La naturaleza del capital – una respuesta a Andrew Kliman

Publicamos aquí la respuesta de David Harvey a los dos artículos que Andrew Kliman le dedicó en The New Left Project y que tradujimos aquí y aquí. El reciente paso de Harvey por nuestro país ha suscitado mucho interés, dejando una estela de entrevistas y comentarios. Resulta por tanto interesante leer lo que tiene que decir sobre el funcionamiento de la economía capitalista y su crisis más importante en los últimos años. En concreto, Harvey responde a las críticas de Kliman sobre su postura al respecto de la Ley del Descenso Tendencial de la Tasa de Ganancia, un concepto polémico pero considerado clave para algunos economistas inscritos en la tradición marxista.

La naturaleza del capital – una respuesta a Andrew Kliman

¿Desciende la tasa de ganancia en el capitalismo? Y en ese caso ¿nos ayuda a explicar las crisis capitalistas? Agradezco el que Andrew Kliman se tomara su tiempo para explicar sus objeciones a mis ideas sobre la teoría de Marx del descenso en la tasa de ganancia. Tiene varias objeciones detalladas que refutan algunos pero no todos mis problemas con la teoría de Marx. Más que ir punto por punto, creo que sería útil para los lectores el entender la diferencia fundamental entre la forma que tiene Andrew y la que tengo que yo de conceptualizar la naturaleza del capital.

Al explicar por qué su visión del descenso de la tasa de ganancia no es monocausal, Kliman recurre a una metáfora interesante y reveladora:

“Si apelo a la ley universal de la gravedad a fin de explicar por qué las manzanas tienen una tendencia a caer de los árboles, sin mencionar otros factores que pueden hacer que caigan, como el viento, o factores contrarrestantes como la resistencia del aire, no estoy suponiendo que estas cosas no existan. Y mucho menos estoy construyendo un modelo monocausal que los excluye, y que por tanto está gravemente restringido en su aplicabilidad”.

Es una metáfora inteligente y seductora, incluso poderosa ya que la idea de “caer” es común a las manzanas que caen de los árboles y al camino que recorren las tasas de ganancia. En ambos casos, hay condiciones contrarrestantes y circunstancias que modifican el funcionamiento de la ley fundamental. Bajo la perspectiva de Kliman, esto refuta la acusación de monocausalidad. Podríamos enredarnos sobre la semántica y el significado de monocausalidad aquí. Si no hay una ley universal de la gravedad, la cantidad de viento no importaría a la hora de poder mandar a la manzana al suelo y la resistencia del aire sería irrelevante. Estas condiciones (o fuerzas contrarresantes) son sólo relevantes en relación a la ley universal. “Universal”, porque las leyes de la gravedad puede asumirse que serán universales a toda la naturaleza.

La tendencia de las tasas de ganancia a descender parece tener un estatus similar en el mundo de Kliman. Es un universal del capital, derivado no del mundo natural (como en la versión de Ricardo del descenso de las tasas de ganancia) sino de la propia naturaleza del capital. De ahí la conclusión de Kliman: no importa los remedios que se busquen y apliquen, el capital nunca escapará a la tendencia de las tasas de ganancia de descender. Esta tendencia es simplemente inherente a lo que es el capital, incluso si las condiciones en que se desarrolla varían ampliamente.

La búsqueda competitiva de plusvalor relativo, en última instancia, socava y destruye la capacidad de producir y realizar plusvalor. Para Kliman, esta es la principal contradicción del capital alrededor de la cual una serie de contradicciones secundarias (por ej. las que están inscritas en el sistema de crédito o que se derivan de una falta de demanda agregada) se concentran. No importa lo mucho que se intenten resolver las contradicciones secundarias (por ej. reformas financieras o redistribuciones de renta básicas), jamás se podrá abolir la tendencia de las tasas de ganancia a descender y de las crisis a producirse. Sólo una política revolucionaria que se dirige a la contradicción principal será suficiente (incluso aunque, como Kliman admita, las reformas pueden mejorar la vida de ciertos grupos de la población, lo cual no es algo malo).

