Historia secreta liberal (I)

liberal.

(Del lat. liberālis).

1. adj. Generoso, que obra con liberalidad.

Diccionario de la Real Academia Española. Todos los derechos (por supuesto) reservados.

Con esta nota iniciamos una serie entradas en honor al estilo de Procopio, a fin de recoger citas de teóricos y anécdotas o detalles curiosos de la historia del liberalismo que, curiosamente, algunos de sus más encarnizados defensores parecen desconocer o eligen olvidar. Esperamos que, gracias a las bibliotecas, a Internet y al inagotable ingenio de ciertos personajes de la otra acera ideológica, la serie sea al mismo tiempo prolongada, instructiva y desternillante (al menos para los que del humor negro gusten).

En este caso creemos que el Presidente norteamericano Grover Cleveland, que tendrá el sedicente honor de iniciar esta antología, y que sus modernos correligionarios de Mises.org consideran “el último presidente que puede considerarse afín al liberalismo clásico” pecó más que candor que de malicia, y Dios le tenga en su gloria, a él y a su encantadora esposa (antes su tutelada, pero oigan, si hacen una búsqueda en google imágenes comprobarán que hay tuteladas que merecen que más de cerca se las tutele)

El liberalismo es una doctrina política de elevados principios. Confía en el ser humano, en su autonomía, en su solidaridad, en su amor propio, en su emprendimiento, en su confianza en sí mismo. Sí, puede que el orondo presidente norteamericano Cleveland pudiera parecer a algunos un hipocritón cicatero y despreciable en toda la peyorativa extensión de los adjetivos. Puede que  espíritus mezquinos  en los que la envidia excede la falta de capacidad  no comprendan lo difícil que es resulta ayudar a la gente a mantener su “fortaleza de carácter” mientras te atracas en la Casa Blanca y cobras un sueldazo como presidente.

Como scripta manent y hoy oímos y leemos argumentos parecidos, ahí va esta pequeña traducción de uno de los vetos presidenciales más notables de la historia:

“A la Cámara de Representantes:

Vuelvo ante ustedes sin prestar aprobación a la iniciativa legislativa de la Cámara número 10203, titulada “Ley para facultar al Comisario de Agricultura para realizar una distribución especial de simientes en los condados azotados por la sequía de Tejas, asignando una partida del Tesoro al efecto”.

Se expone que se ha dado una sequía extensa y prolongada en ciertos lugares del Estado de Tejas, que ha dado lugar a que se malogren las cosechas con el sufrimiento y pobreza anejos.

Si bien ha habido algunas diferencias en las declaraciones que atañen a la extensión de las necesidades populares en las localidades afectadas, no parece haber duda alguna de que existen condiciones que requieren auxilio; y estoy dispuesto a creer que, con independencia de la ayuda que ya ha sido prestada, una donación de simientes a los granjeros de esta región, para permitirles sembrar nuevamente, serviría para evitar que sus desafortunados padecimientos pudieran continuar o regresar.

Y sin embargo me veo obligado a retirar mi aprobación del plan tal y como está propuesto en esta ley, al permitir que un sentimiento benévolo y caritativo suponga la asignación de fondos públicos para tal fin.

No puedo hallar ninguna autorización para tal apropiación en la Constitución, y no creo que las competencias y los deberes del gobierno federal deban extenderse al alivio de padecimientos individuales que de ninguna manera están propiamente relacionados con el servicio público o sus beneficios. La tendencia prevaleciente a no tomar en consideración el carácter limitado de estos deberes y competencias debe ser resistida con firmeza, con el fin de que se aprenda la lección de que si bien la gente debe sostener al gobierno, el gobierno no debe sostener a la gente.

Siempre se puede confiar en la amabilidad y caridad de mis paisanos para aliviar los padecimientos de sus conciudadanos en desgracia. Esto ha sido demostrado repetidamente y en especial en los últimos tiempos. Las medidas federales de ayuda en tales casos animan las expectativas de un paternalismo improcedente por parte del gobierno y debilitan la fuerza de carácter de nuestros nacionales, al tiempo que evitan que nuestro pueblo abandone ese generoso sentimiento y conducta que fortalece los vínculos de la hermandad común.

