Elecciones en el Reino Unido: laborismo de la vieja escuela contra tories post-Brexit

Cuando esta noche finalice el recuento de votos de las elecciones generales del Reino Unido, es posible que no se sepa quién será el próximo inquilino del número 10 de Downing Street. Las encuestas arrojan pronósticos inciertos, pero un hung parliament, sin una mayoría clara ni de conservadores ni de laboristas, no es un resultado que pueda descartarse a priori. Y sin embargo, será una noche en la que podremos comprobar si el imparable ascenso desde que se convocaron elecciones del líder de los laboristas, Jeremy Corbyn, ha sido una mera fantasía de los sondeos o se traducirá en papeletas en las urnas.

La trayectoria política reciente de la política del Reino Unido ayuda a entender la relevancia de unas elecciones en pleno preludio de las negociaciones del Brexit, principalmente en dos frentes: la salida del Reino Unido de la Unión Europea y la redefinición del laborismo británico.

La fagocitación conservadora del voto UKIP

En las últimas elecciones generales de 2015, el UKIP, partido de derecha euroescéptica obtuvo el 12,6% de los votos emitidos, frente al 3,1% de las elecciones de cinco años antes. El sistema electoral británico se organiza por circunscripciones en las cuales sale elegido un diputado (Member of Parliament o MP), y la dispersión del voto de los euroescépticos hizo que su representación se limitara a un escaño, con el resto de votos “malgastados”. Sin embargo, este ascenso confirmó la trayectoria que el Partido Conservador temía: el UKIP había pasado de ser un partido que obtenía mayor resonancia en las elecciones al Parlamento Europeo, como forma de protesta contra la UE, a ser un jugador activo en los comicios nacionales.

Bajo el liderazgo de Nigel Farage, el partido había ido lentamente posicionándose como una fuerza que aglutinaba el descontento con la UE de parte de la población británica de mayor edad, clase obrera manual y blanca. Alimentando un cóctel de xenofobia, disfunción de la UE y malestar económico, Farage había sabido jugar con las preocupaciones de una parte de la población. En un mundo post-globalización y post-Gran Recesión de 2008, cada vez había más votantes que compraban su dibujo de una UE burocrática, decidida a inundar sus ciudades de mano de obra barata inmigrante, cuando no a llevarse su trabajo o su dinero a otros países.

Quizás por eso el Partido Conservador había incluido en su manifesto (el panfleto que lanza cada partido antes de las elecciones) un compromiso con realizar un referéndum sobre la permanencia en la UE del Reino Unido. Tras las elecciones, los conservadores, bajo el liderazgo de David Cameron finalmente llevaron a cabo la consulta. A pesar de la totalidad del establishment británico haciendo campaña a favor de permanecer en la unión, la opción a favor de abandonar la UE obtuvo la victoria. Desde entonces, el UKIP ha visto como sus opciones electorales iban descendiendo hasta reducirse a un partido menor: los conservadores habían conseguido adaptarse al cambiante mapa político y contrarrestar la ascendencia de los euroescépticos del UKIP que, bajo su nuevo líder Paul Nutall, reciben estimaciones según YouGov de una intención de voto del 3%. Irrelevante, puesto que ni siquiera están concentrados en una circunscripción en la que pueden sacar algún escaño.

Old school Labour

El resultado del referéndum del Brexit tampoco dejó indiferente a los laboristas. Corbyn ya se había enfrentado a los herederos del blairismo dentro de su partido en cuestiones como su oposición a la Guerra de Siria, las armas nucleares, o siendo señalado como protector del antiguo alcalde de Londres, Ken Livingstone. Pero el verano pasado le tocó hacer frente a la rebelión de diputados laboristas más importante hasta la fecha: una moción de no confianza seguida de unas elecciones a líder del partido. Durante todo su liderazgo había recibido ataques de los con el sambenito de que era unelectable (incapaz de ganar elecciones por no generar simpatías suficientemente amplias en el electorado), principalmente de laboristas blairitas o simpatizantes: “analistas”, politólogos, tertulianos y miembros del aparato del partido que quizás veían peligrar sus carreras se afanaban por minar su imagen. En el acoso sistemático hubo figuras notables que simpatizan con el laborismo que se pusieron de perfil, como Owen Jones. Pero el clima llegó a un punto álgido justo en las elecciones a líder del partido, con David Milliband, hermano del antiguo líder del partido Ed e hijos ambos del teórico marxista Ralph Milliband, repitiendo las acusaciones.