El razonar con la ayuda de metáforas es profundamente importante para la construcción y comunicación de la razón humana. Nos ayuda a entender lo no familiar e inaceptable en términos familiares y aceptables y también sugiere propiedades todavía no descubiertas de un sistema a través de la analogía con las propiedades conocidas de otro.

Darwin, por ejemplo, al encontrarse con las confusiones de sus datos, primero hizo uso de las propiedades conocidas de las prácticas de cría de animales y cultivo de plantas con las que estaba familiarizado para hallarle sentido a lo que ocurría en el “intrincada ladera” de la naturaleza que estaba estudiando. Pero en la naturaleza no hay un agente consciente que lleve a cabo la cría o el cultivo (a menos que se invoque la mano de Dios, lo cual, a diferencia de otros creacionistas contemporáneos a Darwin, éste era reacio a hacer). La idea que permitió que todo encajara, según cuenta el propio Darwin, vino de la teoría social de Thomas Malthus. La mano ciega de la competición y la supervivencia de los más fuertes sustituyó al agente consciente. Al estar casado con la hija del alfarero Josiah Wedgwood, Darwin también estaba profundamente familiarizado con la importancia de la rápida proliferación de las divisiones del trabajo y las especializaciones de funciones dentro del capitalismo industrial británico. Y éstas, también, se hicieron un lugar en su teoría de la evolución. “Es llamativo”, escribió Marx, un admirador de Darwin, “cómo Darwin reconoce entre las bestias y las plantas a su sociedad inglesa, con sus divisiones del trabajo, competición, apertura de nuevos mercados, inventos y la `lucha por la existencia´ maltusiana” [1]. Las metáforas sociales sustentaban la teoría de la evolución natural de Darwin. Le ayudaron a él y a nosotros a hallarle sentido a sus datos. ¡Los teóricos sociales le devolvieron más tarde el cumplido al usar la misma metáfora en un sentido opuesto, conceptualizando el capital como algo completamente natural porque parecía coherente con la teoría científica de la evolución natural de Darwin! La combinación del darwinismo social con la metáfora del Estado como una entidad biológica que necesita un espacio vital produjo el estilo de pensamiento geopolítico que tuvo, sin embargo, lamentables consecuencias en los años 30.

Es interesante que los evolucionistas rusos, viviendo en un mundo social no-capitalista que estaba principalmente caracterizado por la economía moral del campesinado, no podían entender ni aceptar el recurso de Darwin a la metáfora maltusiana. Por el contrario, enfatizaron la ayuda mútua como una propiedad clave de la evolución natural. Tal teoría era coherente con los datos como la teoría de la competición, pero en Gran Bretaña la idea no tuvo éxito, casi seguro debido a razones sociales y no científicas [2]. Pero la metáfora Rusia también volvió al mundo social, gracias a los escritos anarquistas del geógrafo físico evolucionista Piotr Kropotkin. Una sociedad completamente natural, bajo la perspectiva de Kropotkin, era una en que la ayuda mutua dominase. ¡Bajo la perspectiva anarquista, es el capital lo que era antinatural [3]!

Hago mención de esta historia no sólo para ilustrar la utilidad de las metáforas y analogías sino también para enfatizar sus peligros potenciales. Como es bien conocido en la literatura de los estudios de la ciencia, las metáforas se usan para dar un marco a nuestro pensamiento y tienen todo tipo de consecuencias [4]. También sabemos que no podemos funcionar sin ellas.

¿Y cuá es, entonces, la metáfora más apropiada para entender la naturaleza del capital? ¿Y cuál es la mejor forma de conceptualizar las leyes del movimiento capitalista?

