Las clases antes de la trumponomía, parte II

Presentamos la segunda parte del artículo del profesor David Ruccio sobre la situación de las clases en EE UU antes de la elección de Donald Trump como presidente. La primera parte se puede leer aquí (en inglés) y aquí (en castellano).

Las clases antes de la trumponomía, parte II

En la primera entrega de esta serie de artículos sobre la situación de «las clases antes de la trumponomía», defendí que la recuperación de la crisis financiera de 2007-08 creó unas condiciones favorables para el capital a expensas del trabajo, y que esa tendencia representaba una continuación de la dinámica de clase que había caracterizado a la economía estadounidense durante décadas, hasta remontarnos a principios de los 80.

Por supuesto, hay muchos detalles que se quedaron fuera de ese relato, y quiero exponer en esta entrada un análisis más pormenorizado de la economía de EE UU antes de la elección de Donald Trump.


Empecemos por el trabajo. En la primera entrada, mi análisis en realidad infravaloró el peso del capital en los ingresos y exageró el de los salarios. Esto se debe a que una gran parte de la plusvalía estaba incluida en los salarios, y por tanto atribuida al trabajo, cuando realmente pertenece a la porción de los ingresos que se lleva el capital. La idea es que los ingresos de los altos ejecutivos (los CEO y los que trabajan en las finanzas), si bien se contabilizan como «salarios», en realidad son una parte de la plusvalía generada por sus empleados. Por tanto, sus salarios son en realidad parte de la porción del capital, mientras que los ingresos del resto de trabajadores forman la porción de la riqueza destinada al trabajo propiamente dicho.

Esto queda claro en el gráfico de arriba (modificado, de un paper escrito por Michael W. L. Elsby, Bart Hobijin y Aysegül Sahin [pdf]), en el que la porción del trabajo está dividida por fractiles. Basado en un análisis aproximado de la fuerza de trabajo estadounidense, la parte del trabajo incluye los dos primeros componentes (hasta el 95% de la fuerza de trabajo), mientras que los otros fractiles (hasta el 5%) representan una distribución de la plusvalía destinada al capital.

Salta a la vista que el peso de los salarios totales que van a la clase obrera ha ido disminuyendo desde comienzos de los 70, mientras que ha aumentado la porción que representa los distintos destinos de la plusvalía.

La consecuencia de hacer tal distinción es que la caída en el peso del trabajo y el aumento en el del capital resultan incluso mayores —tanto en las décadas anteriores a la crisis financiera como durante la supuesta recuperación—, que si solo miramos los cambios en los salarios y los beneficios de las empresas.


La clase obrera estadounidense también ha cambiado a lo largo del tiempo, en especial en las décadas cercanas a la crisis, a medida que la propia economía sufría una transformación por el efecto combinado de la automatización, la deslocalización y las importaciones. En términos de sectores y, por tanto, de tipos de trabajo, el mayor cambio que se puede ver en los gráficos de arriba fue la disminución en el sector manufacturero, que tuvo lugar sobre todo entre 1980 y 2007 —desde el 21% del trabajo total a solo el 10%—, con un mayor descenso (hasta el 8%) en 2016. Los sectores cuya participación en el empleo total ha aumentado son ocio y hostelería, educación y sanidad y servicios a las empresas. La minería y la explotación forestal, que nunca supusieron más que tajadita del empleo total, empezaron y se mantuvieron como sectores menores. Y el empleo público disminuyó como proporción del empleo total. El resultado es que, con el tiempo, los trabajadores estadounidenses han sido forzados a vender su capacidad de trabajo en menor medida a empleadores en la producción de bienes (que han deslocalizado la producción y automatizado muchos de los puestos que quedan), y más a los del sector servicios (que ya están también empezando a automatizar sus tareas, poniendo en riesgo por tanto los puestos de trabajo de este sector).

La clase obrera estadounidense también ha cambiado en muchas otras formas durante las pasadas décadas.


Por ejemplo, la afiliación sindical ha disminuido de forma paulatina. En 1983, el 20% de todos los trabajadores de EE UU pertenecían a algún sindicato, que negociaba salarios y prestaciones por ellos. En 2015, sin embargo, la afiliación sindical había descendido hasta el 11,1%. Esto ha sido provocado casi por completo por la gran caída ocurrida en el sector privado. En 1983, los afiliados eran el 16,8% de los trabajadores del sector privado, y en 2015 eran solo el 6,7%. Los sindicatos del sector público se mantienen. En 2015, el 35,2% de los empleados públicos estaban afiliados a algún sindicato; un dato que apenas ha cambiado desde 1983.

