Hacia la Unidad Popular ¿Podemos?

Como en los casinos, conviene ir anunciando: “Señoras, señores, abramos otro juego. Este ya ha demostrado sus límites” escribía Emmanuel Rodríguez.

Ciertamente, parece ser que las propuestas políticas desarrolladas en los últimos años de crisis orgánica del régimen no han terminado en una ruptura con este. Podemos ha sido uno de los agentes que más han representado los anhelos de un cambio de paradigma político. Una vez fallida su táctica de asalto institucional, hoy nos encontramos frente a la apertura de un debate que trasciende su propio espacio político.

Ante el fracaso de la táctica de asalto electoral, asistimos a la discusión acerca del pivote sobre el cual pueda levantarse un nuevo bloque histórico que verdaderamente pueda terminar de una vez por todas con el régimen. Reaparecen en este punto las nociones del ‘movimiento popular’, de la ‘unidad popular’ o del ‘frente popular’. Para quienes tenemos más interés en la articulación de tal bloque que en la supervivencia en sí misma de la formación morada, las cuestiones verdaderamente interesantes en este debate son qué nos parece válido de la llamada hipótesis Podemos o qué lecciones útiles extraemos de tal experiencia.

Es habitual el plantear Podemos como la cristalización institucional de la dinámica de movilización del 15M. Según este esquema, la explosión de descontento que llenó las plazas hace un lustro halló en la formación del partido su expresión política más o menos genuina.

El propio Íñigo Errejón así mismo lo formula: el 15M “fue al mismo tiempo manifestación y catalizador de un proceso de crisis orgánica en España, que se venía larvando largamente pero que se aceleró y agudizó con la crisis financiera de 2008 y, sobre todo, con la falta de respuesta política de los actores dominantes. […] Estas condiciones generaban un descontento horizontal no absorbido por las narrativas tradicionales de la protesta ni tampoco por los canales ni las promesas de los sectores dirigentes.”

Urgen las réplicas al planteamiento de Errejón, el cual, en cierta medida, y pese a la distinta altura teórica, coincide con el de amplios sectores sociales. Pensamos que no puede hablarse de este fenómeno como un ciclo de protesta puro agotado. Esa ruptura entre los momentos más memorables en las plazas y el desarrollo de todas las experiencias que de este surgieron resulta completamente falaz. Es rematadamente falto de rigor establecer este hiato porque las experiencias que nacen o se enriquecen substancialmente en ese momento aún hoy perduran y capilarizan y, en muchos casos, justo ahora empiezan a tomar corporeidad e incidencia. Este es el caso de las estimulantes nuevas expresiones sindicales –de la PAH a los manteros, de las kellys a las apuestas sindicales por la socialización del conflicto laboral- pero también es el caso de muchos experimentos municipalistas incipientes o, cuanto menos, renovados por este ciclo político.
De este modo, tal ciclo, caracterizado por el hallazgo de nuevas formas de organización de clase y que ha sufrido altibajos, aún perdura.

Esta crítica a la concepción fragmentaria del llamado 15M constituye una enmienda a la noción discursiva de la política. Errejón establece una inversión de causalidad grave cuando focaliza en las narrativas tradicionales. ¡Las narrativas tradicionales, en todo caso, han caído en el descrédito porque las propuestas que codifican han dejado de ser prácticas! Esta es la cuestión crucial que Errejón parece no entender: la realidad social y sus sujetos no se construyen discursivamente desde la exterioridad sino que son fruto de un proceso histórico y práctico.

Cuando el segundo de abordo de Podemos descubre con mucho acierto el gran significante ¡Sí se puede! es porque antes una colectividad concreta se ha plantado delante de sus casas y en oficinas bancarias hasta que, tras muchas ostias, detenciones y multas, han conseguido parar desahucios y arrancar daciones en pago a las entidades financieras. Entonces, con inicial perplejidad, han constatado que, efectivamente, ¡Sí se puede!

Pero no creo que le descubramos nada ya que un gran lector de Gramsci como él bien debe conocer la filosofía de la praxis. El 15M representa una ruptura con las viejas instituciones no porque su terminología haya pasado de moda sino porque estas han dejado de responder a las necesidades de la gente.