La perspectiva de Kliman, igual que la de muchos otros economistas (marxistas y no marxistas), parece que es la de utilizar metáforas derivadas de la física. Igual que las manzanas caen respondiendo a leyes naturales de la gravedad (y a la segunda ley de la termodinámica, como señala Kliman), el movimiento descendente de la ganancia es una manifestación de la principal ley del movimiento del capitalismo. Pero ¿cómo de útil y reveladora es la metáfora y en qué sentido puede inducir a la confusión?

Marx utilizó varias metáforas a fin de entender el capital. A veces recurrió a la gravedad y al pensamiento newtoniano, pero en el primer capítulo de El Capital apela a la química. El valor, dice, se encuentra condensado en las mercancías como “cristales de esta sustancia social” que llamamos trabajo. Después se pasó a la biología: mientras el capital circula, sufre una metamorfosis en las distintas formas físicas de dinero, mercancías, actividades productivas y similares. La morfogénesis se convierte en un encuadre clave de su pensamiento. Esto lleva a la metáfora que más me impresiona –la del capital como un todo orgánico, sostenido por flujos circulatorios de valor diferenciados internamente que absorben desde el entorno del capital las energías del trabajo humano, así como las materias primas que se hallan en el entorno natural y social del capital. En su introducción a los Grundrisse, Marx desarrolló esta forma de pensar directamente:

“La conclusión a la que llegamos no es que la producción, distribución, intercambio y consumo sean idénticos, sino que todos son miembros de una totalidad, distinciones dentro de una unidad… Una producción concreta determina por tanto consumo, distribución e intercambio concretos, así como relaciones concretas entre estos diferentes momentos. Ciertamente, sin embargo, en su forma unidireccional, la producción se halla en sí misma determinada por otros momentos. Por ejemplo, si el mercado, esto es, la esfera de intercambio, se expande, la producción crece en cantidad y las divisiones entre las distintas ramas crecen. Un cambio en la distribución cambia la producción, por ejemplo, la concentración de capital, una distribución diferente de la población entre el campo y la ciudad, etc. Finalmente, las necesidades de consumo determinan la producción. La interacción mutua tiene lugar entre los distintos momentos. Éste es el caso con cada todo orgánico [5]”.

Pero ¿qué clase de “todo orgánico” se está describiendo aquí, y con qué propiedades?

Marx, impresionado por Darwin, halló en la biología evolutiva su analogía preferida. Lo hace explícitamente en el Volumen Primero de El Capital [6].

“Darwin ha dirigido su atención a la historia de la tecnología natural, esto es, a la formación de los órganos de plantas y animales, que sirven como instrumentos de producción para sostener su vida. ¿No merece también la historia de los órganos productivos del hombre en sociedad, de los órganos que son la base material de cada organización particular de la sociedad, la misma atención?”

El todo orgánico del que habla no es una entidad bien definida y con límites como el cuerpo humano. El capital es más parecido a un ecosistema en evolución. Se constituye por lo que Henry Lefebvre imaginó como “un conjunto” [an ensemble] o Deleuze y Guattari como una composición [assemblage] de actividades y “momentos” en interacción unos con otros. Es algo mucho más receptivo a la lectura dialéctica tal y como la que propone Levins y Letwontin en su Dialectical Biology. Estas actividades y “momentos” que no cesan de expandirse y proliferar se hallan unidos en el ecosistema del capital por flujos de valor. La producción y la expansión de plusvalor –la acumulación por acumulación y la producción por producción- es tanto el objetivo como el objeto de la actividad del capital en el ecosistema que constituye. La continuidad de los flujos de valor, como Marx deja claro, es una condición necesaria para la reproducción del capital. Cualquier bloqueo aumenta el riesgo de crisis.

Esta metáfora orgánica lleva a una interpretación y una comprensión bastante diferente de dónde pueden venir las crisis y cómo se pueden originar. De igual forma que un cuerpo humano puede enfermar y morir por todo tipo de razones además de por avanzada edad, también hay múltiples puntos de tensión y posibles fallos en el todo orgánico del capital. El fallo en un punto, además, suele engendrar fallos en algún otro punto. Los intentos por el estado o la clase capitalista para intentar resolver las tensiones en un punto pueden tener consecuencias no deseadas en otra parte. Las tendencias de crisis del capital no se resuelven sino que pueden trasladarse de un punto de tensión a otro [7].

