Albert Rivera, los CIEs y las propuestas específicas

Si se puede hablar de un fenómeno político televisivo en lo que va de año, éste es sin duda el debate entre Albert Rivera y Pablo Iglesias en el programa Salvados del domingo pasado. A todo el hype mediático (como dicen los estadounidenses) construido alrededor de los dos personajes políticos, se había sumado la resaca de las elecciones catalanas y el consabido coleteo del Procés, el resultado fue digno de récord: 5,2 millones de espectadores y un 25,2% de share.

En las pantallas de la Sexta pudimos ver lo que se asemejaba al debate electoral entre candidatos a Presidente del Gobierno de Mundo Bizarro: era casi, casi, un debate de esa envergadura, pero no. No comparto la opinión de quien ha querido ver en el debate una mera reedición del viejo PSOE vs. PP con unas cuantas décadas de menos. Aunque concedamos que la política no es boxeo, sino ajedrez, creo que el debate que vimos sí que fue un combate pugilístico de mesa de bar entre candidatos de los “dos partidos medianos” que intentaban caminar por un sendero lleno de espinos de dos tipos.

De un lado, la dificultad de saberse representantes de un partido que no es el favorito en las encuestas, pero a la vez no aparecer como escuderos de ningún primo mayor. En ningún momento dio la sensación de que Iglesias estaba avanzando la defensa de un hipotético bloque de izquierdas que se conformaría tras el 20-D junto al PSOE, ni Rivera cerraba filas nacionales junto al Partido Popular. El ser percibido como un partido muleta de uno de los dos mayoritarios es, pura y llanamente, algo que se halla totalmente excluido de la estrategia política de ambas formaciones. Las dos juegan con la idea de renovar o regenerar la política, y beben del hartazgo de muchos ciudadanos con los partidos establecidos. Presentarse como un mero Pepito Grillo de un partido al que es potencial votante ha retirado su confianza es un suicidio electoral.

El otro grupo de espinos que ambos candidatos intentaban sortear era el de parecer encarnizados adversarios. Desde una escena pre-debate con una charla coloquial sobre temas personales, hasta guiños aparentemente amistosos recíprocos, ni Rivera ni Iglesias querían presentarse en las pantallas como acuchilladores del enemigo político. La imagen era de una conversación en el que los dos contertulios estaban preocupados por el futuro de su país y compartían objetivos, pero no la forma de llegar hacia ellos. Aún así, Iglesias fue bastante más blando que Rivera, incluso bromeando que podrían llegar a presentarse juntos. El catalán, por su parte, lanzaba derechazos contra la mandíbula del de Vallecas, con sus veladas acusaciones de ser un “utópico”, de prometer cosas que sus “expertos que sabían más que él del tema” le habían aclarado que eran “imposibles”.

De hecho, tanto Iglesias como Rivera contraponían dos esquemas políticos diferentes, que a la vez intentaban que fuese lo menos aparentemente opuestos posible: ambos

Y ésta es una de las cosas que más me ha sorprendido de leer algunos análisis posteriores al debate: el ver a bastante gente convencida de que, mientras Iglesias parecía no mojarse en ciertos temas o lanzaba propuestas vagas y un tanto soñadoras, Rivera presentaba ideas concretas, programas detallados y milimétricos. Porque esa idea, a juzgar por lo que se dijo en el programa, simplemente no es cierta.

CIEs y Derechos Humanos

Pongamos el ejemplo de las preguntas directas que Jordi Évole lanzó hacia el final del programa. En una de ellas se dirigió a ambos candidatos, interesándose por saber si cerrarían los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs), unos centros públicos donde se retiene a aquellos extranjeros sometidos a procesos de expulsión de nuestro país. A efectos prácticos, son cárceles en todo menos el nombre, donde los internos pueden acabar por cometer meras faltas administrativas (como no tener la documentación en regla).

Dicha situación de privación de libertad, en combinación con el perfil de situación socioeconómica baja de muchas de las personas que suelen acabar internos en estos centros, su origen étnico y la falta de transparencia de los mismos, son un cóctel que facilitaría para muchas personas, la comisión de numerosos abusos o violaciones de derechos humanos por parte de los agentes asignados a ellos.

Pues bien, ante la pregunta de Évole sobre si, en caso de llegar al Gobierno, alguno de los dos cerraría dichos CIEs, Iglesias contestó que “sí”. Rivera, que “garantizaría que se cumpliese los Derechos Humanos en ellos”. Y exactamente ¿dónde está la concreción en esa respuesta? Al margen del debate que hiciera Iglesias, o de la postura que sostuviera respecto a los CIEs, lo que está claro es que Rivera no aclaró nada sobre esa cuestión.

Si las denuncias de violaciones de Derechos Humanos que recaen sobre una institución para-penitenciaria se fundamentan precisamente en la misma existencia de esta institución y el riesgo que tras sus muros se genera, decir que uno “garantizará que se cumplan los Derechos Humanos en ellos” no es decir nada específico. Uno puede estar en desacuerdo con la decisión de cerrarlos, pero es innegable que, ante el conflicto que subyace entre Derechos Humanos y política migratoria, cerrar los CIEs constituye, como mínimo, una propuesta concreta. Decir que uno “garantizará los Derechos Humanos” en los mismos es como decir que uno “hará que todo el mundo sea bueno y feliz”. Un objetivo muy loable y con el que todos estaremos de acuerdo, pero que no explica cómo vamos a llegar hasta ahí.

Y ésta es una constante de Ciudadanos por boca de Albert Rivera: la indefinición en numerosos detalles que pintan una imagen muy atractiva para ex-votantes del PP y del PSOE que se sienten reconfortados con la narrativa de que los tecnócratas que traerá Ciudadanos nos salvarán de todos los males. Como si el Gobierno del Partido Popular de Aznar no hubiera contado con sus numerosos tecnócratas que no supieron avistar que estaban generando una economía con pies de barro. Los ejemplos son numerosos: la derogación de la Ley Mordaza (derogarán “la mayoría de artículos”, no se sabe cuáles dejarán en vigor, igual sólo te amordazan a ratos), la implantación del despido único para un solo contrato indefinido (¿a qué cuantía de indemnización por despido improcedente? ¿Sin variación en tipología contractual ni siquiera cuando sea necesario por circunstancias de la producción o estacionalidad del sector?), la oposición de Rivera a la reforma laboral del Partido Popular (¿a qué en concreto? ¿En qué sentido, por abusiva o por poco “flexibilizadora”?).

El problema es que el diablo está en los detalles. Pero hay que reconocer que Ciudadanos lo está sabiendo hacer bien: de ese diablo, probablemente no oiremos hablar hasta bien pasado el 20 de diciembre. Buena estrategia para ganar.

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