De los deplorables a Trump: causas económicas de los resultados

Artículo escrito en colaboración con Ignacio Minambres.

Con los ojos del planeta puestos en el recuento electoral en los Estados Unidos la larga noche del martes al miércoles las expresiones de incredulidad ante el ascenso imparable de Trump han ido dando paso, gradualmente, a las acusaciones y recriminaciones entre quienes se oponen a la presidencia de Donald Trump. La lista de posibles culpables de la victoria de Trump no tiene fin, y ya incluye a Jill Stein (la candidata del Green Party, socialdemócratas estadounidenses), la abstención, Bernie Sanders o en las variantes más favorables a la teoría de la conspiración, Vladimir Putin reclinado en un sillón acariciando un gato blanco. Y sin embargo, al margen del actor secundario que uno encuentre culpable de esta debacle, no queda duda de que el principal responsable de la derrota es una persona: Hillary Clinton y en buena medida, la fracasada estrategia del Partido Demócrata.

Lejos de la vorágine de consecuencias geopolíticas, nada expresaba mejor este factor que lo que ocurría los últimos días en Filadelfia. El lunes la huelga del Transport Workers Union en esa ciudad acababa con un acuerdo entre el sindicato y SEPTA (la autoridad de transporte público local). La huelga había estado planeada: el Partido Demócrata confiaba en que buena parte del voto negro utilizaría el transporte público para acercarse a las mesas electorales. La dificultad en el transporte hubiera supuesto un golpe electoral. Tom Wolfe, gobernador del estado de Pennsylvania, anunció que se uniría a SEPTA en los tribunales para poner fin a la huelga por la vía judicial. Así, el gobernador del estado, miembro del mismo partido que esperaba llevar a la Casa Blanca a Hillary Clinton dependiendo en buena parte del voto de minorías, intervenía para cortocircuitar una huelga de trabajadores (mayoritariamente afroamericanos) del sindicato vinculado al Communist Party of the USA que durante los años 30 y 40 había luchado para poner fin a prácticas discriminatorias de contratación entre la plantilla del transporte público. A la hora de la verdad, cuando tocaba decidir ponerse del lado de los intereses de los trabajadores o de quienes están en su contra, el Partido Demócrata dudó.

Y ha dudado en muchos otros casos a lo largo de los años, que es lo que puede explicar en parte el fracaso de Clinton ante Trump. Clinton confiaba en que sus juegos de estrategia, diciendo lo que tocaba ante públicos distintos para asegurarse votos por “comunidades” y grupos étnicos, iban a asegurarle la victoria. La clase social era un elemento secundario que podía verse perfectamente contrarrestado con una confusión calculada e intencionada que intentaba hacer pasar enfoque identitario como la única forma de oponerse al racismo, sexismo y homofobia que se veía como rampante entre los simpatizantes de Trump. Un colectivo cuyo hartazgo con el establishment en EEUU Clinton se esforzó en dibujar como un grupo de amargados intolerantes, llenos de odio y que se habían vuelto locos de rabia al apoyar a un candidato tan lamentable como Trump. Pero el problema que ni Clinton, ni los estrategas del Partido Demócrata, ni mucho menos sus sicofantes españoles han sabido ver, es que Trump no inventó ese descontento con la actual situación estadounidense. Lo que ha hecho, en una maniobra clásica de la derecha en incontables países y situaciones históricas, ha sido darle una expresión en una cabeza de turco: los inmigrantes ilegales y los terroristas islamistas. Mezclando medias verdades con completas mentiras, Trump ha sabido canalizar el legítimo descontento con la marcha de la era de la globalización que deslocalizaba trabajos y bombardeaba países hacia caras visibles y fácilmente identificables: los chinos, los mexicanos, los musulmanes. Si la explicación difícil a los problemas en Estados Unidos pasaba por entender que la deslocalización de una fábrica a otro país donde los salarios son más bajos no beneficiaba tampoco a los trabajadores allí, que únicamente recibían las migajas que se arrebataban a los trabajadores estadounidense, Trump ha dado la respuesta fácil: están hundiendo nuestro país y voy a solucionarlo, una vez acabe con el problema de los chinos y los mexicanos, el capitalismo “bueno” volverá.

