcionar en ese entorno, y así nos convertimos en algo en lo que no nos hubiéramos convertido con otro decorado. Al economizar rasgos de gran valor (solidaridad, empatía, capacidad para la comunicación compleja y la decisión colectiva, por ejemplo) los mercados se afirma que capean con la escasez de estos rasgos tan dignos. Pero a largo plazo los mercados contribuyen a erosionarlos e incluso a hacerlos desaparecer. Lo que parece una obstinada adaptación a las flaquezas de la especie humana puede ser, de hecho, parte importante del problema. (Bowles 1991, 11-13)

Los mercados corruptores de la democracia.

Confundir la causa de los mercados con la causa democrática resulta cuanto menos portentoso cuando se confronta con las pruebas abrumadoras de que el jubileo del mercado ha desorganizado grandes segmentos del cuerpo político mundial. La cusa de la democracia económica no se sirve cuando los MBA´S treintañeros de la compañías financieras multinacionales que negocian en moneda extranjera, en bonos y en activos en sus oficinas de Londres y Nueva York afectan a las vidas de gente normal y corriente que sudan en las economías del tercer mundo mucho más que sus líderes políticos electos. En primer lugar los mercados socavan más que promueven la clase de rasgos humanos que le son fundamentales al proceso democrático. Como Bowles explica: “Si el gobierno democrático es un valor, parece razonable promover instituciones que desencadenen el desarrollo del pueblo en la manera en que sea más probable que apoyen instituciones democráticas y sean capaces de funcionar eficazmente en un entorno democrático. Entre estos rasgos que muchos estudiosos de la materia consideran esenciales son la capacidad para procesar y comunicar información compleja, tomar decisiones colectivas y la capacidad para sentir solidaridad y empatía con el prójimo. Como hemos visto, los mercados pueden aportar una tierra hostil y poco fértil para el cultivo de estos rasgos humanos. La solidaridad es más probable que florezca en un entorno en el que las relaciones económicas son constantes y personales, más que fluctuantes e impersonales: a allí donde una preocupación por las necesidades de los demás es parte integral de las instituciones que rigen la vida económica. Las destrezas de tomas de decisiones complejas y del procesado de información que se precisa de un moderno ciudadano democrático no es probable que sean muy desarrolladas en los mercados. (Bowles 1991, 16) En segundo lugar, los más ricos en general se benefician más que los menos ricos de los intercambios mercantiles libres incluso cuando los mercados son competitivos. La liberalización económica engendra una gran concentración de la riqueza, y en sistemas políticos en los que el dinero te da ventaja lleva indirectamente también a la concentración del poder político. Los que siguen engañándose a si mismos (y a otros) en relación con el carácter nutricio de la democracia de los mercados ignoran la sencilla verdad consistente en que los mercados tienden a agravar las disparidades de renta y poder económico, y se concentran en vez de ello en efectos menos importantes. Es cierto que la extensión de los mercados puede cuestionar el poder de la elite tradicional, pero ello no implica que los mercados conseguirán que el poder este más equitativamente repartido y la democracia se fortalezca. Si los viejos obstáculos para la democracia económica se suplen con nuevos, más poderosos obstáculos en las personas de los Directivos de las corporaciones internacionales y de los bancos, de los nuevos Mandarines globales en el Banco Mundial y en el FMI, y en los miembros el NAFTA (Tratado Norteamericano de Libre Comercio) y en la OMC, y si esta nueva elite está aislada más eficazmente de la presión popular de sus antecesores, no será precisamente la causa de la democracia a la que se sirva. La teoría de que los mercados promueven la democracia nace de la interpretación dominante de la moderna historia económica en la que, vista la simultánea extensión de los mercados y de la democracia política, se supone que los primeros causaron la última. Es para sorprenderse muy poco que tal vez la que constituya la institución social más intrusiva en la historia humana, haya obstaculizado los antiguos obstáculos precapitalistas al gobierno democrático. La cuestión no radica en si los mercados socavaron y destruyeron viejas estructuras de dominación (lo que sin duda, hicieron) sino si los nuevos patrones de dominación económica que traen los mercados apoyan o van en detrimento de las aspiraciones democráticas. Soy más escéptico que las interpretaciones mainstream respecto al hecho de que los mercados merezcan tanto mérito respecto a la emergencia de la democracia política en Europa. Esta interpretación supone quitar mérito a los europeos que pelearon denodadamente contra la monarquía y los señores en los siglos 17, 18 y 19, a los europeos que lucharon por el sufragio universal en los siglos 19 y 20 y a todos los que pelearon contra el fascismo en el siglo XX. Pero una refutación digna de esta tesis de que debemos los avances democráticos al ascenso del sistema de mercado me llevaría lejos de mi campo, y precisaría de más conocimientos históricos de los que soy consciente de poseer.

