La narración clásica sobre el desempleo

Si hay una nación que tiene un serio problema estructural con el empleo ésa es España.

El registro histórico de desempleo es simplemente desolador. Desde finales de los años 70, solo durante un breve interludio, asociado a la burbuja inmobiliaria que siguió a nuestra entrada en la moneda común, conseguimos que la tasa de desempleo llegara a tener menos de dos dígitos en porcentaje sobre la población activa. Si tenemos en cuenta que, además, la población activa es de las más bajas de los países de la OCDE la magnitud de la tragedia resulta aún mayor. Más desolador es constatar que las élites empresariales y políticas de este país no tienen ningún interés en resolver el problema. Inquieta reconocer que la democracia española ha sido incapaz de generar el pleno empleo. Salvo los nacidos antes de los años 60, prácticamente nadie en este país ha conocido una situación de pleno empleo. Quien más quien menos ha experimentado dificultades para incorporarse al mercado de trabajo, episodios más o menos duraderos de desempleo y condiciones laborales cada vez más degradadas; salvo que haya conseguido aprobar unas oposiciones, esté muy bien conectado o tenga unas habilidades y competencias muy demandadas por el mercado.

Tasa de paro serie histórica

Ilustración 1.Elaboración propia a partir de datos de la población activa del INE (desde 2000) y fuentes diversas para años anteriores. Nota: hay cambios metodológicos a lo largo de la serie histórica que no he tratado de resolver.

¿Qué explica nuestra incapacidad histórica para resolver el problema del desempleo?

La narrativa convencional hunde sus raíces en la teoría económica clásica que resucitó a partir de los años 70 con la formulación conocida actualmente como neoliberalismo. John Maynard Keynes, en la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero[i], resume la teoría clásica del desempleo tal como la había explicado el Profesor Arthur Pigou[1], quien, según su entender, tenía el mérito de haber hecho la formulación más completa y explícita de todos los autores neoclásicos. Según esta teoría el salario es igual al producto marginal del factor trabajo, es decir equivale al valor que dejaría de producirse si el trabajo se redujera una unidad. Contrátese un trabajador más y las empresas perderán porque el producto de ese recurso adicional no cubrirá el coste incremental. Contrátese uno menos y el empresario perderá la oportunidad de ganar un poquito más. La premisa de los clásicos es que todos los procesos productivos tienen rendimientos marginales decrecientes, es decir, que se saca menos producto por cada recurso añadido. Existe pues una relación inversa entre salario y la cantidad de trabajo que los empresarios estarían dispuestos a ofertar.

Por otra parte, la utilidad del salario para un determinado volumen de empleo debe ser igual a la “desutilidad” marginal de esa cantidad de empleo. El término desutilidad es un poco críptico y es ciertamente difícil de medir pero vendría a equivaler al coste que tiene para el trabajador aceptar un empleo. Acudir a trabajar implica renunciar a tiempo de ocio y otras incomodidades además de costes de transporte y de cuidados de familiares durante la ausencia del trabajador. Si el sueldo no es suficientemente elevado a un trabajador puede no interesarle acudir a trabajar. Es decir, puede que la utilidad de trabajar, el salario neto, sea inferior a la desutilidad, en cuyo caso habrá trabajadores que se retirarán del mercado y viceversa. Según los clásicos habría un determinado volumen de empleo de equilibrio en el que el salario igualaría la desutilidad del trabajo. Una hora trabajada de más tendrá una desutilidad mayor que la utilidad que aporta y por tanto al trabajador no le interesará ofrecerla. Una hora trabajada de menos y la desutilidad de trabajar sería inferior al salario y por tanto al trabajador le interesará ofrecer sus servicios al mercado pues aún puede ganar productividad neta. La función de utilidad del trabajo gobernaría la oferta de empleo.

Para los neoclásicos la economía tiende al equilibrio automáticamente. En algún punto se igualarán las funciones del producto marginal del factor trabajo (la demanda de empleo) y la de utilidad del trabajo de tal forma que para un determinado salario el volumen de empleo demandado por los empresarios igualará al volumen ofertado. Por eso los clásicos consideraban que, en condiciones de competencia perfecta no existiría el desempleo.