Los trabajadores de EE UU no solo disfrutan de menor protección como resultado de la caída de los sindicatos; el mínimo salarial, representado por el salario mínimo, también se ha visto reducido. El valor real del salario mínimo federal es ahora menor que en 1968 (cuando era de 9,63 $ en términos reales), y ahora es mucho menor que el valor que tendría si hubiera crecido al mismo ritmo que el salario medio y, especialmente, el crecimiento de la productividad.


Otro cambio de las décadas recientes tiene que ver con los trabajadores nacidos en el extranjero (tanto legales como indocumentados), que aumentaron rápidamente entre 1970 y 2010: de 4,3 a 24,7 millones de trabajadores y, como porcentaje de la fuerza laboral de EE UU, del 5,2% al 15,8%. Tras la crisis, sin embargo, el crecimiento tanto en términos absolutos como relativos se ha ralentizado considerablemente.

¿Y qué ocurre con otros segmentos de la clase obrera estadounidense? Tal como deja claro el gráfico de arriba, los salarios «de todos los grupos de trabajadores (no solo los no licenciados), independientemente de la raza, etnia o género» se han quedado atrás, desde 1979, con respecto al crecimiento de la productividad de la economía. La brecha de género en cierto modo se ha reducido las últimas décadas, en parte porque los salarios reales de las mujeres han crecido, pero también porque los de los hombres han disminuido. Aun así, las mujeres blancas se han acercado a los hombres blancos en mayor medida de lo que lo han hecho las mujeres negras e hispanas. La brecha que separa los sueldos de los hombres blancos de los de los negros e hispanos, por su parte, no se ha estrechado desde 1980, en parte porque los ingresos reales por hora trabajada de los tres grupos han disminuido en estos 35 años. Como resultado, los hombres negros ingresaron el mismo 73% del salario por hora de los hombres blancos en 1980 y en 2015, y los hispanos el 69% en 2015, un dato algo peor incluso que el 71% de 1980. También debemos tener en cuenta la otra parte de esa relación: que las crecientes disparidades raciales y étnicas refuerzan la creciente brecha entre la productividad y los salarios de todos los trabajadores. Los trabajadores negros reciben menos que sus contrapartes blancos (de los dos géneros), y como resultado todos los salarios son menores que si no se diera esa brecha. Así pues, los individuos ricos y las grandes corporaciones, que se hacen con la plusvalía resultante, son los únicos que se benefician de las diferencias salariales por raza y etnia.

El último gran cambio en el que quiero hacer hincapié es la creciente precariedad de la clase trabajadora estadounidense. Cada vez hay más empleados en trabajos a tiempo parcial (como se puede ver en el gráfico de arriba, que muestra el ratio de trabajadores parciales sobre trabajadores a tiempo completo) y con contratos de trabajo «alternativos». Como han demostrado Lawrence Katz y Alan Krueger (pdf), solo en la pasada década, el porcentaje de trabajadores estadounidenses con contratos de trabajo alternativos —definidos como ayudantes temporales, trabajadores a turnos, contratados por obra, independientes o falsos autónomos— pasó de ser del 10,1% (en febrero de 2015) al 15,8% (a finales de 2015). Y parece ser que la llamada gig economy está caracterizada por la misma dinámica desigualitaria entre el capital y el trabajo que el resto de la economía capitalista.

Lo que queda claro tras esta visión general de los cambios en las condiciones de la clase obrera estadounidense las recientes décadas es que, mientras que los trabajadores estadounidenses han creado una enorme riqueza, la mayor parte del aumento de esta riqueza se la han quedado sus empleadores y un diminuto grupo en lo más alto, en tanto que los trabajadores han sido forzados a competir entre ellos por nuevos tipos de puestos de trabajo, con menor protección, peores sueldos y menor seguridad de la que esperaban. Y el periodo de recuperación de la Segunda Gran Depresión no ha hecho nada por cambiar esta dinámica fundamental.

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  1. Las clases antes de la trumponomía, parte III | Rotekeil - 5 diciembre, 2016

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