Mal que les pese a algunos, no se puede entender esto sin comprender la dimensión material, económica y sistémica de esta crisis. El capital, en serias dificultades para valorizarse, intensifica y diversifica sus dispositivos de acumulación. El paradigma del Estado del Bienestar es una anomalía histórica a la que es urgente renunciar. La distribución en dicha época fue posibilitada por la cantidad de capital destruido en la II Guerra Mundial, por la financiarización de la economía, por la presión ejercida por las condiciones que el bloque soviético garantizaba a la clase obrera o por la imposición del neoliberalismo en otras latitudes del mundo.

Llegados a sus límites estos prerrequisitos, desaparece el margen redistributivo y el capital se ve forzado a desposeer a las clases populares de sus bienes y derechos para seguir reproduciéndose. Lo que esto significa es que es a raíz de la crisis del sistema capitalista que crecen el desempleo, los desahucios y las privatizaciones a los que las instituciones del período alcista anterior son incapaces de responder. Esta inoperancia se da exactamente por igual en los sindicatos mayoritarios; en organizaciones de retórica obrerista que parecen ciegas a la evolución de los modelos productivos, ya sean anarquistas o marxistas-leninistas; en los partidos socialdemócratas ante un capital sin margen distributivo; en los movimientos sociales más líquidos y particularistas.

¿Por qué nos detenemos a enumerar la variedad de instituciones caducas? Porque, en este preciso momento de resituación, caemos en el riesgo de centrarnos más en el eje tibio-rudo, que sigue siendo igual de retórico, cuando el eje sobre el que debe discurrir nuestra reflexión es el práctico-discursivo. No entender esto podría llevarnos a otra infructífera disputa lingüística centrada en el tono. La crisis económica estructural se manifiesta en una crisis social -por las implicaciones de las medidas neoliberales que el capital toma para tratar de reproducirse- y en una crisis democrática –por la proliferación de episodios coercitivos y de usurpación de la soberanía que la imposición de éstas, contra toda voluntad popular, requiere-.

Entendiendo que el cambio de una sociedad se desarrolla sobre su propia base, concretamente en oposición a sus defectos, consideramos que cualquier alternativa que planteemos debe responder eminentemente a estas crisis económica, social y democrática.  En el campo de las experiencias de la Unidad Popular catalana, de larguísimo recorrido de luchas, encontramos un planteamiento más que interesante por lo que se refiere a la articulación de alternativas populares a las políticas de recortes, privatizaciones y escaseces.

Las nuevas expresiones de lucha de las que hemos hablado son perfectamente conceptualizadas por una hipótesis desarrollada en el seno del espacio de la Unidad Popular catalana, a la que designamos como la matriz de las “Soberanías”. Poniendo énfasis en las instancias municipalistas, esta hipótesis –a grandes y simplificados rasgos- se ocupa de la participación en la lucha por la recuperación de Soberanías de ámbito sectorial y otras de ámbito territorial.

En el ámbito sectorial, la matriz de las Soberanías trata de sistematizar y interrelacionar las experiencias y respuestas que se han ido desarrollando alrededor de las distintas esferas sociales y materiales; de disputar a la mercantilización desde posiciones comunales y públicas. A modo de ejemplo, las dimensiones sectoriales de las Soberanías serían la cultural, la alimentaria, la energética, la residencial o la sanitaria. Como no comprendemos estas dimensiones reproductivas en vulgar subordinación a un exógeno Estado, rehuimos también los planteamientos que aplazan la transformación de las relaciones sociales de reproducción hasta la consecución del Gobierno.

A nuestro parecer, la participación institucional cobra sentido, en gran medida, en el propósito de aupar esta iniciativa.  Desde el prisma de lo territorial, se plantea la creación o recuperación, en clave participativa y democratizadora, de las instituciones que se han vuelto inútiles e incluso hostiles a las clases populares. Es curioso porque el trabajo que se hace desde la Unidad Popular catalana en el ámbito territorial remite a una de las apuestas iniciales de Podemos más interesantes, si no la más interesante, que fue abortada en Vistalegre como explica en otro artículo reciente Emanuel Rodríguez: los círculos.

De este modo, en aras de luchar por esta Soberanía democrática y territorializada, tanto la hipótesis expuesta como los iniciales círculos podemitas eran deudores de la apuesta comunal del Chávez que más había profundizado en las dinámicas de la transición post-capitalista. Es como para quedarse con un sabor de boca realmente agrio el pensar que al final, de todos los caracteres bolivarianos dignos de admiración, Podemos se quedó con una chapucera e inquietante tentativa de disputar el término ‘Patria’ –de connotaciones completamente diferentes en el Estado español- mientras desechaba la centralidad de sus Círculos.