Los clásicos aceptaban que podía darse un poco de desempleo de tipo “friccional” causado por pequeños desajustes de información entre oferentes y demandantes, retrasos y demoras al cambiar de un empleo a otro, errores de cálculo de los empresarios entre otros. Sin embargo, fuera de estas excepciones, que podríamos atribuir a pequeñas imperfecciones en el funcionamiento de la economía de mercado, el mercado siempre tendería al equilibrio. Si baja la demanda de empleo basta con que los trabajadores acepten una rebaja salarial. Aquéllos que no están dispuestos a trabajar por el nuevo salario se retirarían del mercado y por tanto, no estarían desempleados. La razón es que al nuevo salario la una parte de los trabajadores encontraría que su desutilidad sería superior al salario. Para aumentar el empleo bastaría una bajada de los salarios reales (los salarios medidos por su poder de compra real). Si existía desempleo “involuntario” éste solo podría darse si los trabajadores trataban de evitar la formación del precio de mercado mediante la colusión el recurso a prácticas anticompetitivas, amenazas de huelga o procesos de negociación colectiva. El desempleo “involuntario” solo podría ser culpa de las conductas anticompetitivas de los trabajadores.

En esencia esta narrativa, de origen decimonónico y resurgida con el neoliberalismo, ha impregnado a una gran parte de la sociedad, de las élites empresariales y políticas, incluyendo a las de la UE. El mensaje lo repiten una y otra vez las organizaciones de empresarios, los gobernadores del Banco de España, los ministros de Economía y Hacienda, diversos “gurús” y tertulianos de diverso pelaje. La melodía es la misma con distintas variaciones y cambios de compás. ¿Cuántas veces hemos oído que una legislación laboral con unos elevados costes de despido y enormes rigideces salariales (por ejemplo para adaptarlos a cambios a la productividad como ha pedido reiteradamente el presidente Felipe González) desincentivaba la contratación de trabajadores? ¿No estaba diciendo el presidente que los salarios deberían bajar hasta igualar su productividad marginal para que pudieran contratarse más desempleados? Nos han inculcado desde hace años que nuestra economía es escasamente competitiva, está constituida mayormente por microempresas, es incapaz de exportar y está centrada en los monocultivos del ladrillo y del turismo, que genera un empleo de baja calidad y muy sometido a los vaivenes de los ciclos de la economía. Es lo mismo que decir que si la productividad de nuestra economía aumentara también lo haría el empleo porque al aumentar el rendimiento marginal del factor trabajo los empresarios estarían dispuestos a contratar a más trabajadores. Por tanto la receta prescrita para aumentar el empleo es aumentar la competitividad de nuestra economía.

Una y otra vez se ha recurrido al marco conceptual neoliberal para explicar el desempleo.

La historia no ha variado en exceso en el tiempo. A finales de los 70 y principios de los 80, recién salidos del Franquismo y, ante la obligación de integrar nuestra economía en la europea, nos explicaron que nuestro sector industrial era poco competitivo lo cual obligaba a cerrar las empresas más obsoletas. También nos explicaban que unos sindicatos combativos, amparados por una legislación restrictiva heredada del corporativismo franquista y convalidada en el Estatuto de los Trabajadores, se habrían mostrado reticentes a colaborar aceptando ajustes salariales para rebajar el desempleo. Por culpa de esa recalcitrante actitud de los trabajadores, el ajuste industrial se tendía que de producir a costa del empleo. De nuevo el recurso a la explicación clásica de las prácticas de colusión de los trabajadores para explicar el desempleo involuntario.

En los años 80 se añade al ramillete de explicaciones la incorporación al mercado de trabajo de las cohortes más numerosas que haya habido jamás en la historia de este país, la generación nacida en el baby boom. Encontrar acomodo laboral, al igual que ya fue complicado adaptar el sistema educativo a tal avalancha y luego lo fue en el mercado de la vivienda (lo cual en parte explicó el boom inmobiliario), fue un reto para la economía pero reconozcamos que también amplió espectacularmente el mercado de consumidores. Sin embargo, el baby boom ya peina canas y hoy más del 50% de los jóvenes están desempleados. Pero al margen de coyunturas como la crisis industrial y la incorporación de jóvenes al mercado de trabajo, la narrativa no ha experimentado demasiados cambios. Para los economistas del mainstream el problema sigue siendo el desajuste de la oferta laboral a las necesidades del mercado, los salarios reales elevados y la falta de movilidad laboral. Una y otra vez se aducen factores estructurales para explicar las altas tasas de desempleo de nuestra economía.