Conozco personalmente que ya se ha prestado auxilio individual, en cierta medida a las personas que han sufrido y que se mencionan en la proposición de ley. El hecho de no proceder a la asignación de esos 10.000 dólares adicionales para atender a sus necesidades restantes, no resultará necesariamente en una miseria continuada si esta emergencia se da a conocer plenamente a nuestro pueblo.

Se sugiere aquí que el Comisario de Agricultura ya es instruido anualmente para gastar una enorme suma de dinero para la propagación, adquisición y distribución de semillas y otras cosas similares, dos tercios de las cuales, tras la petición de los senadores, representantes y delegados en el Congreso, les son entregadas para su distribución entre sus representados.

La asignación del presente ejercicio para este fin es de 100.000 dólares, y probablemente no será menos que la apropiación para el año siguiente. Entiendo que una enorme cantidad de grano se entrega para tal distribución, y se supone que esa distribución gratuita entre sus vecinos es un privilegio que puede ser dispensado por nuestros senadores y representantes.

Basta con que soliciten al Comisario de Agricultura que envíe sus porciones de grano que les han sido asignadas, a los sufridos granjeros de Tejas, para que puedan sembrar sus simientes; los representados, para los cuales en teoría se asigna el grano, pueden bien soportar esta privación temporal, y los donantes experimentarán la satisfacción aneja a los actos de caridad”.

Fin de la cita, como diría nuestro simpar presidente, Don Mariano Rajoy Brey, de afilada ironía y altiva estirpe.

Aunque el texto se comenta solo, notemos varias cosas:
-El fundamento racional (por llamarlo de algún modo) del veto presidencial, es, como cualquiera podrá ver, que la gente no se acostumbre a que el Estado le resuelva sus problemas. Pero en este caso no se trata de que uno emprenda una actividad económica e igual que se beneficia si gana, asuma las consecuencias si pierde. No. Estamos hablando de una catástrofe natural, un acontecimiento imprevisible que nada tiene que ver con la precaución, capacidad o valentía de los sujetos que lo padecen.  El señor Grover Cleveland considera que el Estado no debe ocuparse de esas cosas, que deben dejarse a la caridad privada. Lo contrario sería entumecer la notable fortaleza de carácter que por lo visto poseía “el pueblo americano”. Sin embargo, recibir la caridad ajena (cuando se recibe) y tener que soportar los sermones morales que suelen ser anejos puede que no sea especialmente conducente a fortalecer el espíritu. Parece que tal aspecto de la cuestión se le escapaba al Señor Presidente.
Por otro lado, después de todo, el señor Grover Cleveland si que consideraba que había que gastar dinero público en ocasiones para sacar de apuros a la gente. Al menos a cierta gente. De no ser así, probablemente no hubiera enviado al ejército (a un coste para los sufridos contribuyentes entendemos que superior a 10.000 dólares, ahora como en la época, cantidad por demás insignificante) a reprimir  la Huelga contra Pullman, donde fueron muertos 30 obreros y heridos más de 60. Uno podría pensar que el industrial podría haberse defendido solito y sin ayuda del Estado. Parece que en este caso nadie se preocupaba por la fibra moral del señor Pullman, tal vez, si no somos demasiado mal pensados, sí por las pérdidas de su compañía.
Dice el Señor Cleveland que si los ciudadanos, el pueblo, deben sostener las cargas del gobierno, este no debe ayudar a los ciudadanos. Ya vemos que siempre hay excepciones, pero, ¿por qué estás cargas se reducen a la defensa de la propiedad privada (y no de la de todos)? ¿Por qué debe contribuir al sostenimiento de estas cargas alguien que no posee propiedad privada de nota y no necesita defensa alguna?
Por otro lado (y esto entronca con la situación actual) ¿no es tal vez demasiado fácil hablar del problema de convertir en inmaduros infantes a gente que padece, y mucho,  desde un cómodo sillón presidencial y una mesa provista de todo? ¿Pensaría igual el señor presidente o todos los señores presidentes que en el mundo son, si en vez de estar bien protegidos y comer de lo fino, tuvieran que sufrir sus propias prédicas morales y las medidas que aprueban? ¿Sus retajadas serían iguales si afectaran a sus salarios o a otras partes que, quien sabe, quizás algún día sean más íntimas?
Señores, en atención a la nacionalidad del inaugurado, y a la gloriosa lengua de Shakespeare: we rest our case. El liberalismo siempre ha sido especialmente generoso y poco cicatero, al menos por lo que a las porras se trata.

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