Make America Great Again

Mucho se ha comentado sobre la falacia que supone el lema de campaña de Trump “Make America great again”. Se afirma que EEUU ya está en una situación de prosperidad y grandeza, y en este instante en plena recuperación económica con crecimiento económico superior al 2% y fuerte creación de empleo. Sin embargo la percepción de esos votantes (mayoritariamente blancos y rurales) de la realidad resulta muy distinta. Para los blancos de clases medias y bajas, la promesa del sueño americano se ha roto. Los tiempos de rápido progreso y crecimiento que disfrutaron durante décadas de dominio americano del mundo occidental bajo el sistema creado en Bretton Woods, que excluían a las minorías y mantenía una estabilidad social conservadora, se quebró en los 70. La crisis del sistema de postguerra fue tanto económica como social, los movimientos por las libertades civiles obligaron a incluir a gran parte de los excluidos en el sistema, y la población blanca veía alejarse la promesa de una vida próspera al tiempo que se le pedía hacer hueco para nuevos grupos sociales con los que compartir un pastel que ya no crecía como ellos habían sido llevados a creer que debía de hacerlo. Por supuesto se podría cuestionar si para otros grupos como los afroamericanos ese sueño existió alguna vez, pero eso si un argumento para impugnar el andamiaje estadounidense en su conjunto, no para defender su vigencia. La respuesta del sistema al creciente descontento ha pasado por un proyecto desregulador que ha compensado el descenso de la rentabilidad económica mediante una transferencia de rentas de trabajo al capital. La deslocalización de producción a países con reducidos costes salariales, exacerbada con la apertura de nuevas regiones del mundo tras la caída del telón de acero, y el uso de mano de obra ilegal en casa han permitido sostener una rentabilidad que economistas como Andrew Kliman han advertido venía decayendo en el largo plazo. El descontento social, por tanto, existe y está relacionado con aumentos en la desigualdad y en la pobreza. Como reflejaba el Informe sobre Ingresos y Pobreza del Censo estadounidense el pasado septiembre, los ingresos de la familia mediana estadounidense están más bajos en la actualidad que en el año 2000, y el índice de pobreza ha aumentado.

Mientras que una campaña como la de Clinton manifestaba que el país se encontraba en una situación inmejorable, la percepción de muchos ciudadanos, alejados de los centros de poder, era que esa era una realidad que se aplicaba a Clinton y la legión de expertos y periodistas que la apoyaban. Las familias enfrentadas a desahucios, los estudiantes endeudados de por vida y los trabajadores de cuello azul que perdían sus trabajos habían acumulado suficiente descontento para no creer más a estos líderes demócratas que ya no parecían representarles a ellos, sino solamente a una clase de profesionales liberales, acomodados en grandes centros urbanos, que miraba con desdén al resto del país. Economistas tan poco sospechosos de simpatizar con la causa reaccionaria de Trump cono el heterodoxo Steve Keen lo venían avisando desde hace tiempo: hoy día, el porcentaje de estadounidenses entre 25 y 54 años que tienen un trabajo es 2 puntos porcentuales menor que antes de la crisis. La tasa de ocupación, por su parte, llegó a su punto álgido en 2000, y aún hoy día tras la tan cacareada “recuperación económica”, es 4 puntos porcentuales inferior que en 2000, mientras que los salarios reales han permanecido estancados durante los últimos 30 años. Por supuesto los factores económicos son sólo una parte de la historia. Son las condiciones materiales que subyacen a todo, cierto, los datos que se esconden tras el bienestar o malestar material. Pero cómo se interpreten por parte del público es otra historia.

Sanders: la oportunidad perdida

Una interpretación de los datos diferente a la de búsqueda de cabezas de turco a quien echar las culpas la dio la campaña de Bernie Sanders, por ejemplo. Ésta logró energizar gran parte de ese descontento en un proyecto renovador, progresista y enfocado en una mejor distribución de los ingresos. El ataque a los grandes capitales y la connivencia del gobierno con los poderes financieros trató de extraer algunas de las rentas que se estaban quedando en Nueva York, San Francisco ó Washington y redistribuirlas hacia sectores desfavorecidos (debate aparte sería si esas medidas tendrían éxito o si únicamente supondrían ponerle parches a un capitalismo que siempre tiende a imponer su lógica). Sanders era un claro ganador de una carrera presidencial con Trump. Las encuestas le otorgaban una cómoda victoria y la popularidad del candidato sigue estando en niveles que los contendientes por la Casa Blanca no tuvieron nunca. El Partido Demócrata tenía una baza ganadora, pero su núcleo duro se volcó en apoyar a la candidata que garantizaba continuidad de su cómoda situación como aliado de las clases educadas y acomodadas, cosmopolitas y en cierto modo despectivas de las comunidades rurales, más tradicionales y castigadas, que no han sabido adaptarse a una nueva realidad económica para las que nadie les había preparado. Sofocada la aspiración que encarnaba Sanders y abanderaban principalmente los jóvenes, la rebelión ha venido en gran parte de ese colectivo de personas de mediana edad y mayores a los que ese fenómeno que muchos llaman globalización ha pasado por encima. Trump ha sabido jugar con ese descontento para ganar un gran apoyo entre las personas de edad, sin estudios y blancas. Los estrategas demócratas parecían haber olvidado en qué país vivían y que esa seguía siendo una parte sustancial de la población. Lo suficientemente importante como para ganar unas elecciones solo con ella.