Desde una perspectiva neoliberal solo tiene sentido atacar el desempleo aumentando la productividad, reduciendo los salarios reales, bajando la desutilidad del trabajo o reduciendo el desempleo friccional. Por eso tendríamos que atacar los siguientes problemas.

  1. La baja productividad marginal de la economía española. Si aumentamos la productividad marginal de nuestra industria conseguiríamos elevar el producto marginal del factor trabajo y por tanto, la industria contrataría más trabajadores hasta llegar a un nuevo equilibrio con más empleo y mayores salarios reales.
  2. Las “rigideces” de nuestro mercado laboral. En este epígrafe podemos identificar algunas explicaciones recurrentes: leyes laborales que impiden el libre despido sin el pago de cuantiosas indemnizaciones; la negociación colectiva que no tendría en cuenta las circunstancias de cada empresa; la indexación de los salarios a la inflación; entre otras. En definitiva se trataría de eliminar los obstáculos que permitirían bajar los salarios y por tanto aumentar el volumen de empleo si fuera necesario.
  3. Los desincentivos para incorporarse al mercado de trabajo que aumentarían la desutilidad del trabajo. Entre éstos estarían las ayudas al desempleo, esa bestia parda de la derecha española llamada Plan de Empleo Rural (PER), las prestaciones de desempleo o, desde un punto de vista más progresista, las dificultades de las mujeres para incorporarse al mercado laboral

Este análisis neoliberal subyace al permanente reclamo de introducir las llamadas “reformas estructurales”. Esta línea argumental es una de las favoritas de la CE. A título de ejemplo, un informe del ejecutivo comunitario sobre los desequilibrios macroeconómicos de España publicado en 2015 señalaba los siguientes objetivos para nuestr0 mercado de trabajo[2]. Las inserciones entre paréntesis son mías.

  •  “Seguir nuevas medidas para reducir la segmentación del Mercado de trabajo para favorecer empleos sostenibles de calidad, por ejemplo, mediante la reducción del número de tipos contractuales y asegurar un acceso equilibrado a los derechos de indemnización por despido.” (Reducir los salarios reales)
  •  “Continuar con una monitorización regular de las reformas del mercado laboral.” (Acelerar el ritmo de introducción de reformas estructurales)
  •  “Promover desarrollos de salarios reales consistentes con el objetivo de la creación de puestos de trabajo.” (Reducir los salarios reales)
  •  “Fortalecer los requisitos de búsqueda de empleo en los beneficios de desempleo.” (Reducir la desutilidad del trabajo)
  •  “Acentuar la eficacia y la direccionalidad de las políticas activas de Mercado Laboral, entre las que se incluyen los subvenciones a la contratación, en especial para aquéllos que se enfrenta a mayores dificultades para acceder al empleo.” (Reducir el coste real del factor trabajo para las empresas)
  •  “Reforzar la coordinación entre el mercado de trabajo y las políticas de educación y formación.” (Reducir el paro friccional).
  •  “Acelerar la modernización de los servicios de empleo público para asegurar un asesoramiento personalizado eficaz, una formación adecuada y la adecuación entre demanda y oferta de empleo con un foco especial en los desempleados de larga duración.“ (Reducir el paro friccional).
  •  “Asegurar la aplicación efectiva de la cooperación público-privad en los servicios de colocación antes del fin de 2014 y monitorizar la calidad de los servicios prestados.” (Reducir el paro friccional).
  •  “Asegurar el funcionamiento efectivo del Portal de Empleo Único y combinarlo con medidas adicionales para asegurar la movilidad del trabajo” (Reducir el paro friccional y la desutilidad del trabajo).