Por lo menos observando mi entorno cercano -Catalunya- la castración de los atributos más potentes de los Círculos en pro de la maniobra de asalto gubernamental conllevó la creación de un “cuerpo” –tal y como lo llama Rodríguez- esclerótico de burócratas (con arribistas de todo tipo y surgidos de los más remotos lugares, con la intelligentsia activista profesionalizada más mediocre y con la oxigenación de una ICV absolutamente caduca) que han supuesto un verdadero dolor de cabeza, por ejemplo, en los procesos municipalistas más prometedores. Todo el proceso de concentración de poder en Podemos, que quedó blindado en Vistalegre, responde a una explicación tan sencilla como descorazonadora: el miedo de una élite, por completo inorgánica, a las bases. La cúpula, alrededor del equipo mediático, tenía un objetivo de toma del Gobierno y temía que sus bases no supieran elegir bien.

Es curioso que precisamente impulsara estos procesos de restricción de la participación quien más habla del “pueblo”. Del mismo modo, no dejo de preguntarme con qué fórmula toma el pulso al pueblo esta élite para que sus apuestas siempre terminen siendo cobardes, moderadas o infantilizantes. Tales reflexiones me remiten directamente a uno de los leitmotivs acerca de los fraudes de las revoluciones liberales del s. XIX: “todo el poder para el pueblo pero sin el pueblo”. Parece caracterizar la dirección de Podemos una especie de “paternalismo ilustrado”.

Además de las crisis mentadas antes, y en absoluta interdependencia con estas, en el Estado español nos enfrentamos a la agudización de las crisis nacionales en confrontación con el autoritarismo del Estado. En algunas de las naciones sin estado del Estado español, -sobretodo en Catalunya- las élites en crisis han impulsado los procesos nacionalistas populares, disputando su significación para lo que podríamos llamar una mistificación nacionalista del antagonismo de clase con tal de mantener su hegemonía. Esta instrumentalización y eternización de los procesos de emancipación nacional ha recibido en los últimos tiempos el nombre de “Procesismo”.

Sin embargo, vemos como, a medida que crecen los polos favorables a la resolución de esta cuestión, estas élites se demuestran completamente manipuladoras y quedan desposeídas del monopolio del conflicto nacional. Es por esto que siempre hemos afirmado que depende en gran medida de todos los agentes políticos democráticos, también los llamados federalistas, terminar con esta dinámica que sólo beneficia a las élites.
Llegados a este punto, hay que desestimar un apriorismo ampliamente instalado en los movimientos de liberación nacional a la hora de plantear opciones políticas emancipatorias: la convicción de que las distintas apuestas de división territorial delimitan a modo de línea roja la separación entre espacios políticos, así como que la autonomía de los sujetos nacionales tan solo se puede mantener en oposición a toda vinculación organizativa supra-nacional.

Lo que verdaderamente tiene que constituir en este sentido una línea roja, y no aquella, es el compromiso efectivo con el derecho a la autodeterminación de los pueblos, y que en un momento como el actual de cierre por arriba del régimen implica, en un ejercicio de sinceridad política, volcarse con lo que se viene llamando “vía unilateral” de autodeterminación.

No existe abstracción alguna sobre el concepto de ‘soberanía’ que justifique no comprometerse con la ‘unilateralidad’ y las propias contradicciones del movimiento real cada vez dificultan más –básicamente al espacio de los comunes- defender estos equilibrismos discursivos sin caer en el descrédito.

Por otro lado, la reubicación del eje común en la defensa de este derecho inalienable, beneficia a todos y cada uno de los sujetos. Empezando por el autoproclamado posicionamiento “federalista”, incorporaría por fin lo que David Fernández ha llamado el principio federativo básico, de Pi i Maragall a Proudhon: para federarse con alguien, en primer lugar, hace falta ser libre para hacerlo. La izquierda soberanista catalana sumaría una mayoría social arrolladora y constituiría uno de los bloques históricos más progresistas de Europa.