Que quede claro: la idea no sería que el apoyo a Trump proviene de la “clase trabajadora” como alguno puede empeñarse en repetir, a veces con la intención de caricaturizar y pegarle a adversario político imaginario. La clase trabajadora estadounidense es blanca, hispana, negra y de muchos otros grupos étnicos, y trabajan en ámbitos que van más allá de las tradicionales imágenes de hombres fornidos en la industria o en la mina. Tampoco viene su apoyo principalmente de trabajadores manuales blancos, ni siquiera de “blancos pobres”: las encuestas a pie de urna parecen indicar que en realidad quienes le prefirieron antes que a Clinton ganaban 50.000 dólares al año o más. Lo interesante de las distintas elecciones no es la composición del voto (tomando con pinzas todo lo que dicen las encuestas a pie de urna), sino los cambios en el mismo. Es posible que Trump haya mantenido la base republicana de voto más adinerado y la haya expandido. Pero en realidad tampoco parece que la imagen con la que nos tenemos que quedar sea la de ejército de trabajadores industriales que votaron a Obama en 2008 (y en menor medida en 2012) para posteriormente convertirse en fervientes seguidores del magnate de la propiedad inmobiliaria debido a sus promesas de acabar con la globalización. Los cambios políticos rara vez son tan directos.

Los deplorables que dieron la espalda a Clinton

A la vista de los datos de participación, parece más bien que Trump conservó la base republicana y la amplió ligeramente, mientras que la baja participación perjudicó a Clinton. Los cambios porcentuales en apoyo a cada partido son especialmente llamativos en el llamado “Rust Belt”, la región de estados que antaño tenian un elevado número de industrias. En unas elecciones con una participación menor, esto no quiere decir que los trabajadores manuales abandonados por la globalización hayan depositado sus esperanzas en Donald Trump (aunque pueda haberse dado el caso en parte): basta con que Hillary Clinton no les haya convencido, con que no les haya transmitido la imagen de que ése problema de clase le preocupaba. Es cierto que en una contienda electoral, es difícil saber en qué medida atribuir los resultados de cada candidato a sus errores o aciertos, y en qué medida a las artes de su adversario. Pero es difícil sostener que la estrategia de la campaña Clinton, que incluyó el llamar a la mitad de simpatizantes de Trump “grupo de deplorables”, no ha jugado un papel en alienar a buena parte del electorado que podía haberle dado la victoria. De nuevo, de acuerdo a las encuestas a pie de urna, entre los votantes que “querían un cambio”, Trump estaba a la cabeza. Y en Wisconsin, estado clave, 6 de cada 10 votantes describían la situación económica como “mala” o “no buena”, y 4 de cada 10 pensaba que a la próxima generación las cosas le irían peor. Trump se impuso entre estos votantes.

Difícilmente hará nada para mejorar la vida de esos trabajadores preocupados por el futuro y abandonados por el establishment. Pero lo irónico es que, si en el futuro Trump, ya investido presidente, se enfrenta a un conflicto obrero importante, siempre podrá intentar aplastarlo como ya hizo en su momento otro outsider que en su momento se convirtió en la nueva esperanza republicana y que trastocó el conservadurismo estadounidense: Ronald Reagan. No en vano muchos consideran que 1981, cuando Reagan chocó cara a cara con el sindicato de controladores aéreos, se convirtió en el punto de inflexión que definió las relaciones sindicales y obreras contemporáneas en EEUU. Y además, en el futuro, Trump siempre podrá replicar a sus críticos con su característica sonrisa de plástico y afirmando que no se inspiró únicamente en Reagan, sino también en el Gobernador demócrata Wolfe y su respuesta a la huelga en el transporte público en Filadelfia.

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