Ésta es la razón por la que en mi crítica a la ley del descenso de la ganancia he enfatizado la afirmación de Marx de que:

“Las contradicciones existentes en la producción burguesa se reconcilian a través de un proceso de ajuste que, al mismo tiempo y sin embargo, se manifiesta a través de crisis, fusión violenta de factores inconexos que operan independientemente unos de otros pero que se hallan correlacionados” [8].

Esta forma de pensar sustituye la teleología del descenso en la tasa de ganancia con una variedad de fuerzas contingentes dentro del todo orgánico y que se mueve de un lado a otro dependiendo de la interacción de contradicciones múltiples pero correlacionadas. Las contradicciones y tendencias de crisis múltiples internas al capitalismo se recrean perpetuamente incluso aunque se manifiesten bajo apariencias diferentes.

La gran diferencia entre Andrew y yo, diría, subyace en el encuadre metafórico que tenemos cada uno de la naturaleza del capital. La mezcolanza caótica de causas posibles de ruptura que invoco frecuentemente, sin ninguna necesaria direccionalidad en el cambio está en contraste con las certezas mecánicas de ese mundo newtoniano en el que el reloj se habría puesto en marcha al principio a través de la extracción de plusvalor absoluto únicamente para ir perdiendo fuelle bajo la inercia competitiva de creación de plusvalor relativo. Cuando la ratio de capital respecto trabajo empleado se decanta inevitablemente en favor del primero es cuando la tasa de ganancia desciende. Para mí, este modelo mecánico se me antoja demasiado determinista, demasiado unidireccional y demasiado teleológico para encajar con cómo veo y experimento el capital, como un todo orgánico en evolución.

No es que yo tenga necesariamente la razón y que Andrew esté necesariamente equivocado al conceptualizar las cosas tal y como lo hace. Pero creo que es importante que los lectores entiendan esta diferencia clave en nuestras perspectivas sobre cómo conceptualizar mejor la naturaleza del capital. En mi versión, el todo orgánico constituido por el capital podría desplomarse por el mecanismo que apunta al descenso de la ganancia como defiende Andrew y yo, ciertamente, no excluyo esa posibilidad, a pesar de lo que él diga. Pero el centrarse principalmente en eso es como decir que deberíamos centrarnos únicamente en ataques al corazón como causas de mortalidad. En última instancia, el todo orgánico puede morir de avanzada edad o porque el corazón deje de latir. Pero como el cuerpo humano, el capital puede morir o enfermar por todo otro tipo de razones.

La tarea del diagnóstico marxista es el averiguar qué está afectando al capital en esta ocasión: que puede amenazar su reproducción y su capacidad para rejuvenecerse y cómo y por qué sus cualidades orgánicas pueden cambiar o incluso mutar a lo largo del tiempo (tal y como lo han hecho). Nuevas especies en la división del trabajo pueden introducirse o aparecer por accidente cuando otras mueren, incluso si el todo orgánico crece. Partes enormes del ecosistema del capital pueden morir totalmente, dejando atrás yermos incluso si otras áreas se llenan de vida.

Posteriormente, los yermos (como Detroit) pueden ser recolonizados por otras especies de actividad capitalista (siempre y cuando los socialistas y los anarquistas no lleguen allí primero). Las cuestiones del contagio o de desarrollo geográfico desigual se vuelven más prominentes en esta lectura y los resultados son mucho menos ciertos. Aunque puede sonar como que todo se disuelve en una masa de contingencias en mi encuadre, hay, habitualmente, algunos puntos de bloqueo muy dominantes que aparecen una y otra vez. Una de mis cosas favoritas, por ejemplo, es el observar con atención cómo las inversiones en el capital fijo y el consumo del entorno de la construcción absorben capital excedente y a la vez se vuelven el punto clave de un crash (como ocurrió en 2008 y como ahora parece que puede ocurrir en China9). Esto corresponde, como he señalado ya, al comentario de Marx de que “el ciclo interconectado de vueltas que transcurren durante un número de años, en el queel capital se mantiene por su parte constituyente fija, es terreno material para crisis periódicas” [9]. ¿Por qué, entonces, no investigamos esto con la misma intensidad y tenacidad con la que sí que lo hacemos la tasa descendente de ganancia?