De la lectura del documento de la Comisión Europea se deduce que los culpables del elevado desempleo español serían:

  •  La falta de formación de los trabajadores y la falta de acoplamiento entre las habilidades ofertas y demandas.
  •  Unos salarios reales que se resisten a bajar.
  •  Las rigideces del mercado de trabajo: esos trabajadores que no quieren moverse de su pueblo.
  •  Unos servicios públicos de empleo ineficaces.
  •  Los tipos de contratos laborales que generan un mercado dual donde unos tienen protección frente al despido y otros no. Con la expresión “acceso equilibrado a derechos de indemnización por despido” yo leo bajárselos a los que todavía conservan esos derechos.

¡La falta de demanda agregada como consecuencia de las políticas de austeridad y la falta de confianza de los empresarios no aparece en la lista!

Durante años las políticas aplicadas por los sucesivos gobiernos, bajo los auspicios comunitarios, han tenido siempre el mismo sesgo. Sin embargo en los últimos 30 años el desempleo se ha mantenido obstinadamente elevado. Los neoliberales objetarán que no hemos hecho las reformas estructurales con suficiente convicción y entusiasmo. Hay que reconocerles a los neoliberales su perseverancia en aplicar sus recetas económicas. El problema es que este análisis neoliberal no se sostiene ni desde la evidencia empírica ni desde un análisis conceptual.

La teoría de que la productividad marginal del trabajo = salario = desutilidad del trabajo es ingeniosa aunque resulta extremadamente difícil de aplicar en la práctica. Reconozcamos que para cualquiera resultaría extremadamente difícil calcular su desutilidad de trabajar más que aproximadamente. Sabemos que trabajar en una alcantarilla por 200 euros al mes no compensa el esfuerzo físico, los olores desagradables y los riesgos. También sabemos que un puesto administrativo por 45.000 € al año es una buena oportunidad pero dudo que la mayoría de las personas pueda hilar demasiado fino. Solo podemos llegar a una aproxima grosera de nuestra desutilidad.

En cambio, el concepto de productividad marginal del trabajo, aunque resulta elegante sobre todo cuando se acompaña del habitual aparato algebraico del gusto de los autores clásicos, en la práctica solo podría aplicarse a determinados empleos homogéneos en los que unos trabajadores pudieran ser sustituidos por otros con facilidad. Quizás un buen contable conseguiría ponerle una cifra a la productividad marginal del trabajo de la empresa para la que trabaja. Cuando vemos que determinados altos directivos o jugadores de fútbol perciben sueldos que resultan desorbitados, ¿podemos creer que si sus empleadores rescindieran sus contratos sus ingresos caerían en la misma medida que el salario ahorrado? Si Cristiano Ronaldo dejara el Real Madrid, de verdad dejaría de percibir ese club 17 millones de € al año siguiente. ¿Se reducirían los ingresos de ACS en 5 millones € si dejara de ser presidente Florentino Pérez? ¿Es creíble que la productividad marginal de un médico en atención primaria es equivalente al salario medio de 1.832 € mensuales que se observó en España en 2014? ¿Cómo se determina la productividad marginal de una enfermera? Honestamente parece que el concepto no puede tener más interés que el de una curiosidad estadística.

Quizás en el entorno de la sociedad industrial de finales del siglo XIX pudiera calcularse un rendimiento marginal de un trabajador pero este autor jamás ha visto en toda su experiencia profesional que una empresa supiera decir cuál era el de todos y cada uno de los puestos de trabajo. Es más que dudoso que las diferencias salariales observadas entre hombres y mujeres puedan justificarse por diferencias en la productividad marginal de cada sexo. Parece más realista suponer los niveles salariales los determinan el poder de negociación de cada una de las partes sin que ninguna pueda conocer ni de lejos cual es la productividad marginal de ese trabajador, concepto que, en caso de poderse calcular seguramente oscilaría de forma constante de un mes a otro.

Michal Kalecki ya explicó a principios del siglo XX que los salarios de los trabajadores en el sector industrial dependían del nivel de monopolio y de su poder de negociación gracias a la acción sindical. Desactivados los sindicatos muchos trabajadores han visto como sus ingresos caen por debajo del vaporoso nivel de la desutilidad del trabajo. Muchos no dejan de trabajar por este motivo pero seguramente han caído en una profunda desmotivación con nefastas consecuencias para la productividad, la que de verdad importa para mejorar las condiciones de vida de la población.