Valores comerciales vs Cooperación equitativa

El malestar con la comercialización de las relaciones humanas es tan antiguo como el comercio mismo. La expansión de los mercados en el siglo XVIII en Inglaterra llevó a Edmund Burke a la siguiente reflexión: “La edad de la caballería se ha marchado para siempre. La edad del cálculo de los sofistas y de los economistas está ya sobre nosotros, y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre “(citado en Arrow 1997,757). Thomas Carlyle (1847, 235) advertía: “Nunca en esta tierra, la relación de de hombre a hombre se basaba sólo en los intereses comerciales. Si, en cualquier momento, esa filosofía de laissez-faire, de la competencia y de la oferta y la demanda constituye el máximo exponente de los derechos y de las relaciones humanas, esperemos que termine pronto”. Y, por supuesto, en todas su críticas del capitalismo, Karl Marx se quejó de que los mercados poco a poco lo convierten todo en una mercancía y, en el proceso, se corroen los valores sociales y se socava el valor de la comunidad: “[Con la expansión de los mercados] llegó un momento en que todo lo que la gente ha considerado como inalienable se convirtió en un objeto de cambio, de tráfico, y podía ser enajenado. Este es el momento en que las mismas cosas que hasta entonces había sido comunicadas, pero nunca intercambiadas, dadas, pero nunca vendidas, adquiridas, pero jamás compradas – la virtud, el amor, las convicciones, el conocimiento, la conciencia, etc -, el momento en el que todo, en fin, ha pasado a ser mercancía vendible. Este es el momento de la corrupción general, de la venalidad universal… no han quedado más nexos entre los hombres que los del desnudo interés y la insensible contabilidad. (Marx, 185, Capítulo 1, Sección 1) Más recientemente, Robert Kuttner (1997) ha lamentado el hecho de que el mercado de trabajo está convirtiéndose todavía más en un mero mercado:

“La mayoría de nosotros reconocemos el trabajo como fuente central de nuestra identidad y como nuestro medio de vida, como una iniciación valorada (o lamentada) y a veces, como una vocación. Pero hoy, con las reducciones de plantillas, la subcontratación, las Opas, las deslocalizaciones, y el trabajo temporal, se está transformando el mercado de trabajo en un mercado como otro cualquiera donde los clientes (empleadores) compran mano de obra sólo en la medida en que la vayan necesitando “, y Margaret Jane Radin. (1996) ha argumentado que el tratamiento de todas las actividades como una mercancía es profundamente ofensivo a un cierto nivel para todos nosotros. Su libro recibido atención suficiente para provocar la respuesta nada menos que de Kenneth Arrow en el Journal of Economic Literature (Junio de 1997) a lo que llamó la “crítica más vetusta del pensamiento económico.” Como Arrow las presenta, tanto las inquietudes de Radin como sus recomendaciones no son para preocuparse demasiado: “Su objetivo está relacionado con el de los críticos del siglo XIX, aunque quizás es un poco diferente al de ellos. Se dedicaron fundamentalmente a las relaciones sociales, pues pensaban que el mercado estaba en teoría y en la práctica reemplazando todas las relaciones sociales anteriores. Radin se inserta un poco más en el espíritu del individualismo. Su preocupación es que las acciones que son esenciales para la afirmación de la identidad personal son abatidas por el dominio del mercado. . . . Una parte básica de su enfoque es la noción de “mercantilización incompleta,” el reconocimiento de que alguna forma de comercio siempre es necesaria, pero con restricciones de uno u otro tipo. (Arrow, 1997, 758) La respuesta a su preocupación y a su sugerencia fue contundente: “El mercado no es algo que uno tenga que entrar. Un equilibrio en el margen es un resultado perfectamente razonable incluso en condiciones de plena conmensurabilidad y fungibilidad “(Arrow 1997, 761)

Sin embargo, es mentira que los individuos son libres de participar o no en los mercados. Si el acceso a los frutos de la cooperación económica está disponible sólo a través de la participación en los mercados, aunque sea cierto que cualquier persona puede elegir ser un paria, lo hace a un gran costo personal. ¿Cuántos de nosotros, que vivimos en una economía de mercado se van a negar a comprar y vender? La crítica clásica más importante de los mercados, consiste en la objeción a la organización de la cooperación económica de un modo que no sólo es desagradable y degradante personalmente – nos priva de nuestra “personalidad”, como dice Radin – sino que además agria innecesariamente las relaciones humanas. Ello es motivo para pedir a los demás que entren en razón y se unan en la búsqueda de una forma diferente de organizar la cooperación económica. En los términos en que Arrow seguramente los entiende, los mercados son una cuestión de elección social, no individual, y como todas las instituciones sociales, los mercados ofrecen incentivos que promueven algunos tipos de comportamiento y disuaden de otros. En esencia, lo que cualquier institución económica hace es reducir los costos de transacción que conlleva participar en ciertos tipos de comportamiento económico. Pero como vimos anteriormente, mientras que los mercados reducen los costos de transacción para las partes contractuales, los mercados permiten costes de transacción formidables para los actores externos que buscan también expresar su interés colectivo. En otras palabras, los mercados están sesgados a favor de las negociaciones entre contratantes individuales, y en contra de las negociaciones colectivas entre varias partes, lo que lleva a una ineficacia previsible. Por otra parte, ya que las formas de interacción que promueven son mezquinas y antagónicas, y las formas de cooperación que se desaconsejan son respetuosas y empáticas, el perjuicio causado a las relaciones humanas está lejos de ser trivial. Conclusión El grado de ineficiencia en la asignación debido a las externalidades es importante. Los correctivos de Pigou son, probablemente, una quimera. Los precios cada vez divergen más de los verdaderos costes de oportunidad sociales puesto que los consumidores individuales, cuyas preferencias son endógenas hasta cierto punto, ajustan racionalmente sus deseos para ajustarse a sesgos insitucionales significativos en el sistema de mercado. Las pérdidas de eficiencia son potenciadas a medida que los mercados de bienes se vuelven menos competitivos, sin ningún signo de políticas de defensa de la competencia eficaces o de regulaciones válidas a la vista. Y, como la regulación financiera y las políticas de estabilización e industriales han pasado de moda, las pérdidas de eficiencia debido a los desequilibrios mercantiles aumentan todavía más. En suma, en los albores del nuevo milenio el pie invisibles le está comiendo la tostada a la mano invisible todos los días. Mientras tanto, el mercado sigue capacitando a los que están en mejor situación con respecto a los que están peor – socavando la democracia económica y política – y los sesgos antisociales y los incentivos propios del sistema de mercado continúan quebrantando los tenues hilos que nos unen unos a otros.

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