Existe, sin embargo, la posibilidad de que tanto Andrew como yo tengamos razón en nuestros respectivos encuadres metafóricos. Prigogine y Stengers, en su libro brillante sobre “Order out of Chaos” [El Orden surgido del Caos] señalan que no hay una forma simple de pasar de las leyes físicas de la termodinámica (que todo el mundo acepta) y que describen la tendencia inevitable de la energía a disiparse, a las teorías orgánicas evolutivas (que la mayoría de científicos aceptan) que describen la concentración gradual de energías en el espacio y el tiempo [10] . Sí, ciertamente el Sol se quedará sin gas en algún momento y dada la segunda ley de la termodinámica, la energía se disipará. Pero no hay nada que detenga la concentración gradual y, en el caso de la Tierra, la acumulación de energía en una parte del universo durante un tiempo, a fin de que tanto especies como civilizaciones enteras puedan surgir a través un orden creciente. En el ahora y aquí, la segunda ley de la termodinámica nos dice muy poco a un nivel macro, luchando por reproducirnos en nuestro pequeño rincón del universo, incluso aunque sea una característica universal del mundo en el que vivamos (y que tenga mucha utilidad en sistemas cerrados y localizados, como los motores a vapor).

Para nosotros, son las leyes evolutivas las que importan, y funcionan de acuerdo a una lógica diferente. La energía se va centralizando gradualmente, y se concentra más que se disipa. Pero esto sólo puede ocurrir con el capital únicamente si la continuidad de los flujos de valor se preserva y los muchos bloqueos potenciales de estos flujos pueden ser sorteados o superados con éxito. Ambas concepciones pueden ser correctas, pero tienen distintos campos de aplicación.

Así que Kliman puede que tenga razón a largo plazo. Pero mi metáfora orgánica para entender la naturaleza del capital funciona mucho mejor a fin de entender qué nos está ocurriendo aquí y ahora.

David Harvey imparte clase en el Centro de Posgrado de la City University of New York y es el autor de, entre otros libros, The Limits to Capital y A Brief History of Neoliberalism.

Referencias.

[1] Karl Marx and Friedrich Engels, Selected Correspondence (Moscow: Progress Publishers, 1965), p.128.

[2] Daniel P. Todes, Darwin without Malthus: The Struggle for Existence in Russian Evolutionary Thought (Oxford: Oxford UP, 1989).

[3] Petr Kropotkin, Memoirs of a Revolutionist (New York: Dover, 1971).

[4] Revisé algunas de éstas en David Harvey, Justice, Nature and the Geography of Difference (Oxford: Basil Blackwell, 1996), pp. 158-69.

[5] Karl Marx, Grundrisse (London: Penguin Books, 1973), pp. 99-100.

[6] Karl Marx, Capital, vol. 1 (London: Penguin Books, 1967), p. 493.

[7] David Harvey, The Enigma of Capital (London: Profile Publishers, 2010), chap. 5.

[8] Karl Marx, Theories of Surplus Value (London, Lawrence and Wishart, 1972), p.120. My italics.

[9] Karl Marx, Capital, vol. 2 (Harmondsworth, Middlesex: Penguin Books, 1978), p. 264. Traté el tema en profundidad en David Harvey, Rebel Cities: From the Right to the City to the Urban Revolution (London: Verso, 2013).

[10] Ilya Prigogine and Isabelle Stengers, Order Out of Chaos (New York: Bantam, 1984).

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