Determinante sería también el efecto de esta deriva en Euskal Herria. Una mayoría soberanista desbancaría a las élites regionales del PNV y se avanzaría en el fin de un conflicto perpetuado por las élites españolas como máximas beneficiarias del escenario represivo; conflicto de durísimas consecuencias en el que, tras tantas sentencias europeas, haría bien cualquiera que se considere republicano en dejar de obviar. Y qué decir del privilegio que supondría fortalecer vínculos con un pueblo de organización social sin igual –para el que poca novedad significa todo lo concerniente a la conceptualización de las Soberanías, con una historia de décadas de organización popular sin precedentes en toda la Europa de después de la Segunda Guerra Mundial-.

Otros agentes que se beneficiarían enormemente serían las identidades nacionales menos reconocidas, que verían en el reconocimiento de los pueblos más presentes en el imaginario colectivo un camino que transitar. No hace falta decir, sin embargo, que no aporto nada nuevo, pues ya hay amplios sectores de los nacionalismos revolucionarios andaluces o castellanos participando del espacio de la Unidad Popular estatal con estas mismas perspectivas.
En definitiva, reivindicando estos postulados de una vez por todas, ganamos todos. Y es que, ciertamente, si ya es alarmante la desunión de las fuerzas populares en la periferia de la Europa reconvertida, la atomización de estas en la península resulta directamente intolerable.

Las cartas sobre la mesa. Lo que planteamos es un golpe de timón por la constitución de un espacio político que pivote entre estos aspectos:

  • Asumir una perspectiva estratégica anticapitalista según la cual se deben ensayar nuevas relaciones sociales de transición sin subordinarlas a una toma de las instituciones -útil e incluso necesaria-.

Esto conllevará asumir los debates sobre las implicaciones de la permanencia en el euro o la Unión Europea -entre otras- en dicha transición del metabolismo social.

  • La centralidad de las experiencias de organización de clase que se vienen desarrollando desde el estallido de la crisis de 2008.
  • La estrategia de la recuperación popular de Soberanías sobre la que descansan los planteamientos de la Unidad Popular catalana y que tanto puede nutrirse de las experiencias acumuladas en diferentes latitudes del Estado.
  • El rescate de los planteamientos más participativos, autónomos y de base municipalista, completamente acordes con el Podemos inicial. Un permanente velar por la profundización de la participación democrática que chocará con la deriva profesionalizada de la ‘nueva política’; en la que partidos, fundaciones y observatorios han hecho de las apuestas políticas sus nichos de mercado.
  • El firme compromiso con el derecho efectivo de los pueblos a la autodeterminación y la reivindicación de que no son sus identidades territoriales sino sus sinergias de luchas lo que caracteriza una unión liberadora de los pueblos. Es urgente si se ambiciona la ruptura con el régimen el reconocimiento del potencial liberador de los movimientos de emancipación nacional.

Quizá, superado el planteamiento del asalto institucional, no debería aspirarse a crear un movimiento popular, tal y como se ha disertado recientemente, simplemente porque el movimiento popular ya existe. Rodríguez lee que, en la raíz, el problema es viejo: es la cuestión del partido, la cuestión de la organización. La respuesta, sin embargo,- sigue Rodríguez-, es actual: sólo puede arrancar de las prácticas de organización ya existentes. Así pues, lo que hay que encontrar es ése mínimo común múltiple que permita agregar todas las experiencias de luchas y resistencias y todos los espectros políticos que aspiran a la ruptura con el régimen. A partir de la conformidad con los prerrequisitos expuestos, puede iniciarse un heterodoxo ciclo de debates para configurar un programa de mínimos común.

A nuestro modo de ver, el mejor anclaje para vertebrar este nuevo espacio político es la unidad programática –“¡Programa, programa, programa!” que diría Julio Anguita- que han esgrimido antes desde el Black Panther Party al Plan de Transformación Socialista del País del Consejo de Economía de la Generalitat del 1936. Sólo a través de la concreción programática de las condiciones argumentadas en la presente exposición se podrá constituir un verdadero bloque histórico, con multiplicidad de centros políticos, de ruptura con el régimen. Y, si tal como afirmaba Pablo Iglesias en una extensa entrevista para eldiario.es recientemente, “cambiar la sociedad” sigue siendo el objetivo estratégico, existe esa multiplicidad de centros políticos, de Podemos a la izquierda extraparlamentaria, por la ruptura con el régimen que, articulados de forma óptima, tienen mucho que aportarse los unos a los otros.

“Sólo aquel que tenga la voluntad de crear el futuro y cuya misión sea ésa podrá ver el presente en su concreta verdad”

György Lukács

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