Podemos lanzar más objeciones al punto de visto de la Comisión Europea y de los gobiernos neoliberales sobre el problema de desempleo español. Una gran parte del recetario descrito anteriormente son medidas que pretenden reducir el paro friccional. Solo un ciego podría pensar que, en medio de una profunda depresión, que ha dejado a la cuarta parte de la fuerza laboral en el paro, una simplificación de los tipos de contratos va a reducir la tasa de paro en más de unas pocas décimas de punto porcentual. Reconozcamos que después de la enésima reforma laboral el paro sigue siendo insultantemente alto. Llevamos haciendo reformas laborales ya desde los Pactos de La Moncloa. ¿Qué más tenemos que hacer? Quizás el famoso contrato único consiguiera acabar con la dualidad del mercado de trabajo donde unos disfrutan de contratos permanentes con cláusulas de despido elevado y otros están condenados a los contratos temporales pero seguramente el resultado sería igualar por abajo a todos. Una agilización de los servicios de colocación estaría bien para reducir el paro friccional pero no acierto a comprender cómo una avalancha incontenible de parados en las oficinas de empleo puede ser eficazmente atendida por unos pocos funcionarios cuando el problema es que literalmente no existe demanda para emplear trabajadores. No estaría mal que el estado colaborara a reducir el desempleo doblando o incluso triplicando el número de personas ocupadas en estas oficinas de empleo pero dudo que realmente consiguieran mejorar una situación de devastación como la actual. Si el problema es que los trabajadores no están bien formados ¿por qué será que los jóvenes mejor formados —científicos, ingenieros, médicos, enfermeros— se están marchando a vivir en otros países donde les pagan mejores sueldos y les dan contratos estables? No parece plausible argumentar que mejorar la calidad de la oferta de los trabajadores vaya a ser exitoso cuando no hay demanda por parte de las empresas. Me temo que solo los políticos siguen creyendo que se puede resolver el problema del desempleo recurriendo al BOE.

[1] Pigou es el autor de una obra, la Economía del Bienestar, una obra fundamental en muchos aspectos. A él se le atribuye el concepto de producto social marginal neto y el producto privado neto. El producto marginal neto de un recurso es el rendimiento obtenido por añadir un recurso adicional a un proceso productivo, por ejemplo un trabajador adicional, una máquina fresadora adicional en un taller, un coche nuevo a una flota de taxis, etc. Podía haber situaciones en las que las ganancias del producto marginal neto no revirtieran completamente el propietario. En este tipo de situaciones el inversor invertiría menos de lo deseable socialmente. Un ejemplo podría ser el de un propietario de un bosque reacio a invertir en él aunque las ventajas ambientales de éste beneficiarían a todos. En otros casos un empresario podría estar aprovechándose de actividades contaminantes o perjudiciales para la sociedad transfiriendo sus costes a la sociedad y por tanto obteniendo un rendimiento marginal superior al que le correspondería. Pigou considera que lo óptimo es que se cumplan dos condiciones. La primera es que el producto social neto marginal tiene que ser igual para todos los empleos de un recurso. Si un recurso arroja un rendimiento marginal mayor dedicándolo a otra actividad debería transferirse a esta para aumentar la producción total. La segunda es que el producto social marginal neto debe ser igual al producto privado marginal neto. Esto significará que el inversionista privado recibirá todas las ganancias procedentes de su inversión y que tendrá que sufragar todos sus costes. De los contrario se producirían externalidades de costes asumidos por la sociedad o no se asignará una cantidad de recursos óptima a determinadas actividades. Para corregir estas divergencias Pigou proponía utilizar impuestos y subvenciones.

Pigou y Kenyes fueron compañeros en la universidad de Cambridge y mantuvieron algunas controversias aunque también se influyeron mutuamente.

[2] Country Report Spain 2015 Including an In-Depth Review on the prevention and correction of macroeconomic imbalances.

[i] John Maynard Keynes. The General Theory of Employment, Interest and Money. (1964) Ed. De First Harvest/Harcourt. Pág. 5 y ss.

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