Las clases antes de la trumponomía, parte III

Publicamos en esta entrada la traducción de la tercera parte del artículo de David Ruccio acerca de la evolución de la lucha de clases en EE UU durante las últimas décadas, hasta la elección de Donald Trump. El artículo original se puede encontrar en el blog de su autor.

Las clases antes de la trumponomía, parte III

En la segunda parte de este artículo sobre las «clases antes de la trumponomía», defendí que, en las últimas décadas, mientras que los trabajadores estadounidenses han creado una enorme riqueza, la mayoría de ese incremento en la riqueza se lo han llevado sus empleadores y un diminuto grupo en lo más alto, en tanto que los trabajadores han sido forzados a competir unos con otros por nuevos tipos de trabajos, con menor protección, salarios más bajos y menos seguridad laboral que antes. Y el periodo de recuperación tras la Segunda Gran Depresión no ha hecho nada por cambiar esa dinámica fundamental.

En esta entrada, quiero centrarme en un análisis más detallado sobre la otra parte de la relación: el capital.

No debería sorprender que uno de los principales cambios en el capital estadounidense las últimas décadas ha sido la creciente importancia de las actividades financieras. Desde 1980, el sector FIRE (finanzas, seguros y sector inmobiliario, en sus siglas en inglés) casi se ha doblado, pasando de suponer apenas el 12% del producto bruto del sector privado, a superar el 20%.

Y el aumento del porcentaje de los beneficios corporativos derivados de las actividades financieras fue aún más espectacular: del 10,8% en 1984 a un gigantesco 37,4% en 2002. Cayó durante la crisis financiera, pero aún está a un nivel históricamente alto: 26,6% en 2015.

Se mida como se mida, el capital estadounidense empezó a comienzos de los 80 a orientarse cada vez más hacia las finanzas, en tanto que los bancos tradicionales (bancos comerciales de depósitos), entidades financieras no bancarias (especialmente sistemas bancarios paralelos, como los bancos de inversiones, los fondos de cobertura, las aseguradoras y otras instituciones financieras no bancarias), e incluso las ramas financieras de las corporaciones industriales (como la General Motors Acceptance Corporations, ahora llamada Ally Financial) absorbieron plusvalía y se beneficiaron de la creación de nueva demanda de plusvalía.

Este proceso de «financialización» fue la otra cara del descenso en la participación de los salarios en la economía estadounidense: por una parte, el estancamiento de los salarios suponía tanto una mayor plusvalía, que podía ser reciclada mediante el sector financiero, como un crecimiento en el mercado de préstamos, en tanto que los trabajadores trataban de mantener su nivel de consumo habitual endeudándose. Por otra parte, la producción de mercancías (tanto bienes como servicios) perdió importancia en beneficio de la extracción de una porción de la plusvalía a lo largo del mundo, y su empleo en la emisión de préstamos y venta de derivados para recibir más aún.

No solo se internacionalizaron cada vez más las finanzas, sino que así lo hizo la economía estadounidense en general. Como resultado de las decisiones de los empleadores de deslocalizar la producción de mercancías antes producidas en EE UU y encontrar mercados externos para la venta de otras mercancías (normalmente servicios), y con la ayuda de la rebaja en las tarifas y la firma de nuevos tratados comerciales, la economía estadounidense se abrió cada vez más a partir de comienzos de los 70. Un indicador de esta globalización es el crecimiento en el peso del comercio internacional (la suma de exportaciones e importaciones) en relación con el PIB de EE UU: se triplicó con creces entre 1970 (9,33%) y 2014 (29,1%).

El tercer cambio importante en el capital estadounidense las últimas décadas ha sido un aumento en el grado de concentración y centralización corporativa, hasta tal punto que incluso le ha llamado la atención al Consejo de Asesores Económicos del presidente (pdf). Una oleada de fusiones y adquisiciones ha hecho que las empresas sean más grandes y ha incrementado el grado de concentración de mercados en un amplio rango de industrias. En las finanzas, por ejemplo, la proporción del mercado controlada por los cinco bancos más grandes (medido según el peso de sus activos en el total de activos de la banca comercial) se dobló con creces entre 1996 y 2014, pasando del 23,2% al 47,9%.