Pero en el proceso, Corbyn se enfrentó y derrotó con facilidad a Owen Smith, a pesar de que éste contara con el apoyo de todo el aparato del partido. Los apparatchik del Partido Laborista que creían que el cambio de paradigma de los 90 había sido para siempre parece que aceptaron con resignación que quienes se involucraban en la política de su partido querían a Corbyn, y se resignaron a la idea de que sólo una derrota electoral aplastante podía quitarles de encima al candidato de Islington.

La vía hacia las elecciones

La vía hacia las negociaciones del Brexit comenzó y por fin parecía que los laboristas tenían un periodo de relativa paz para reagruparse y presentar una oposición coherente a los conservadores de Theresa May. Pero el 18 de abril, la Primera Ministra convocó elecciones anticipadas, en una maniobra para encarar las inminentes negociaciones de la salida de la UE del Reino Unido con un liderazgo y una legitimidad reforzadas.

Y parecía haberle salido bien, porque el 21 de abril los conservadores tenían en el promedio de encuestas una intención de voto del 46,4, mientras que los laboristas quedaban lejos, en un 25,6. Los Liberal Democrats se mantenían en un 10,9 y el UKIP comenzaba su rápido descenso, llegando al 8,1%. Pero durante las siguientes semanas, el ascenso del laborismo en las encuestas comenzó a percibirse. Incluso habiendo sufrido, como el UKIP, un resultado negativo en las elecciones municipales del 4 de mayo, los laboristas habían conseguido ascender hasta el 28,8. Los conservadores les observaban desde la seguridad de una intención de voto de 47 puntos. Pero en poco más de una semana, su seguridad comenzó a dar signos de erosión. Los de May habían descendido a una intención de voto de 45,8 puntos y el partido de Corbyn seguía escalando en las encuestas y posicionándose en un 33,1.

Cinco días después de la execrable matanza islamista en Manchester, los comentaristas conservadores, y probablemente algunos laboristas, probablemente no se podían creer las encuestas. Les parecía increíble que tras un ataque de este tipo, que en el discurso político tradicional se entiende que suele reforzar opciones conservadoras, el partido de May siguiese cayendo, ahora a un 44,2 y los laboristas estuvieran ya en un 35,8. Había diferencia, sí, pero se estaba recortando. Apenas dos días después de entrevistas televisadas en Sky Television, la brecha se reducía a 5,5 puntos porcentuales.

La campaña conservadora ha ido dirigida a cuatro ejes: el primero, el lugar común liberal de quejarse sobre la iniciativa de inversión pública que prometen los laboristas, con May hablando de que Corbyn cree que el dinero proviene de un “árbol mágico” y el contraataque del respaldo a su manifesto de numerosos economistas como Shaikh, Roberts, Lapavitsas, Keen, Varoufakis o Freeman. El segundo, las simpatías de Corbyn en el pasado por el republicanismo irlandés, acusándole poco menos que de apologeta del terrorismo. El tercero, que sería un débil negociador de la salida del Reino Unido de la UE. El cuarto, particularmente siniestro, es el tono machacón con el que se ha repetido que la postura en contra de guerra nuclear de Corbyn equivale a no querer proteger a sus ciudadanos si fuese primer ministro. Este último elemento se coló hasta en el Question Time de la BBC (su “Tengo una pregunta para usted” original) en el que varios miembros del público se mostraron “preocupados” de que Corbyn no se declarase impaciente por poder lanzar ataques nucleares contra otras poblaciones. Por el fondo también ha acechado la cuestión de la inmigración, aunque en los debates ha tendido a ser más utilizado por el UKIP que, desde el fondo del barril y anulado totalmente por los conservadores, patalea intentando obtener algo de atención.

¿Puede ganar Corbyn?

La última encuesta de Survation el 3 de junio ponía la diferencia de intención de voto entre conservadores y laboristas en apenas un punto. Otras encuestas en los días anteriores como la del Sunday Mirror eran más generosas con los conservadores y la ampliaban a 12 puntos. Tras los ataques en Londres, y la suspensión de la campaña, tenemos tres encuestas. La de The Guardian, de entre el 2 y el 4 de junio, pone a los conservadores a 45 puntos y a los laboristas a 35, la misma diferencia que en la última encuesta publicada por este periódico dos días antes. Las de The Sun y las de Opinium, realizadas tras los ataques, ponen la diferencia en 4 y 7 puntos respectivamente. No sabemos si se repetirá el patrón que parecía observarse tras el ataque de Manchester, o si esta vez los votantes sí que van a hacer piña alrededor de Theresa May.