En la industria aeroespacial estadounidense también se ha visto una considerable cantidad de fusiones y adquisiciones, especialmente tras la desregulación de 1978. El gráfico de arriba (de un informe de la Oficina de Contabilidad del Gobierno estadounidense [pdf]) muestra un cronograma de fusiones y adquisiciones para las cuatro grandes aerolíneas domésticas supervivientes, American, Delta, Southwest y United, basado en el número de plazas ofrecidas. Estas cuatro aerolíneas contabilizaron aproximadamente el 85% del total del tráfico de pasajeros en EE UU en 2013.

Otra muestra de que la concentración y la centralización han aumentado dentro de la economía estadounidense es (siguiendo a Jason Furman) la creciente brecha entre los beneficios empresariales y los tipos de interés. El hecho de que los beneficios empresariales (como parte del ingreso nacional, la línea más alta en el gráfico de arriba) hayan crecido mientras los tipos de interés (el tipo nominal constante con vencimiento a un año estimado por la Reserva Federal, menos la inflación definida por el IPC, la línea inferior del gráfico de arriba) descendían demuestra que la porción de los beneficios creados por rentas oligopólicas ha crecido las últimas décadas [1].

Juntas, las tres principales tendencias que he destacado —financialización, internacionalización y rentas corporativas— indican un cambio fundamental en EE UU desde los 80, que ha continuado durante la actual recuperación. Uno de los efectos de esos cambios es una caída en la importancia de las manufacturas, especialmente en relación con el sector FIRE, como se puede ver en el gráfico de arriba. La industria (medida como valor añadido como porcentaje del PIB) ha pasado de suponer un 22,9% (en 1970) a solo el 12% (en 2015), mientras que el sector FIRE se ha movido en el sentido contrario, del 14,2% al 20,3%. Cuantitativamente, los dos sectores se han intercambiado los lugares de actuación, lo que cualitativamente implica un cambio en la manera como el capital estadounidense se las arregla para hacerse con la plusvalía. Si bien sigue apropiándose de plusvalía de sus propios trabajadores (aunque ahora más en la producción y exportación de servicios que en la industria), ahora extrae la plusvalía de trabajadores tanto de de dentro como de fuera de EE UU, mediante las actividades financieras. Y, por encima de esto, las firmas más grandes se hacen con porciones adicionales de plusvalía de otras empresas más pequeñas mediante rentas oligopólicas.

Así pues, hemos sido testigos de una transformación fundamental del capital estadounidense y, por tanto, de la economía estadounidense, que empieza a explicar una multitud de tendencias recientes, desde la disminución de las tasas de crecimiento económico (en tanto que el capital está menos implicado en inversión que en otras actividades, como recompra de acciones, acaparamiento de beneficios en forma líquida, y fusiones y adquisiciones), al aumento del cociente entre los sueldos de los ejecutivos y el sueldo medio (que se ha puesto por las nubes, desde 29,9 en 1978 hasta 275,6 en 2015)

Lo que está claro es que las decisiones del capital estadounidense a medida que iba cambiando durante las últimas décadas crearon las condiciones para la crisis financiera de 2007-08 y el aspecto desigual de la ulterior recuperación, que culminó con la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016.

[1] Otra forma de calcular estas rentas oligopólicas es distinguir entre la porción del capital y la de los beneficios en el producto total. Según Simcha Barkai (pdf), el descenso en la participación de los salarios durante los últimos 30 años no es equivalente al aumento en la participación del capital, que de hecho ha disminuido, sino que ha ido acompañado de un aumento en la participación de los beneficios, por un incremento de los márgenes de beneficios.

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