En cualquier caso, las encuestas siempre han de cogerse con pinzas, puesto que pueden ser útiles para estudiar lo que ya conocemos, pero no para anticiparse a los cambios. Una situación como la previa a la salida del Reino Unido de la UE, con el cóctel explosivo de globalización, descrédito de la unión, tensión internacional y anémica y desigual recuperación económica, puede ser difícil de predecir de forma adecuada. Entre los pronósticos que leemos se puede colar tanto el sesgo de percepción y el exceso de optimismo (desear un resultado tanto que descartemos la información que lo contradice) como el shy tory factor [factor de conservador tímido]. Este efecto, observado por primera vez a principios de los 90, es la consecuencia de que haya votantes encuestados que, por temor a la censura social asociada con declararse conservador en ciertas materias (moralidad, inmigración, etc.) no declare su voto de forma honesta, distorsionando por tanto el resultado de la encuesta.

Incluso aunque diéramos por sentado que es posible que se haya reducido la diferencia en intención de voto a niveles negligibles, hay que tener en cuenta el sistema electoral del Reino Unido: un porcentaje de voto puede traducirse en una asignación de escaños para nada proporcional, al “perderse” muchos votos en circunscripciones, como el UKIP sabe bien. Es por eso que algunos encuestadores realizan también estimaciones de escaños para poder calcular una posible mayoría parlamentaria. Uno de los más comentados ha sido el de Yougov, donde los conservadores obtendrían 310 escaños, los laboristas 257, el Scottish National Party 50, los Liberal Democrats 10 y los nacionalistas galeses de izquierdas del Plaid Cymru, 3. Por su parte, el Green Party tendría 1 escaño (su feudo irreductible de Brighton) y el UKIP se vería borrado de la Cámara de los Comunes.

Si son necesarios 326 escaños para una mayoría parlamentaria, en este escenario los laboristas no llegarían a formarla ni con el apoyo del SNP, los Liberal Democrats, Green Party y Plaid Cymru. Además, aunque la mayoría de socios en esa coalición no serían compañeros improbables, quizás la pieza que no encajaría sería la de los Liberal Democrats, antiguos socios del gobierno de coalición británico con los conservadores y cuya agenda política pro-mercado chocaría con lo que esperan muchos votantes del resto de estos partidos.

¿Podría la clave estar en Irlanda del Norte? Los seis condados irlandeses parte del Reino Unido están divididos en 18 circunscripciones y por tanto envían a 6 Members of Parliament a los Comunes. En 2015 el Democratic Unionist Party, unionistas acérrimos, se llevó 8 escaños, y Sinn Féin, los republicanos irlandeses de izquierdas, 4. El Ulster Unionist Party, unionistas más moderados, obtuvo 2 escaños y los nacionalistas irlandeses del Social Democratic Labour Party, 3. El Alliance party, los social liberales primos de los Liberal Democrats, se quedó sin diputados y por tanto fue irrelevante en la política británica.

Los unionistas del UUP no son ajenos a colaborar con los conservadores, y a principios del siglo pasado y en la posguerra ya compartieron gobiernos. Pero su desplazamiento en protagonismo por parte del DUP, que tiene una postura mucho más férrea con la cuestión nacional en Irlanda del Norte, complica las cosas. Y todo se vuelve aún más complejo por el hecho de que las encuestas parece que están apuntando a un resurgimiento electoral del Sinn Féin, como el ave fénix que es símbolo del movimiento republicano irlandés. Lo peliagudo es que los republicanos no reconocen la legitimidad de la Corona británica para gobernar suelo irlandés y por tanto, sus escaños han sido tradicionalmente abstencionistas: nunca se tomaba posesión de los mismos, y quedaban vacantes. Esta postura también se sostenía respecto a la República de Irlanda, al considerarla como usurpadora de la legitimidad de la Rebelión de Pascua de 1916, y que únicamente cambió en los años 80, provocando la escisión del Republican Sinn Féin de entre sus filas. Pero durante el último año, el partido ha hecho especial énfasis en la victoria de la opción de permanecer en la UE en Irlanda del Norte como símbolo del hecho diferencial con respecto a Gran Bretaña, y ha incidido en la necesidad de reconsiderar el estatus de los seis condados de producirse finalmente la salida de la unión de todo el Reino Unido. La cuestión nacional se halla de fondo.

Con tantos factores involucrados, es difícil imaginar cuál puede ser el resultado tras los comicios. Lo que sí que es seguro es que saldremos de dudas sobre si Jeremy Corbyn ha resultado ser el candidato unelectable que algunos analistas vaticinaban o, de nuevo, la política demuestra ser más un fenómeno de choque social en perpetuo cambio, y menos una disciplina de expertos, discurso y pronósticos. Porque esos discursos y ese pronóstico tienen detrás fuerzas materiales en conflicto.

(Este artículo fue publicado también en La Página Definitiva).

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